sábado 13 de junio del 2026

La cancha y la vida

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Hablé con mi mamá en el entretiempo. “Ellos juegan como semáforos sincronizados”, me dijo.  Eso a veces no lo tenemos ni en la calle, pensé. Pero todavía podíamos dar la vuelta en esta carambola traicionera que es el fútbol. El problema es que hasta la suerte se pone de rodillas cuando alguien maneja bien a la pelota y la domina. Eso hicieron los alemanes, como lo venían haciendo. No hay teorias conspirativas para entender esta derrota. Los germanos fueron mejor equipo a la hora de funcionar juntos, armar y marcar.

Maradona dirigió como jugó, pero él no estaba en la cancha. El abrumador 4 a 0 sentencia, por esta vez, que el genio no se contagia. Curiosamente, imagino esas lágrimas que ahogaron a Diego en el vestuario, no como las de un técnico, sino como las de un jugador que hubiera querido correr a la pelota hasta domarla y no robarle tacos desde el banco. “Antes nos poníamos los equipos en el hombro”, recordó con un dejo de nostalgia durante la demorada conferencia de prensa. “Ahora el jugador es más colectivo”, reflexionó Diego. Tal vez allí está la grieta: Maradona intentando dirigir a Messi como si Messi pudiera transformarse en Maradona. Ya es tarde.

Es extraño, pero la imagen de Maradona que emerge luego de este Mundial me parece una imagen triunfante.  “No se cumplió el sueño pero sí se encontró un camino”, dijo el DT que aún con la derrota en carne viva revalidó el credo que lo acompañó durante los cinco partidos que transitó en Sudáfrica. “Tocar la pelota, ir al frente y volver a las raíces”: ese es el canon que Diego soñó con reinstalar. No alcanzó el poder individual de las estrellas argentinas para plasmarlo, pero es un objetivo digno y permítanme decirles en estas horas: es un objetivo feliz. Es tal vez la razón por la cual no atronan las críticas en este momento amargo sino el acompañamiento de un país donde “se vive y se respira fútbol”.

Maradona tenía un plan alumbrado casi a las apuradas luego de las accidentadas Eliminatorias. Ese plan, parido entre calenturas y cornisas, era jugar al fútbol. Y lo hizo, cayendo sólo ante un rival que jugó definitivamente mejor. El ajuste de las fallas evidenciadas ante México requería más maduración de la que permite una semana de vértigo. Los errores sintomáticos del mediocampo eran anteriores al partido de octavos y no iban a poder exorcisarse sólo con mística. Menos aún frente a un adversario como Alemania que logró su versión más vistosa con un equipo que liberó estilos, talentos y etnias sin olvidar los beneficios de la táctica y la disciplina, ni los favores sabios de la precisión.  Así y todo, Argentina se instaló en el área para remar la diferencia y jugó con el corazón hasta el final.

Esta selección no se va del Mundial con un país que le da la espalda. Maradona y sus jugadores lograron algo que parecía imposible cuando entramos a Sudafrica por la ventana: enamoraron con un juego ofensivo sin mezquindad ni especulaciones. Si en el futuro será Diego el indicado para plasmarlo desde la dirección técnica, eso es otra historia. Y mientras el mundo ve humillación en un 4 a 0, la sensación por aquí es que Argentina abraza a los muchachos que la representaron. La ausencia del impulso destructivo que tantas veces nos corroe no es poco para transformar el envión maradoniano en una oportunidad. Hay que pensar y trabajar para sacarle brillo al talento siendo uno para todos y todos para uno. Es lo que nos falta en la cancha, es lo que nos falta tantas veces en la vida.

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