Una máxima, de las más contundentes del fútbol, indica que el placer de las victorias dura apenas unos días mientras que el dolor de las derrotas queda impregnado para siempre. La tempranera eliminación argentina, de acuerdo a las expectativas generadas, es un claro ejemplo de esta verdad futbolera.
Si la derrota no estaba en los planes de la mayoría de los futboleros, imaginemos, entonces, si acaso alguien podía estar preparado para semejante cachetazo. El 4 a 0 es demasiado grosero para pasar de largo como una derrota más.
La apuesta ofensiva de Maradona y la decisión de confiar en las individualidades fueron pilares de este equipo en sus primeros cuatro partidos pero no tapan, ni taparon algunas importantes falencias de funcionamiento y la, casi, ausencia de creación colectiva en ataque. Con solo apelar a ese funcionamiento y a la creación colectiva, Alemania ofreció una clase fútbol.
El problema argentino crece si se piensa en los veinte años que pasaron sin acceder a las semifinales y presenta un planteo que, a estas horas, suena recurrente. Tal vez, desde las entrañas del fútbol argentino sobreestimamos las condiciones de nuestros jugadores aunque el mundo reconoció, a lo largo del torneo, que Argentina tenía uno de los tres mejores planteles junto a Brasil y España. Y si además aparece entre ellos el mejor jugador del mundo, la sensación que queda es que materia prima, hay.
Precisamente, pensando en Messi es inevitable mencionar el detalle que indica que no pudo hacer un gol en cinco partidos cuando, además, venía de romper redes y récords en su mejor temporada goleadora con el Barcelona. Es el gran tema a futuro de la selección nacional. Sacar lo mejor de Messi con la camiseta argentina. Como rodearlo. Como transportar al jugador del Barcelona al que viste la celeste y blanca.
En ese detalle, el de tener al mejor, reconocido por el mundo del fútbol, y no pasar de cuartos de final, radica la sensación de un nuevo y quizas, más duro fracaso. Palabra discutible si las hay. Si en el ’98 y en el 2006 se habló de fracaso, inevitablemente después del cachetazo de la goleada, la temida, grosera y a veces injusta palabrita vuelve a aparecer.
Antes del primer partido dije en televisión que Maradona ya había triunfado. Y me refería al plano personal. Ver a Diego manejándose con tranquilidad y en un clima de mediana armonía era un imposible para muchos agoreros. Pero, también es cierto, que así como es indicutible que Maradona sabe de fútbol, las respuestas colectivas de Argentina tanto en defensa como en ataque fueron pobres en este primer partido decidídamente bravo que tuvo en el Mundial.
El final del sueño fue de pesadilla. Maradona y Messi, los dos diez, sufrirán las consecuencias iniciales, más que cualquier otro. Y, así como ayer se robaron los aplausos, mañana deberán estar preparados para ser el centro de todos los reclamos.