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04/03/2019

Racing Club ha vuelto a existir

Lisandro López, Diego Milito y Víctor Blanco, cada uno desde su lugar aportan a este gran presente de Racing. //Fotobaires

A 20 años de la frase de la sindica Liliana Ripoll, el presente del club es diametralmente opuesto. Lidera la Superliga y disfruta del orden institucional.

La frase cumplirá veinte años esta semana y habría que recordarla sólo para advertir dónde se estaba y dónde se está. “Ha dejado de existir Racing Club Asociación Civil”, apuñaló la sindica Liliana Ripoll el 5 de marzo de 1999 como para condensar en pocas palabras a la peor etapa de la historia del club, incluso peor que la del descenso de 1983. La respuesta de los y las hinchas a ese anuncio “de una vieja chiflada”, como cantaron después, fue contundente: se movilizaron durante días, protestaron en el Obelisco, en el centro de Avellaneda, en el Congreso. Pusieron sus ahorros en una cuenta a nombre de Racing, fueron a la cancha cuando no había partido y fueron también –como peregrinos sin Dios– cada vez que un juez habilitaba al club a jugar.

Racing vivía en la desgracia y se había acostumbrado a agarrarse de su gente, de la épica de su hinchada, acaso porque era lo único que tenía. El resto era todo triste: el equipo merodeaba en la zona peligrosa del descenso, jugaba amistosos en Chile para comprar una caldera, sus dirigentes se habían escapado, las decisiones se tomaban en juzgados de Lomas de Zamora o La Plata.

Varias generaciones de hinchas de Racing, durante muchos años, tal vez por instinto, recordaron esos tiempos como para advertir que siempre se puede caer más abajo, pero también para darle algo de epopeya a su vida en las tribunas. Incluso en 2014, un grupo de hinchas intentó desterrar ese loop recurrente con una campaña –la de #RacingPositivo– que se coronó con el campeonato del equipo de Diego Cocca.

Veinte años después, el flashback a la época judicializada podría servir para exaltar esta realidad. Porque Racing hoy es un antiRacing. Al menos un antiRacing para esas generaciones nacidas y criadas bajo el estupor de la quiebra y la malaria cotidiana.

Porque no sólo estar en la cima de la Superliga a cuatro fechas del final es una unidad de medida para tomar real dimensión de la actualidad. Hay varios ejes en los que el club ha crecido sustancialmente y que lo ponen en otro lugar. En todo sentido. El más significativo es la cantidad de socios, el principal ingreso a la tesorería en la actualidad. En 2008, cuando el club dejó atrás el gerenciamiento de Blanquiceleste S.A., tenía menos de 20 mil socios. En 2013, cuando asumió Víctor Blanco tras una crisis institucional –la pelea Gastón Cogorno y Rodolfo Molina–, había 44 mil. Hoy, cinco años después, hay 67 mil, una cifra que, dentro del club, genera también una inquietud: es probable que como pasa en Boca y en River, en las últimas fechas de la Superliga tengan que implementar, por primera vez en la historia, un canje de entradas. La capacidad del Cilindro –55 mil espectadores– es menor a la cantidad de socios.

El otro eje, por supuesto, es el económico. Lejos de la quiebra y de las penurias de la época gerenciada, el último balance de Racing se aprobó con un superávit de 616 millones de pesos. Es cierto que, como marcó la oposición, en ese ejercicio incidió la venta extraordinaria de Lautaro Martínez y de otros jugadores, que representaron un ingreso de 751 millones. ¿Qué hubiese pasado si no se vendía a Lautaro por una cifra récord para el club? Es una pregunta que deberá hacerse la dirigencia en un futuro cercano.

Otro punto positivo de ese balance fue el incremento de 1.154 millones en el patrimonio neto del club, un ítem que en el próximo ejercicio tendrá una novedad: el predio deportivo Tita Mattiusi, recientemente escriturado.

Los números, casi en todo sentido, son parte de los puntos altos de la gestión de Blanco, un hábil negociador que confecciona los principales contratos del plantel profesional en el Hotel Savoy, una de sus empresas, y recurre a todo tipo de artilugios para bajar las pretensiones de refuerzos y representantes.

Blanco, un simpatizante del kirchnerismo devenido macrista crítico, un hombre que siempre cae bien parado en los avatares de la dirigencia del fútbol argentino, también puede jactarse de haber pegado un pleno con la llegada de Diego Milito como manager.

A veces es difícil mensurar el trabajo de un manager, pero en este tiempo, Milito posicionó al club en otra escala. “Es un embajador. Nos abre puertas que de otra manera, Racing nunca podría abrir”, asegura un dirigente que pone como ejemplo una reunión con la firma de neumáticos de origen italiano Pirelli, el principal sponsor de Inter, donde Milito es rey.

Milito quiere que Racing crezca no sólo desde lo futbolístico. También desde el punto de vista comercial. Y aunque a veces sus ideas choquen con la realidad del fútbol argentino –la intención de crear Racing TV podría integrar ese menú–, en muchas otras, su visión se transforma rápidamente en un acierto. Los frutos de las divisiones inferiores, una de las bases de su coordinación, son una muestra de ese proceso.  

Después, lógicamente, está lo que se ve en la superficie, en cada fin de semana en los que Lisandro López –otro emblema de este momento, el ídolo repatriado y referente– y sus compañeros construyen el sueño. Eso, aseguran en esa parte de Avellaneda, es la punta de un ovillo. La consecuencia de estar ordenado en lo institucional, lo social, lo económico y lo deportivo. De estar bien lejos de aquella frase de la sindico Ripoll. Bien lejos de aquel Racing traumático con el que crecieron generaciones y generaciones de hinchas.

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