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15/07/2018

Vuelve el asesino de técnicos

Claudio Tapia y Jorge Sampaoli intentan ponerse de acuerdo sobre el futuro de la Selección / NA

Sampaoli, como Martino y Bauza, se va de la Selección por la puerta de atrás y sin cumplir el contrato. Una costumbre que no cambia en el fútbol argentino.

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—Vamos, apueste. No puedo hacerlo por usted, no sería justo. ¿Qué puedo ganar, señor?

—Todo… ¿Cara o cruz?

—Cara. (Chigurh abre su mano y muestra la moneda. Cara)

—Bien hecho. (El hombre tiembla, toma el quarter y amaga guardarlo con las demás monedas)

—No la deje en su bolsillo… No la mezcle. ¡Es su moneda de la suerte!

De “Sin lugar para los débiles” (2007), de Joel y Ethan Coen. El asesino Anton Chigurh (Javier Bardem) deja que la suerte decida si mata o no al dueño de la gasolinera.

La parte I de la saga, “Solo una bala en tu cabeza, Patón”, es mejor que esta, su parte II: “Ni un dólar partido por la mitad, Pelado”. Bauza es un duro, no un rockero tardío con ataques de excitación psicomotriz. Alto, de físico imponente, su rostro parece construido a hachazos. Se lo notó incómodo desde que fue elegido por la Comisión Nosecuantodora, luego de un casting desopilante en el que participó hasta Carusito. Lo obligaron a sentarse en un programa con La Usina Niembro y jurar que seríamos campeones del mundo en Rusia. Uno intuía sangre, traiciones y crímenes en esa novela negra. Pero no. El guión derivó hacia una comedia ligera de engaños, con Chiqui Wall de Moyano, el nuevo marido, decidido a terminar con ese matrimonio impuesto para arrojarse a los brazos de Jorge Saint Paoli, que convivía sin amor en Sevilla y no se resignaba a ser “la otra”. Quería a la Selección toda para él. Para conseguirla, utilizó su mejor sierra eléctrica de doble filo. Y vaya si lo logró. Firmó hasta 2022, mientras el Gobierno pensaba en 2023, porque 2019 era un trámite. Ay. Estamos vivos de milagro.

Lo ayudó Braga R. Nick, el representante Clase B de mayor crecimiento del planeta, un tipo capaz de convertir la pelusa en oro, gracias al apoyo de esos personajes oscuros que luego aparecen en las series mexicanas que cuentan la vida de los antihéroes narcos.

Bauza, que tuvo que golpear con el puño una mesa, como De la Rúa en el programa de Grondona, para mostrar convicción, se resignó al divorcio conveniente viendo cómo la sierra le comía el parqué. Se sumó a la ventanilla donde todavía cobra Martino, otro seducido y abandonado. Allí irá a parar Saint Paoli.

No fue gratis su salida del Sevilla. El técnico redondito resignó dinero, es decir, puso algo más que voluntad. Su gestión en la Selección fue un espanto y ahora, despechado, pretende cobrar el contrato de casamiento hasta que el último dólar los separe. Chiqui, que alguna vez lo amó como a nadie, inició una estrategia de desgaste que bien podría llamarse Bauza II. Con una diferencia: no tienen candidatos que acepten ser “la otra”. Nadie come vidrio.

Braga R. Nick es un hombre de Angel Easy, y además es representante de Burruchaga, el viejo héroe que mutó a mánager de misterioso papel en esa estructura virtuosa para el error, y para el fragote interminable con Messi & Los Históricos Blues Band. Braga, miembro de Defensores de Macri, ahora colabora para el despido de Saint Paoli. Es así: a veces sale cara; otras, cruz.

—Es cierto. ¿Tiene un quarter, Asch?

Allí estaba otra vez la mole, con su ropa oscura, borceguíes, el tubo de metal con su cable, extremo y percutor, la voz perturbadora y suave, el peinado ridículo. Saludó, robó una silla y se sentó. Anton Chigurh es un profesional. Nos vimos hace un año, cuando tambaleaba Bauza. Casi que lo esperaba.

—No tengo quarters. Todavía no dolarizan, aunque en cualquier momento se dan el gusto. En este país todo puede pasar.

—Lo sé. Pero ahora soy Chigurh, no me saque de personaje. Yo sí tengo uno. Es de 2008. Hace diez años que viaja de mano en mano para llegar a usted. Apueste, Asch: ¿cara o ceca?

—No me joda, Bardem. Nos conocemos y vi mil veces la película. Sé que está aquí por Saint Paoli. ¿Ya lo vio?

(Bardem sonrió: medio segundo).

—Solo una visita de cortesía. O dos. El hombre está desquiciado pero quiere su dinero. Es lo justo.

—¿Entonces lo dejará…?

—No dije que mi trabajo sea justo, Asch. Soy como el FMI, pero sin waiver. ¿Comprende?

—OK, ¿viene de Rusia?

—Oh, sí. Estuve primero con España, lo vi a Lopetegui y enseguida armó las valijas. Después lo vi a Nikola Kalinic, el croata que no quiso jugar los cinco minutos finales, como pedía el técnico. Un desubicado. Me vio y se fue corriendo.

—¿Vio a alguien más? Sí, a Beccacece y los suyos. Tuvieron suerte con el quarter. Volvieron, renunciaron y firmaron para, para…

—Defensa y Justicia.

—Sí, qué nombre gracioso. No se ofenda, Asch. Es lo que se ve de afuera.

—No me ofendo, pero a veces lloro. Oiga, ¿la idea de mandarlo a Saint Paoli a ese torneíto de pibes en L’Alcudia es suya?

—No le permito. Mi trabajo es serio. Soy como un cirujano, pero al revés. Esas son duranbarbeadas; chicanas para humillar.

—¿Entonces el tipo se va?

—Ya está ido, Asch. Cuando me vea de nuevo, cavará un pozo y se meterá adentro, solo.

—¿Le van a pagar?

—Algo. Quedarán a mano. Negociarán con Baredes, su representante y abogado. Y tal vez Braga R. Nick le consiga un club en México, o en una liga exótica. No hay que ensañarse.

—Ya que está, Bardem, ¿no podría…? Emm… Un susto, nomás… No sé cómo…

—Olvídese. La política es cara. Con Sturzenegger y Aranguren gané una fortuna. Pero eso lo supera, Asch. Usted, con todo respeto, es un poligrillo. ¿No se fijó si figura como aportante trucho de la campaña del PRO en Buenos Aires?

—¡Ni me hable de eso! Pero mi idea no…

—Shh… No aclare que oscurece. Lo que sí hice fue visitar a algunos directores de Télam, solo por simpatía con los despedidos. ¿Vio que no aparecen por sus oficinas? Bueno.

Bardem, es decir Antón Chigurh, no sabe hacer guiños cómplices, pero igual se las arregla, aun con ese rostro pétreo. Por primera vez lo saludé, agitando la mano, cuando vi su cuerpazo desaparecer por la puerta de entrada.

En estos tiempos impiadosos uno se conforma con un gesto, aunque sea menor. No sé, algo humano, o demasiado humano.

Esta nota fue publicada en la Edición Impresa del Diario Perfil.

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