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07/05/2014

El país de la Gata Flora, Sabella y la fórmula TVR

Argentina y sus utópicas chances de conseguir algo en el Mundial. / Fotobaires

A la Argentina lo bueno se le acabará en el aperitivo -primera ronda- y no llegaremos al postre -la final- del Mundial. La selección no reúne ninguno de los dos requisitos: no tiene equipo ni plantel.

Las tres primeras Copas del Mundo forman parte de la gloria y la memoria futbolera, y está bien que así sea, pero ingresan rengas a sus estadísticas porque no fueron representativas de la realidad. En 1930 hubo nueve países del continente americano y apenas cuatro de Europa –en el resto del mundo aún no había selecciones relevantes–. Esas cuatro europeas no sólo no eran las mejores, también llegaron improvisadas: la de Rumania, por ejemplo, la integró un equipo de obreros de la industria del petróleo, operarios de la inglesa Anglo-Persian Oil Company, actual BP, y por eso ‘más o menos’ jugaban bien al fútbol. De los nueve conjuntos de este lado del planeta, siete eran sudamericanos (los otros dos, México y Estados Unidos), por ello no extraña –al margen de otros muchos méritos– que la final la jugasen Uruguay y Argentina… aquel país de argentinos, todavía sin ‘argentos’, que supimos desperdiciar.

Así como la primera fue la Copa con más sudamericanos de la historia, la que menos tuvo fue la tercera, la de Francia en 1938: apenas un solo país representando al subcontinente: Brasil (no faltó a ningún Mundial); de quince participantes, una docena eran europeos, más Indonesia –entonces llamada Indias Orientales Holandesas– y Cuba. Ya el Mundial de 1934 había sido poco equitativo, solamente dos ‘de aquí’ entre 16 concurrentes: la Argentina con un equipo 100% amateur y Brasil. Los otros: doce europeos, un africano –Egipto– y los Estados Unidos. Además, esas dos Copas fueron expoliadas por el fascismo. Poco valen deportivamente hablando.

Después llega el silencio de los años cuarenta y (mal) se retoma la disputa en 1950, con nada más que trece participantes, como en el primer mundial –la menor cantidad de todas las Copas–, pero con cinco sudamericanos: el segundo más alto porcentaje de todos los tiempos, casi el 40%, sólo inferior al 54% de 1930. Pena que jugaron los que pudieron costearse el viaje –tras la empobrecedora Segunda Guerra Mundial– y no los mejores. De ‘este lado del mundo’, de los grandes únicamente faltó la siempre enojada Argentina peronista. En 1954 se recuperan los 16 participantes originales, pero el panorama empeora para Sudamérica, porque pierde el terreno conquistado, al punto que apenas la representan dos naciones, Uruguay y Brasil. Perón seguía irritado porque no la organizaba; ergo, no podía hacer demagogia. Además, México y Corea del Sur; el resto, doce europeos.

Las cosas comienzan a parecerse a la normalidad en 1958 aunque de nuestro subcontinente juegan tres naciones: Brasil, luego campeón, la Argentina que regresa después de la ‘Revolución Libertadora’, haciendo su mayor papelón, y Paraguay. También México; ningún asiático ni africano. Por segunda y última vez se repite la irregularidad de que Europa organice dos ediciones seguidas, único continente que tuvo ese ‘privilegio’. Aquí, claramente, termina una segunda etapa. Si los títulos de los tres primeros Mundiales no valen más que un cuarto de estrella, los tres de esta década debiesen valer media estrella.

Los Mundiales comienzan a ser un poco ‘mundiales’ de verdad, por presencia universal y equilibrio de fuerzas, en 1962 donde hay cinco sudamericanos jugando, por el hecho de que uno de ellos es el anfitrión, Chile. Más el seleccionado de México y diez europeos; aunque siguen ausentes los restantes tres continentes. Ya, desde 1966, siempre hay por lo menos cuatro sudamericanos y algún representante de otras regiones. En los años sucesivos se van manteniendo países de continentes antes no considerados, como África, o sin méritos para llegar a la instancia decisiva, como Oceanía. Así, los títulos de las Copas de 1966, 1970, 1974 y 1978 merecen por lo menos ¾ de estrella.

Recién a partir de España 1982, donde por primera vez participan 24 países, y hasta 1998, cuando pasan a intervenir 32 naciones, dejando a Europa por primera vez en inferioridad (respecto del total), el título vale una estrella completa. Y las cuatro últimas Copas, precisamente por abarcar el mundo en su totalidad con esas 32 selecciones, surgidas de Eliminatorias sin discriminación alguna, suman una estrella y media cada una. Ahora sí, los Mundiales son como, tal vez, lo soñó su impulsor el francés don Jules Rimet y concretó el brasileño João Havelange.

Bien, desde el nacimiento de esta etapa moderna, por primera vez en Brasil 2014 estarán en cancha ocho campeones del Mundo –todos– y, en paralelo, seis sudamericanos. Más dos selecciones del norte de América y dos caribeñas. Diez representantes de nuestro continente constituyen un récord absoluto. Nunca hubo tantos americanos (en 1930 fueron nueve: siete del Sur y dos del Norte). La de Brasil 2014 será, así, una Copa diferente (ojalá que mejor) a las anteriores.

Además, las seis selecciones sudamericanas clasificadas son, hoy por hoy, las mejores de la región; una participa por ser local pero es la más indiscutida de todas, Brasil; otras cuatro marcan presencia porque clasificaron legítimamente en la respectiva Eliminatoria; y la restante porque llegó vía repechaje intercontinental, Uruguay. Merecía estar: el artífice del histórico ‘Maracanazo’ no podía faltar a esta cita. Pena que Uruguay no tuvo la suerte de la Argentina; la oncena ‘Charrúa’ en la Primera Fase no jugará en Porto Alegre, la Sede más cercana a su frontera (tres horas largas por carretera desde Rio Branco / Jaguarão: 348 km).

Sólo se sentirá la ausencia de Paraguay, que en las ediciones anteriores fue un animador interesante y, además, por su vecindad con el anfitrión contaría con buen apoyo de su gente: imaginémoslo jugando en Mato Grosso, casi en casa de verdad; pero la felicidad nunca es completa y tampoco podría serlo. Paraguay está mal, su presente generación no llena el formulario de exigencias de una Copa tan disputada como promete ser esta vigésima edición, aunque posiblemente no sea un equipo inferior a otras que estarán en Brasil, incluyendo Estados unidos y México y, sin dudas, es más que las dos centroamericanas (Costa Rica y Honduras). También es más que Perú, Bolivia y Venezuela las otras del cono Sur ausentes.

Está bueno que haya muchos sudamericanos, porque matemáticamente crecen las chances de empatarle la cantidad de títulos (9 a 10) a Europa. Pero, hay un problema: difícilmente ese país sudamericano será la Argentina, superior a tres cuartos de los participantes, pero inferior a la media docena de aspirantes al título. Lo bueno para nuestros muchachos se acaba en el aperitivo –fase de grupos, donde además de rivales débiles aparecen desatinos como el de la lista de los 30 pre-convocados de Nigeria que no son los elegidos por su técnico– y la entrada –octavos de final–. Con suerte se les servirá el primer plato, el de cuartos de final, difícilmente el segundo plato, el de Semifinales; pero, y de esto no hay dudas, postre no habrá. Al dulce no llegamos. La Argentina no tiene un gran equipo ni siquiera un buen plantel que es lo que más se precisa para conquistar una Copa.

Salvo Brasil en 1962, que usó 12 jugadores en todo el torneo (eran más cortos, aunque no tanto –se precisaban seis partidos en vez de siete para consagrarse finalista–), el resto apeló a bastantes cracks para ganar, necesitó usar más jugadores de alto rendimiento para consagrarse: hasta la ‘Celeste’ uruguaya de 1950 que la tuvo fácil como pocos –fue campeón del mundo jugando apenas 4 partidos– utilizó 14 jugadores… La historia demuestra que se requiere algo más que tres estrellas (Messi, Agüero y Di María) o cinco buenos (agreguemos a Higuaín y Mascherano); se precisa tener un equipo, antes que nada y, de ser posible, un plantel satisfactorio, casi un segundo cuadro, parecido al titular. Argentina no reúne ninguno de los dos requisitos, no tiene ni equipo ni plantel. Hoy los tienen, principalmente, Joachim Löw en Alemania, todavía Vicente del Bosque en España y, tal vez Scolari / Parreira en Brasil. Pero no Sabella.

Argentina son dos mitades que no combinan entre sí, no encajan aunque por momentos se piense que una, la de arriba, compensa a la otra, la de abajo. No. Eso no es un equipo, es un déficit. El plantel es peor. Además, cada fin de semana se cae del Mundial, por lesión, algún jugador de cualquier Selección, incluyendo nuestros nacionales, caso Gago. Eso muestra que quien conquiste el título precisará de un gran once y de un surtido plantel. Doce jugadores como aquel Brasil que apenas usó a Amarildo, en los cuatro partidos que no jugó el lesionado Pelé, es un número que nunca más podrá repetirse. La de 2014 posiblemente sea, de acuerdo a recientes previsiones, la Copa con más lesionados entre todas las ya jugadas. Nunca como ahora harán tanta falta los 23 de la Lista de Buena Fe.

De todos modos, y empeorando el caso de Argentina, la descompensación defensiva resta mucho más de lo que suman Messi y compañía. En general se piensa lo opuesto, gran engaño. Para encarar ese problema, la mejor receta que Sabella puede intentar es la de TVR: usar lo que producen los demás y potenciarlo con sus pocas estrellas. Esto es fabricar contenido propio partiendo de lo que originan los demás; conocer a los rivales para que Higuaín los perfore; saber por dónde atacarlos con Messi y Agüero abiertos; descubrir el punto débil de todos los mediocampistas que se pongan enfrente para que Di María saque provecho de esa ilustración; saber bien cuál es el hombre que debe anular Mascherano. Nada de confiar en el talento argentino como, más o menos, especuló Maradona en Sudáfrica.

Será lo único que lleve un poco más lejos –tampoco tanto– a la selección del sereno Sabella que, me parece, tiene conciencia de que no será campeón. Pasa la idea de tener la cosa más clara que el 99% de sus compatriotas. No integra la ‘patria burra’ del ‘porque tenemos a Messi’ como, también medio creyó el Tata Martino cuando desembarcó en el Camp Nou y deshizo todo lo que Guardiola había construido en el Barcelona. Sabella tiene que extraer más del productor de TVR, Diego Gvirtz, que de cualquier manual de fútbol propiamente dicho. Siempre que fuimos ‘con la nuestra’ nos volvimos frustrados, inclusive cuando teníamos buenos jugadores como en Suecia ’58 y España ’82 por citar dos Mundiales.

Así las cosas, disfrutemos la fase de grupos porque después habrá que sellar el pasaporte y reservar asiento en Aerolíneas… Abro el paraguas y sigo con un ejemplo mediático: la Argentina no perderá porque yo, pesimista, lo diga; como De la Rúa, pobre, que todavía cree que su gobierno se derrumbó porque lo cargaban en ShowMatch… La Selección perderá porque no puede ganar; sin defensa no se vence en el fútbol actual que poco aprecia a los talentos o, en el mejor de los casos, fácilmente los marca corriéndolos, pegándoles, agarrándolos, usando la complacencia de los árbitros hasta conseguir que el seguro mundialista los de de baja por ‘destrucción total’.

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IN TEMPORE: Por la columna anterior (la Argentina gris e inútil), como en otras anteriores, se me acusa de provocar. No sé bien si provocar contracciones, algún córner, efectos colaterales o qué. Sólo sé que la verdad es provocativa a muchos oídos. Lo siento. O no; depende de cada caso. No soy ni aspiro a ser políticamente correcto. Ni incorrecto. No quiero apuntar ni estar en la mira cuando se aprieta el gatillo. No busco aplausos ni críticas. No soy peronista ni radical. Ni ‘anti’ ni ‘pro’ nada, al menos en esta Argentina que me recuerda aquello de Roberto Bolaños: “En estas desolaciones, padre, donde de tu risa sólo quedan restos arqueológicos”… Se llevaron la risa, no dejaron ni sonrisas. No hay alegría donde reina el disparate y se consagra la traición (Lanata y el uruguayo son dignos / indignos ejemplos y sus camaleónicos seguidores también). Soy tan agnóstico en la religión universal como en la política ‘argenta’: me cuesta creer, creerles. A los curas, a los políticos y a los colegas.

¿Provocar? ¿A quién? ¿Por qué? Si fuese una reflexión, me alegraría, pero no llego a eso. A esta altura sólo pretendo decir lo que pienso, lo que sospecho auténtico y aquello que por convencimiento me parece verdadero. Sea la euforia perdedora de los Pumas, el robo anunciado a Maidana, el dislate filo peronista o la eterna inoperancia radical. Y lo digo de la manera que me surge. Sólo no quiero ser injusto. El resto, mientras me sepa honesto, no me incomoda. Me importo con los principios clásicos de la Humanidad y una antigua escala de valores soterrada por las nuevas generaciones. De lo bueno rara vez escribiré, no apenas porque en la actual Argentina es un elemento escaso, sino porque estoy entrenado para ver el defecto antes que a la virtud: hace al ADN de esta profesión que disfruto y padezco hace cuarenta y cinco años.

No busco votos ni rating. Lamento si se enojan los del rugby, los ‘K’, los que no ven al ‘Chino’ más allá de su coraje, los radicha, los que creen que Merlo merecía una estatua en mi querido Racing, los que, los que, los que… Copio al comediante americano Bill Cosby: “Desconozco la fórmula del éxito, pero sé que la del fracaso es intentar agradar a todos”. No quiero agradar a nadie, ni busco fama, ni ir al bailando como la diputada Sandra Mendoza, no lloro por estar como la Xipolitakis. Ni sé bailar, o sea soy menos que todos ellos, no le gané a nadie y tampoco pretendo ganar la carrera de la nada que es la única que se corre en la Argentina. No participo de las redes sociales, no hago selfie con mis tatuajes porque no tengo ninguno. Nada.

Simplemente escribo una columna en este ‘Elísio’, donde se puede escribir sin necesidad de defender una bandera política ni un negocio ajeno al periodístico. Ahora, si eso es provocar… En Argentina provocar es decir ‘A’. Quieren ‘B’. Digo ‘B’, quieren ‘A’. Paisito complicado si los hay. No por acaso el animal más típico de la fauna autóctona nacional, de Norte a Sur, no es la llama que llama ni el cóndor, el hornero, el puma ó el yaguareté como enseñaban los libros de geografía de Maria V. Malharro y editorial Kapeluz: es la vieja y entrañable ‘gata flora’, aquella que grita cuando no llora

Pobre Sabella: la que le espera.

 

(*) Director Perfil Brasil y creador de SoloFútbol

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