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28/04/2019

Depresión, un mal que también llega al fútbol

Julio César Toresani falleció a los 51 años y muchos clubes expresaron su pesar y su respeto por su partida. //@ColonOficial

La mayoría de los casos sucede después del retiro. Agremiados lanzó un programa de apoyo y contención psicológica. Cómo llenar el vacío del “día después”.

Sergio Marchi no pudo entrar. Se había retirado hace poco y viajó hasta el Bosque para ver a Gimnasia, el club en que había debutado como futbolista profesional. Era la primera vez que volvía a una cancha luego de tomar la decisión de dejar la profesión. “No sé qué me pasó. Pero no pude entrar —dice ahora, sentado en un bar de Constitución—. Me volví a mi casa a las seis de la tarde, como si me hubiese quedado a ver el partido, para que nadie preguntara nada. Gracias a Dios me ayudó mi familia en ese momento”.

Sobre todo después del retiro, los futbolistas afrontan un proceso difícil, que muchas veces tiene un síntoma claro: la depresión. Les pasó a Fernando Gamboa, Matías Almeyda, Nelson Vivas y a muchísimos más. En otros, como Sergio Batista, la depresión tenía otro origen: la muerte de su padre, la enorme presión, la adicción a las drogas.

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Nadie puede decir que el suicidio de Julio César Toresani, ocurrido el lunes en Santa Fe, puede explicarse de manera lineal. Como cualquier suicidio, las razones son complejas y múltiples. Y el retiro, en el caso de Toresani, ya había quedado lejos: su último equipo como jugador fue Patronato, en 2004. Después de ese final empezó una carrera como técnico que terminó en Rampla Juniors de Uruguay, del que se fue en febrero de este año peleado casi a las piñas con el presidente. Deprimido por su situación familiar, la separación en malos términos con su pareja y la falta de un trabajo regular, Toresani se suicidó en un hotel de la Liga Santafesina de Fútbol, donde una semana antes lo habían encontrado con una sobredosis de psicofármacos. Su muerte desató preguntas, reflexiones y algunas certezas. Acá, en estas páginas, casi siempre hablamos de los que triunfan. ¿Pero qué pasa con el resto? O peor: ¿qué pasa con los que triunfaron y no pudieron sostener el éxito?  

El abismo. “Cuando dejé de jugar sentí un vacío muy grande. Visité muchos psicólogos. Me mandaron al psiquiatra. Me dormía. Y ahí me dije: ‘Algo hay que cambiar’”, recordó hace poco Nelson Vivas, uno de los jugadores que pudo poner en palabras el sentimiento que prevalece cuando llega el final de la carrera profesional.

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“Arrancás a los seis años. Le dedicás toda tu niñez, tu adolescencia y tu juventud a un deporte, que luego es un laburo, una profesión. Y a los 35, cuando un médico empieza a ejercer, te vas. Y por más de que te vayas bien y que tengas dinero, te falta la profesión. Eso lo añoras. Y te genera un vacío que vas llenándolo con otras cosas: con la contención de tu familia, tus hijos, de un profesional”, le explica Marchi a PERFIL. Por lo que le pasó a él, pero sobre todo por lo que le pasa a muchos futbolistas que no salen en la televisión, en los portales ni en los diarios, Futbolistas Argentinos Agremiados lanzó el Programa Social Fondo de Retiro, un reconocimiento económico que da el sindicato a los jugadores y “un estímulo para emprender el nuevo camino”. El beneficio, que en América Latina sólo existe en Argentina, ya lo cobraron más de 300 exjugadores.

Fernando Gamboa es uno de los casos más simbólicos de lo difícil que es entrar en ese nuevo camino que empieza con el final de la carrera del futbolista. En 2009 le dijo a El Gráfico que había estado un año debajo de la cama. Literalmente debajo de la cama. “El fútbol no te prepara para el día después. Es tanta la vorágine que se olvida. Vos podés tener al mejor entrenador, al mejor dirigente, pero son los psicólogos los que estudian durante años para arreglar la cabeza de las personas. Para mí son necesarios. Y no sólo en el fútbol juvenil. A mí se me produjo un vacío enorme en el corazón que no podía llenar con nada, tenía la sensación de que se terminaba de un día para el otro todo lo que sabía hacer y para lo que me había preparado desde los 5 años”, contó Gamboa, hoy técnico de Nacional de Paraguay.

No por casualidad, Gamboa es uno de los pocos jugadores de aquel Newell’s glorioso que dirigía Marcelo Bielsa con los que habla Julio Zamora. El Negro, que sufrió dos ACV en 2017, que debió vender su casa para pagar la rehabilitación, que tiene una casa de comidas en Cochabamba, Bolivia, junto a su señora, quiere impulsar un proyecto de ley. La muerte de Toresani reforzó su deseo de asegurar la contención y el apoyo profesional a exdeportistas que atraviesan crisis, sea económicas o relacionadas a la salud mental.

El sindicato de futbolistas, cuenta Marchi, asegura un apoyo psicológico y psiquiátrico a futbolistas, exfutbolistas e incluso a sus familiares, que también deben adaptarse a un sustancial cambio de vida.  

La hija de Matías Almeyda dibujó al ídolo de River y de la Selección argentina como un león, pero no como el león de las películas o que se concebían los hinchas. Lo dibujó viejo, sin pelos, sin dientes. Ese dibujo, contó Almeyda a La Garganta Poderosa en 2013, le cambió la vida.  “Llegó un momento en el que no podía más, no tenía fuerzas para levantarme de la cama. Y en esa mejora, mi señora fue clave, para que cambiara mi forma de ser. El dibujo de mi hija y la preocupación de toda mi familia, de los que están en los momentos buenos y malos, me llevaron a hablar con una psicóloga”, contó Matías. Su camino, ahora con escala en Estados Unidos, casi todos lo conocen. El de muchos otros, no.  

RECONVERTIR LOS OBJETIVOS

Un deportista de alta competencia exitoso se codea con múltiples satisfacciones, ventajas económicas, laborales y sociales que a la hora de retirarse de la actividad, debe resignar en gran medida.

Ser tapa de revistas, sentir su nombre coreado por los hinchas, gozar de muy buenos ingresos y un standard de vida más o menos acomodado, sentirse deseado y admirado por las mujeres, amigos y gente del entorno que buscan su compañía, funcionan como una dulce miel que endulza su autoestima y engrandece su Yo.

El ser humano se acostumbra a esas caricias, esforzándose por mantener un nivel de rendimiento deportivo con dedicación, esfuerzo , y una buena dosis de sacrificio propio y de su familia cercana.

Más aún, en algunos casos produce tensiones muy difíciles de soportar y sobrellevar, llevando a algunos a recurrir a la ingesta de droga para soportar el nivel de exigencia que esto supone.

La carrera del deportista es corta y requiere, por un lado, poder hacer el proceso de duelo por todo aquello que en algún momento se pierde, y, por el otro, encarar una reconversión de objetivos, tanto a nivel personal, familiar y económico.

Algunos pocos lo saben hacer y otros muchos van quedando rezagados en el camino, sin saber qué hacer para salir de un estado depresivo que inevitablemente los acomete.

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Lo correcto es que cuando a un deportista se le plantea esta situación, más allá de recurrir a la ayuda y contención de su familia, amigos o compañeros cercanos, fundamentalmente, acuda a profesionales especializados que lo van a ayudar mucho mejor que nadie a superar el trance que haya sufrido, y a no desbarrancar.

Lamentablemente, cuando eso no ocurre,las vivencias de vacío , fracaso y sensación de fin de ciclo pueden llevar a querer truncar su vida , especialmente si en el plano familiar y afectivo coincidentemente se pierden lazos y proyectos. Algo de esto podría haberle ocurrido al ex jugador Julio César Toresani.

Ricardo Rubinstein

* Médico psicoanalista, psiquiatra y autor de libro Deportes al diván.

Esta nota fue publicada en la Edición Impresa del Diario Perfil.

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