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05/07/2018

Carta abierta a Sampaoli

Sampaoli, en la cuerda floja tras el flojo Mundial de la Selección. / AP

Tras anticipar la eliminación de la Selección, nuestro columnista disculpa futbolísticamente al entrenador, pero le pide una respuesta que evite su exilio en Bangladesh…

Sr. Sampaoli, de mi consideración:

No nos conocemos personalmente pero no estamos tan distantes como muchos compatriotas que se alejan, ahora, simplemente porque en la hora aciaga aprendieron a separarse unilateralmente –entrenan para eso toda la vida–, así como con descaro se aproximarían hasta la incomodidad si este fuese su momento victorioso.

Sí, Jorge –¿puedo llamarlo por su nombre?–, somos próximos porque nos unen dos eslabones de acero de Damasco, irrompibles: 1) la pasión por el fútbol y 2) ese accidente casi fatal que nos ocurrió cuando llegamos a este mundo… nacimos en la Argentina del ‘medio pelo’ jauretcheano. Y, curiosamente, hay una estrecha relación entre ambas cosas, pues, los dos sabemos que este fallido país sin su fútbol sería menos de lo poco que cotiza y aún sostiene en pie.

Es difícil imaginar la historia del último siglo de la Argentina sin una pelota y algún aislado deportista de elite como Fangio, Monzón, Vilas o Ginóbili que la colocaron en la iluminada vitrina de la notoriedad universal…  Pero, convengamos, nuestro fútbol supera en mucho al resto de deportes. Y es bastante más que un mapa de pequeños oasis en el desierto del éxito: pese a todo, nuestros clubes llenaron sus estantes de trofeos internacionales y parieron más ídolos que nadie, tantos que citar un sólo nombre es llamar a la injusticia.

Como sabe, Jorge, la pelota nos distinguió desde que el primer criollo, en un descanso ferroviario, se la quitó a un británico y le metió un improvisado ‘túnel’ (¿se llamaría así a fines del siglo XIX?). Por esa herencia, usted, como yo y tantos otros hijos de esta tierra que tristemente tiembla sin sismos de placas tectónicas, transpiramos fútbol, pensamos fútbol, respiramos fútbol. Somos hechos a imagen y semejanza del fútbol. Tenemos el alma redonda y el corazón de cuero, cosido en doce gajos. Nos criamos a los pelotazos. Estamos cortados por la misma ‘media-tijera’… aunque casi siempre seamos un gol en contra.

Así, no podemos ser tan distintos unos de otros. Pero, diferente del principal colectivo nacional, no me subo al vagón de los que por acaso ganaron en los últimos cinco minutos, con los que son y serán los primeros en bajarse a la hora de la derrota, como si nunca tuviesen nada que ver con ella; esos impostores de patriotismo, que antes de Nigeria querían fusilar hasta al aguatero que ya no existe y después de Nigeria enloquecían por ir a Rusia como si la injusta victoria de San Petersburgo lo hubiese cambiado todo por arte de magia.

En este correo, Jorge, no quiero reprocharle el uniforme celeste y blanco que usó a orillas del Volga y le quedó grande, demasiado holgado; por el contrario, aspiro a testimoniar en su favor y sostener que es perdonable que eligiese mal cuando escogió a los 23 que le entregó a la FIFA. Usted no es el primero en pisar en falso. Otros técnicos también se perdieron en un corto recorrido como el suyo, aunque usted los superó cuando montó el equipo más disparatado que ya se haya visto, el de la jornada ante Croacia. Lo reprobé como todos: sin anestesia. En ebullición, hasta quienes nos exigimos parar un minuto para enfriarnos y pensar mejor, también descarrilamos. No me desdigo, sólo le aclaro que a pesar de mis críticas, me siento un igual suyo, no soy ni me creo mejor.

Usted, al menos, dirigió dos selecciones nacionales, ganó una Copa América con Chile (aunque le discutamos los méritos) y clasificó a la convaleciente Argentina a este desilusionante Mundial. Por eso sólo merece algún respeto, más allá de cualquier diferencia conceptual y futbolera. Que las tenemos: convocó a jugadores que yo no pondría en un duelo de solteros contra casados, como Marcos Rojo: ¿Y no va que termina haciendo el gol, con la peor pierna de las cuasi inútiles con que camina, y nos deposita en Octavos de Final? Caprichos de la vida donde el pez por la boca muere…

Aunque su idea del segundo partido, Jorge, se haya aproximado al dislate, no puedo sino felicitarlo como mortal: mostró personalidad. Ahí sí. Murió con la suya: usted, por ejemplo, cree que Meza puede jugar en la Selección y yo dudo de cualquier descubrimiento que tenga 26 años; pero bien, allá usted, el Sampaoli que no planifica, improvisa sobre su inspiración, esa que ni usted sabe de dónde le brota según cuenta en su libro, donde también confiesa ser fruto de la calle y sostiene que “el fútbol no se estudia, sólo se vive y se siente…”.

Hasta allí nos separa una frontera futbolística que igualmente nos permite convivir, cruzarla sin pasaportes oficiales y con tributación cero. Porque no todo lo suyo fue desperdicio, le aplaudo haber rescatado a Ansaldi aunque después no le haya dado una sola oportunidad, también me alegra que haya convocado a Acuña y mucho más me excita que no se haya olvidado de Pavón. En términos de Selección cerremos la cuenta y dejemos abierta la frontera de las discusiones. Es fútbol.

Pero hay otra frontera que no se puede transponer y es esa la que motiva esta carta. Nuestro fútbol, no es solamente fútbol. Es mucho más que fútbol, es un fenómeno social, un consuelo para nuestras postergaciones, un estilo de vida, un espejismo tercermundista, pan y circo, un premio injusto a la soberbia nacional, un virus de adulterada esperanza, una norma de conducta mal entendida que nos justifica insultar, un cuentagotas de felicidad, una reivindicación para nuestra espera en vano, además de ser la comida de muchos, el negocio de otros y un salto a la fama para cualquier pirincho. Sí, es todo eso y mucho más, hasta fue una sobrevida para la dictadura en el setenta y ocho.

Para los argentinos, Maradona es superior a San Martín y Messi es más que Belgrano. Viamonte no es un patriota vinculado a la Revolución de Mayo, simplemente es la calle de la AFA y la AFA, históricamente, es más recordada que la Casa de Tucumán. Las verdaderas fronteras argentinas no son las que nos dejó el perito Moreno, son las que establecen Boca y River, Central y Newell’s, Estudiantes y Gimnasia, o las de Menotti y Bilardo cuando no las que imponen las barras bravas. Y usted lo sabe, su cuna me delata que lo sabe de corrido. Usted mamó ese ‘a más’ de nuestro fútbol doméstico, ese que diariamente, cuando juega la Selección, alimenta de ilusiones y congojas, de fábulas y paradojas al espíritu patrio. Y pese a todo y a todos, y por lo enferma que está nuestra sociedad, ese fútbol es lo más sano que poseemos; de algún modo –casi– es todo lo que tenemos los argentinos… Lo que sobró.

Entonces, Jorge, si para bien o para mal, a todos nos une la misma argamasa, tampoco puede decir que en algún lugar de su desasosegado Ser no posee los valores humanos que trajeron los inmigrantes, esos próceres anónimos que le alumbraron el camino para crecer y seguir andando por ahí, que es aquí y ahora aunque haya andado por Rusia. No hablo de Alberdi o Almafuerte, ni de los patriotas que académicamente se inculcan en las salas de aula; me refiero a los gringos que rodearon su día a día, los que le enseñaron con el ejemplo. Aquellos señores mayores que educaban con sus gestos. Esos profesores de vida que instruían con pocas y siempre valiosas palabras, ocasionales maestros que practicaban justicia y lealtad, hombres que predicaban nobleza y verdad.

Sus mentores en Alumni, Aprendices o Huracán de Casilda –imagino– eran así y no pueden haberlo moldeado con otra masilla. Ni con otras palabras distintas a sacrificio y honradez, mérito y trabajo, constancia y disciplina; que no importa si hoy cayeron en desuso y no se pregonan en las redes sociales, pues, ellas, ayer también lo construyeron a usted, Jorge Sampaoli. Por eso el reproche que conlleva, a continuación, esta epístola.

Alguien catequizado sobre pilares como respeto y virtud, entereza y decencia, no puede aceptar para sí (o para otros) lo que usted aceptó tras el empate con Islandia. Si no fue una distracción accidental y presiento que no lo fue, algo fracasó en el camino de su alfabetización ética; algún capítulo de integridad y moral se le traspapeló… Y por eso, allá, en Rusia, no renunció como la situación ameritaba aunque mal se entienda o admita a regañadientes. Está dentro de las pringosas reglas del juego político del que nadie escapa, sin quemarse, en determinados niveles. Como también hace parte de otro juego y otro fuego, el de la hoguera de vanidades. Okey, no renunció, lo dejamos pasar, al fin de cuentas somos (in)civilizadamente humanos.

Si no presentó su renuncia es porque quería seguir. Entonces, no se entiende por qué permitió que le arrebataran el equipo y el rango, que usaran sus jinetas y su plantel sin disimularse el hecho, lo que no empeora ni mejora la situación de fondo, pero sí la epidérmica y mediática… No se comprende por qué se ofreció de títere saliendo a la cancha como si nada, como un día más, como en otro partido cualquiera. No, Jorge, eso sí que no. Se lo digo como el amigo que no tuvo –sospecho– para recriminárselo en el momento oportuno. La dignidad es como la pelota, no se mancha. Y los rectos siempre marchan derechito aunque caigan en el precipicio del olvido; le garanto, Jorge, que no hay nada de malo en retornar al anonimato. Es mejor un ilustre desconocido que un célebre indigno.

Séneca escribió que “los elementos de la dicha son tres: una buena conciencia, la honradez en los proyectos y la rectitud en las acciones”. Usted atropelló esos principios. Inequívocamente envió una señal infeliz con su desacertado gesto. Avergonzó a sus amigos de Arequito, a sus conocidos peruanos, chilenos y ecuatorianos que alguna vez comandó. ¿Qué dirán los Armani, los familiares de Franco, el impuesto arquero titular, que también son de su Casilda natal? ¿Y sus propios familiares y vecinos, Jorge? ¿Podrá mirarlos a los ojos como los miraba antes, como los miró siempre?… Como ve, su presente se transformó en mil interrogantes.

¿Por qué, ante Nigeria, asumió ese papel de figurín de entrenador que no era, deambulando histérico junto a la línea de cal? ¿Por qué esa mueca inválida de autoridad que no tenía? ¿Para la televisión? ¿Para la ‘gilada’? ¿Por qué exponerse al ridículo festejando patéticamente, en solitario, los goles de Messi y Rojo mientras el resto se abrazaba entre sí? ¿Por qué se sometió de cuerpo y alma a exhibir ese abandono como si fuese el más fúnebre de sus tatuajes? No precisaba de ese desnudo. Fue un show entre penoso y humillante. Más repiten en la tele esas imágenes más irrita y estremece su soledad…

Se supone terrible tamaño desamparo en una situación de tanta vulnerabilidad como la que lo envolvía. Pero es más difícil imaginar cuál razón le impidió llamar a conferencia de prensa y esclarecer todo, aunque tuviese un país entero en su contra y al periodismo sediento de sangre en el momento cumbre de esa guerra que estaba perdida. ¿Por qué continuó? ¿Fue por dinero? ¿Por los dólares que dejaría de ganar? ¿Fue para respetar el contrato que no respetó en Sevilla? ¿Mera vanidad? ¿Ceguera profesional? ¿Temor al plantel?… ¿No percibió que así sólo incitaba a la caterva a practicar el segundo deporte nacional, el de patear al caído, como recordó Hugo Asch en su última columna, aquí, en este mismo sitio, en 442 y Perfil.com?  Todo tiene un límite, Jorge.

Fue una celada perfecta que únicamente podía consolidarse si usted lo permitía. Y usted cayó en la trampa, les patrocinó la encerrona. No fue ni será suficiente que antes de enfrentar a Francia, en teoría, retomase lo irremontable y dijese que el equipo iría a jugar con el cuchillo entre los dientes. La metáfora sólo sirve para recordarle que el cuchillo estaba clavado en su angosta espalda. No se engañe. El ‘pato’ es suyo Jorge, y los ‘platos rotos’ también. Usted paga todo. ‘Ellos’ se vuelven a Europa, tienen contratos que les garantizan el sueño cada una de las noches que siguen a este Mundial. Juegan en clubes que disputan otros mundiales.

La emboscada pareció pensada por mentes brillantes que no había en ese conciliábulo de Bronnitsy. Observe: si al final de la historia se conseguía el título, el mérito seria ‘de ellos’ que lo despojaron de sus atribuciones y se arrogaron el mando. Una bravata entre desesperados, sí, pero… En tanto, si el final era el que es, un desastre, la cuenta más pesada la pagaría usted como la está pagando, queriendo continuar como seleccionador nacional aun sabiendo que eso es imposible… La Selección ya fue. Salve otras posibilidades que no salvará si sigue callado.

Explique por qué pisoteó su autoestima, inclusive echándole más bencina al fuego cuando le preguntó a Messi, a oídos de todos: “Lo pongo o no al Kun” (Agüero). Hay caminos, en el territorio de la potestad, que son de difícil retorno: nunca más será respetado por sus jugadores. Hay viajes que sólo son de ida y este puede ser uno de ellos. Esta no es la carta sinódica del Papa Liberio a los Macedonios, no es importante para el curso de la historia universal, siquiera es la inútil carta que Mahatma Gandhi le envió a Hitler para persuadirlo, sólo es una carta de quien quiere descifrar el juego más allá de las tácticas de cancha. No está obligado a contestarla, pero no estará mal si la responde. Su propio orgullo lo reclama, alivie su vergüenza.

¿Por qué, Jorge? Debe haber un motivo y sólo usted puede explicarlo mejor que cualquier interlocutor improvisado; no es hora de intrusos o portavoces, su decoro, dimensión humana y su carrera profesional están en juego… Es la última carta de la baraja. Si nadie le tira una soga, rescátese a sí mismo. No dude, hable. Dígalo todo. No calle nada o terminará exiliado dirigiendo en Bangladesh donde –parece –nos quieren así como somos, no sé si por el deterioro que el arsénico de su agua potable les causa en su desarrollo intelectual, o porque no nos conocen bien (tanto como nosotros desconocemos a ellos) o porque Bangladesh es el Cielo en la Tierra. No lo sé.

Lo cierto es que siempre hay un roto para un descosido y ese puede ser su próximo, último y único destino; pero ni la mejor recepción de bienvenida ni un futuro en Bangladesh justifican su silencio, caso desee continuar interpretando el papel de bufón que comenzó enseguida que terminó el ignominioso partido ante Croacia. ¡Despierte Jorge, despabílese Sampaoli! Hable. Diga lo que tiene que decir. Muestre sus cartas. Mañana puede ser tarde.

Sin más, lo saluda atentamente,

Un amante de ‘nuestro’ fútbol

 (*) Autor de ‘Archivo sin Final’ (Selección Argentina), en español; ‘Gloria Roubada’ (el aprovechamiento político de los Mundiales) y ‘Penta’ (Brasil en la Copa de 2002) en portugués, entre otros.

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