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07/09/2019

A 40 años de la hazaña: «Vi el Obelisco en Tokio»

Los titulares de la Selección argentina Sub 20 que se consagró campeón mundial en 1979, en Japón. / El Gráfico

El seleccionado juvenil argentino, dirigido por César Luis Menotti se consagraba campeón mundial en Japón con Diego Maradona. Texto de Héctor Vega Onesime.

En la dilatada trayectoria de César Luis Menotti se pueden extraer tres hitos no solo por haber culminado en un éxito (ese impostor según Kipling) sino porque convirtieron en realidad sus sueños estéticos sobre el fútbol. Huracán de 1973, campeón por primera y única vez en el profesionalismo, el Mundial del 78 y la selección juvenil de Japón un año más tarde. En ellos reafirmó su convicción de que el fútbol argentino para alumbrar el presente y asegurar el futuro debía recurrir a sus fuentes. Rescatar aquello que lo hizo respetable y respetado. No confundirse con falsos modernismos. Cuando un periodista le preguntó a Miguel de Unamuno cuales eran las novedades del mundo literario, el gran escritor y filósofo español respondió con una breve frase: “Para novedad, los clásicos”. Eso pensaba Menotti. El fútbol argentino tenía que recuperar la memoria, validar “la nuestra” termino que supo utilizarse despectivamente pero que respondía a un pasado que provocó la admiración de propios y extraños.

En una oportunidad y con dos cafés como testigos le di esta opinión: “Creo que el equipo juvenil campeón, más que los otros dos, desarrolló al máximo tus ideas futbolísticas”. La respuesta de Menotti fue –con gesto severo- un “no se…” que prolongó repasando elogiosamente a los otros dos logros que también significaron mojones en la historia del fútbol argentino. Por supuesto entendí que elegir le hubiese significado armar un podio virtual que ni la razón ni los sentimientos le perdonarían.

Dice un proverbio griego que “el inicio lo es todo”. Si es así tengo que instalar este relato en el ardiente verano uruguayo de 1979. Allí las selecciones sudamericanas definían que los clasificados para el Mundial de Japón. “Un debut para la esperanza” fue el título que encabezó el comentario de El Gráfico luego de la goleada (4-0) a Perú. Y agregó un dato transcribiendo los nombres de quienes comenzaron la historia, los protagonistas de aquel primer partido. Sergio García, Barbas, Simón, Rossi, Hugo Alves; Meza (x), Daniel Sperandio, Maradona; Escudero (xx), Ramón Díez, Barrera, (x) reemplazado por Rinaldi. (xx) reemplazado por Heredia. Algunos llegaron hasta la noche luminosa de Tokio, otros no.

Contra Ecuador la goleada fue de 5-0 y parecía que el equipo iba alcanzando cumbres de alto rendimiento. Dos empates a cero y un triunfo final (1-0) desaceleraron la marcha goleadora pero sin traicionar un estilo que se consolidaba. No fue aventurado afirmar en la nota final que “Vamos a Japón por el mejor camino”.

Maradona fue el gran protagonista de ese campeonato. Acaso un consuelo para aquella frustración de un año atrás cuando quedó afuera del Mundial adulto. Su juego fue destellante pero su personalidad mantenía la candidez de los 18 años. Por eso con cierta timidez le pidió a Guillermo Blanco (periodista de El Gráfico quien –junto a Juan José Panno- cubrió el torneo) en plena algarabía por la consagración que “lo que más quiero en mi vida es conocer a Pelé”.

No me demoré en viajar a Brasil y transmitirle a Pelé el deseo de un joven argentino que pintaba para crack. Aceptó con una rapidez que me sorprendió. El encuentro se produjo días después en el departamento del brasileño y en un clima que no invitaba a suponer que el tiempo y los egos los enfrentaría fuera de las canchas.

El itinerario hacia Japón contemplaba una escala en Los Ángeles donde contra la selección mexicana se realizaría el ensayo definitivo. La puesta a punto en los umbrales de la competencia oficial. El test resultó una rotunda confirmación de que estábamos en presencia de un equipo que podía ofrecer un nivel de calidad infrecuente. “Pibes, con ese fútbol no se pierde nunca”, titulé en la cima de mi comentario. Transcribo un párrafo que explica esa frase:

“Majestuoso. Imponente. Mítico estadio de Los Ángeles. Viejo Coliseum, cuyo ‘charme’ europeo parece desmentir su origen en este país del confort y la sofisticación. Viejo Coliseum que naciste allá por 1932 para ver la hazaña de Zabalita y que ya te preparas para otros Juegos Olímpicos. Viejo Coliseum, estos pibes argentinos te quieren ofrendar la alegría y el talento de su fútbol. (…) Estos chicos argentinos saben responder a ese estilo argentino que hoy tiene categoría propia, que pasó de leyenda a ser una pletórica realidad. Toque, desmarque, rotación, pique, freno, gambeta. Cada cosa en su momento, tratando de evitar los excesos. Respetando al público, al rival, a sí mismo. JUGANDO ESTE FÚTBOL NO SE PIERDE NUNCA, aunque la circunstancia de un resultado diga lo contrario. Ésta es la victoria más linda, la más deseada. Saberse conocido y valorado por el fútbol que se practica. (…) De vuelta en el hotel Olimpia los jugadores se disfrazan, cantan, gritan, aplauden… Así los dejo. En mi habitación trato de asociarme con la máquina de escribir. Sin embargo, no puedo sustraerme de la alegría desbordante que produjo el partido aunque pienso que estamos festejando cosas distintas. Ellos el 2-1. Yo, el fútbol que llevan en el alma.”

Busqué las palabras que mejor reflejaran la exhibición presenciada. Mientras las teclas desafiaban mi inspiración, levanté la vista y en el televisor aparecieron, en una típica película hollywoodense, Susan Sarandon y Julia Roberts. Solo puse un minuto de atención, justo para escuchar que la primera le decía a la otra “Ganar sin dignidad ni gracia, no es ganar”. Se me ocurrió suponer que con palabras parecidas Menotti estimuló a sus jugadores antes de empezar el partido.

Ya en Japón, pero a 30 kilómetros de Tokio en el Stadium Sahita Ohmiya y en el primer encuentro, una goleada reconfortante frente a Indonesia dio continuidad a la senda que se venía transitando. Menotti escribió una columna bajo el título “Este equipo me tiene loco”, señal de lo que su imaginación le dictaba. “…en estos momentos me estoy sintiendo como antes del Mundial ’78. Cambian las circunstancias, por supuesto, pero en cuanto a la conducta de los muchachos es todo muy semejante”.

Tras el más duro de los compromisos (Yugoslavia), la selección ingresó a la ronda final. Allí dejó en el camino a Argelia y Uruguay. Ya no quedaban dudas: este equipo es un lujo para los ojos y un crédito para el futuro.

El lobby del Takanawa Prince que había alojado a todas las delegaciones fue quedando raleado. Esperando en el último escalón de la gloria estaba la Unión Soviética con su robustez colectiva. Choque de escuelas fue el anticipo del colega japonés que tenía a mi lado en el palco de la prensa. Se fue el primer tiempo sin dejar certeza respecto a quien ganaría, pero sí de quien era superior. Al inicio del segundo, gol soviético. Con un suspenso tenso e inesperado se tiñó el desarrollo del partido, pero en apenas nueve minutos Argentina dio vuelta el resultado y coronó su campaña con un 3-1 inapelable. El festejo bajo la lluvia mezcló lágrimas y sudores. Cual ceremonia tribal, los jugadores argentinos se abrazaron y danzaron. Quizás queriendo que ese momento se eternizara. Ni siquiera en el camarín se atenuó el fervoroso clima de euforia. El micro de los campeones (del que fui uno de los pasajeros) tuvo dificultades para salir del estadio. El público japonés formó un cordón humano y al grito de ¡Argentina! y ¡Maradona! obstruyó su paso.

Avanzada la noche me puse a conversar con la almohada. Le hice dos preguntas: si se acordaba que en agosto de 1978 en Alemania donde estaba de vacaciones Menotti me había anunciado “Ahora hay que ser campeón mundial con el juvenil” y si lo que vivimos en Japón tenía la profundidad que yo sentía. No me acuerdo de su respuesta, me acuerdo del consejo que me dio para para definir la actuación del equipo argentino. “Mire, los 18 miembros de la Academia Sueca que eligen el premio Nobel de Literatura se rigen por la divisa de la institución Snille och Smak que significa talento y gusto. Calza justo para lo que usted necesita”.

Aprecié esa sugerencia para escribir mi despacho periodístico el que cerré de esta forma: “No fue una mañana como todas. Había llegado despacito, sin que nadie la llamara. Corrí, rito cotidiano, las cortinas que tapan la amplia ventana de mi habitación. Volví a admirar el esplendor de esta ciudad desde la altura del décimo piso. Mi mirada se quedó fija en la imponente Torre de Tokio. Hubiese jurado que era el Obelisco”.

El plantel argentino campeón juvenil en 1979.

Arqueros: 1- Sergio García (Flandria), 12- Rafael Seria (Central Córdoba de Rosario)

Defensores: 2- Juan Simón (Newell’s), 3- Hugo Alves (Boca), 4- Abelardo Carabelli (Argentinos), 6- Rubén Rossi (Colón SF), 14- Jorge Piaggio (Atlanta), 15- Marcelo Bachino (Boca)

Volantes: 5- Daniel Sperandío (Rosario Central), 8- Juan Barbas (Racing), 10- Diego Maradona (Argentinos), 13- Osvaldo Rinaldi (San Lorenzo), 17- Juan José Mezza (Central Norte de Tucumán)

Delanteros: 7- Osvaldo Escudero (Chacarita), 9- Ramón Díaz (River), 11- Gabriel Calderón (Racing), 16- Alfredo Torres (Atlanta), 18- José Lanao (Vélez)

Director técnico: César Menotti.

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