“El tiempo no tiene nada que ver. Cuando se es boludo, se es boludo. Sea rector o bachiller, si se es boludo, se es boludo. Basta ya de discusiones. Jubilados. Debutantes. Boluditos de la nueva promoción… ¡Boludos del mundo, uníos!” De ‘Le temps ne fait rien à l' affaire’ (1961), compuesta por Georges Brassens (1921-1981). Versión en español: Nacha Guevara.
En el fondo lo entiendo, cómo que no. Si yo escribo, vos poneme en el diario, viejo. ¡No me vas a hacer teclear la columna como un boludo, tac, tac, tac, para después dejarme afuera! Antes te mato, Falcioni.
Con Nietzsche, Schopenhauer o Kierkegaard, exquisitos escritores además de filósofos, la cosa se hace más llevadera. Pero si hablamos de Heidegger, Wittgenstein, Husserl o Riquelme, el pensador de Don Torcuato, la cosa se complica. Son tipos herméticos, complejos, tienen un discurso más áspero. Hay que saber interpretarlos. “No hay hechos, solo interpretaciones”, escribió el bigotón. Nietzsche, no La Volpe.
Quizá allí radique el infinito mérito riquelmiano. Para algunos críticos, obnubilados con su metafísica, juega bien siempre, aunque apenas la toque. Alguna pelota convertirá en arte. No soy capaz de comprenderlo, lo admito, pero otros sí lo perciben. El Ser del fútbol anida en su empeine derecho, juran. Suficiente.
Obligado por el protocolo de la Copa, el Enganche Melancólico habló antes del partido contra Santamarina de Tandil y allí, quizá malhumorado o agobiado por el calor, lo dijo, sin filtros. “Yo no soy entrenador, juego cuando el entrenador me pone. Hace ocho meses Falcioni me hizo correr como un boludo antes de All Boys y no dije nada. Soy un profesional. (…) Tenemos la obligación de jugar cada día mejor, porque algún día la suerte se puede terminar”.
¡Boom! Estalló el escándalo. The fight, part II. A ver, analicemos esas frases. Veamos si, detrás de su aparente simpleza, el Maestro no envía un mensaje críptico, revelador.
1) Riquelme se define como un futbolista que, en tanto parte de un grupo, se subordina al poder totalizador del entrenador. Políticamente correcto, pero falso. Ya veremos por qué.
2) Paciente como un árabe, se cobra viejas facturas. ¿Qué significa “correr como un boludo”? ¿Babearse? ¿Usar ropa de payaso? No. Quiere decir: si corro es porque quiero jugar y vos no me ponés. La herida narcisista es intolerable. La venganza llegará, tarde o temprano. Le pasó a Palermo, en pleno festejo de su gol récord.
3) Le fallaron. Lo dejaron afuera. He aquí el conflicto. Nada dijo hace ocho meses. Ahora sí. Que quede claro: si él corre, juega. Si no, se siente un boludo. Y eso, se paga.
4) El punto 3 desmiente por completo al punto 1, donde Riquelme jura someterse a la autoridad del entrenador. Minga. Si me hacés correr, poneme, no me tomés por boludo.
5) Según esa lógica, un suplente que corre y no entra puede ser o sentirse un boludo. No importa. No es su caso. Yo soy Riquelme, piensa en tercera persona, como Maradona.
6) Que Riquelme diga que usó la figura “como un boludo” en broma, no cambia nada. Al contrario. Quien quiera documentarse puede consultar El chiste y su relación con el inconsciente (1905), un trabajo muy entretenido de Freud. Más, incluso, que algunos equipos.
7) Ojo: si fueron campeones y mantienen su invicto es gracias al esfuerzo de sus compañeros y porque han tenido… suerte. Con Bianchi no pasaba, obvio.
8) Astuto, se despega de las críticas al estilo de juego que, intuyo, debe compartir íntimamente. Boca no juega lindo aunque gane, creen muchos. Los mismos que entran en éxtasis con cada uno de sus “toques geniales”. Eso lo justifica y lo salva. Ergo: si aburren, es culpa de Falcioni.
9) Hay que mejorar: la suerte no es eterna. Difícilmente se pueda ser más cristalino.
10) ¡Bang, Bang! Estás liquidado, Julio.
¿Cuánto podía tardar la desmentida oficial para poner, como dicen en las crónicas más obvias, “paños fríos”? Nada. “Yo hablé bien de Falcioni”, “Nos llevamos cada día mejor”, “Inventan cosas”, bla, bla, bla.
Y digo desmentida “oficial” porque a nuestros cracks les gusta hablar así, oficialmente; mediante comunicados con forma de falso reportaje en programas amigos, sin repreguntas. Así funciona. Es un clásico. Como el infalible axioma mediático del campo de juego. “Toda pregunta formulada a un protagonista, antes o después de los partidos, podrá ser respondida: Sí”.
Más de uno vivió de ser amigo de Maradona, trabajo rentable pero fugaz que solía terminar muy mal. Riquelme, en ese sentido, es intelectualmente más honesto. Habla sólo cuando lo necesita. No pretende caer simpático, no habla de su vida privada, no va a los programas ni pide canjes para hacerse el payaso. No cholulea. No posa. Si hay algo que me gusta de él es eso. Le importa sólo su gente y la pelota. Maneja su silencio como cuando la pisa: hace la pausa y en cuanto ve el hueco, te liquida.
Falcioni, un técnico de escaso vuelo pero con mucho oficio, chapea con sus números. Es lógico. Depende de su infalibilidad. Cuando nos dice “Santamarina nos hizo más fuerza que River” no sólo chicanea a la contra. Recuerda que no les fue mejor con el 10 en la cancha. Igual, esa guerra ya está perdida. En cuanto deje de ganar se irá y Riquelme seguirá siendo un Dios. Aún en Defensores de Macri y con Angelici, el de la lapicera sin tinta.
Así es la cosa con el Enganche Melancólico. El Perón bostero, el gran conductor, el Padre Eterno. El nuevo mito. Aquel que, con el poder de su magia, en una pierna o aún muerto y atado a su caballo como el Cid, los conducirá eternamente a la victoria.
Ningún boludo, piensa Riquelme que piensa Riquelme.
Esta nota fue publicada en la Edición Impresa del Diario Perfil