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02/04/2016

Crisis de los clubes: dónde está la mejor sociedad

Macri y Awada siguieron el partido por TV. // Cedoc.

Macri sugirió que el fútbol argentino debería copiar al de Europa y convertir las instituciones en sociedades anónimas. ¿Es posible?

El presidente Mauricio Macri intentó, dos veces en el último mes, instalar el tema: que las sociedades anónimas desembarquen en el fútbol argentino. “Así no se puede seguir”, dijo. Y puso como ejemplo lo que sucede en el exterior: “Cuando uno ve el fútbol de otros países, ve algo organizado, dinámico, competitivo, que crece”.Pero mientras que muchos dirigentes rechazan y otros aceptan la propuesta, la idea quedó sobrevolando en el imaginario de los futboleros: ¿cómo funciona realmente el meganegocio de la pelota en el resto del mundo?Los hinchas del Athletic de Bilbao tienen dos orgullos que comparten con los del Real Madrid y el Barcelona: no haber descendido nunca de la Primera División, pero sobre todo no haberse convertido nunca en una sociedad anónima deportiva como el resto de los clubes de España.

En el país donde brilla Lionel Messi todos los fines de semana, la mayoría de los equipos tienen dueños que no son sus socios: una ley promulgada en 1990 habilitó a que las instituciones puedan reconvertirse en una sociedad anónima deportiva (SAD), de carácter mercantil, responsabilidad limitada y cuyos titulares asumen una participación acorde al capital social aportado.

Sin embargo, la ley no se aplicó nunca en los frutos más codiciados, el Real y el Barça, que siempre se mantuvieron como clubes no mercantiles, una figura que acompañaron únicamente el Athletic y el Osasuna.

Los demás cambian de dueños como de entrenadores: el Atlético de Madrid, por ejemplo, vivió una crisis económica a principios de siglo, cuando era comandado por Jesús Gil y Gil, pero ahora goza, además de por su buen momento futbolístico, por la inyección de dinero del magnate chino Wang Jianlin, quien el año pasado compró el 20% del paquete accionario en 45 millones de euros.

Los casos ingleses se hicieron conocidos en la última década por la obscenidad de dinero que desembolsaron los mecenas que llegaron desde distintas partes del mundo. Uno de los primeros fue el ruso Roman Abramovich, que con sus petrodólares transformó el Chelsea en una superpotencia del continente.

Después aparecieron otros: Alisher Usmanov, el ruso más rico según la revista Forbes, adquirió el 30% del Arsenal; Mansour bin Zayed, de la familia real de Emiratos Arabes Unidos, compró la totalidad del Manchester City; y el tailandés Vichai Srivaddhanaprabha hizo del Leicester la sorpresa de la Premier: a siete fechas del final, está puntero y a cinco puntos de su escolta.

Pero no todas las ligas de Europa están dominadas por el poder de dueños excéntricos. La Bundesliga es una excepción. Allí, en Alemania, la mayoría de los clubes siguen siendo eso: clubes. Aunque con un concepto distinto al que tenemos en Argentina. Bayern Munich, Borussia Dortmund y la mayoría de las instituciones alemanas hacen que los socios conserven, como mínimo, el 51% de las acciones de las sociedades.

En el porcentaje restante es cuando aparecen las principales empresas del país. Por ejemplo, Adidas, Audi y Allianz poseen el 24,9% de las participaciones en el Bayern. Hasta el momento, los únicos que cedieron la totalidad de las acciones a privados son el Leverkusen (a la farmacéutica Bayer) y el Wolfsburgo (Volkswagen), algo que en los estadios alemanes se paga con cargadas: los hinchas rivales llaman a sus equipos “los once de la fábrica”.

En Italia, la lógica es más parecida a la de Inglaterra o Francia. El que más plata ofrece se queda con el club. Sucedió en el Inter con el indonesio Erick Thohir, que desplazó a su legendario presidente, Massimo Moratti. Juventus, Roma y Lazio, bajo el mismo encuadre, hasta cotizan en la Bolsa de Valores.

Del otro lado del Atlántico, la realidad es ambivalente. En Colombia ya hay 21 equipos que son SA. En Chile, luego de la ley creada tras la quiebra de Colo Colo, en 2005, las sociedades anónimas deportivas no resolvieron los problemas financieros de las instituciones (los clubes grandes deben el doble que hace una década).

En Brasil y Uruguay, donde ya rige la posibilidad de convertir los clubes en sociedades anónimas, el cambio es lento. El recuerdo de Brasil llega desde 2005, cuando MSI, liderado por Kia Joorabchian, se hizo cargo del Corinthians. Finalmente, el iraní se tuvo que ir de la institución tras un escándalo aún irresuelto, por el pase de Carlos Tevez al West Ham.

De Racing a una universidad. Argentina tiene una corta pero resonante lista de clubes gerenciados por empresas. El de Blanquiceleste SA como gerenciador de Racing, cuando el club estaba quebrado y vaciado, es el caso más conocido.

Fernando Marín, hoy titular de Fútbol para Todos, llegó al club de Avellaneda como salvador y se fue escrachado por los hinchas. Al principio le fue bien, porque bajo su gestión Racing salió campeón luego de 35 años. Pero después, una serie de frustraciones deportivas hicieron que renunciara.

En su lugar asumió Fernando De Tomaso, que dos años después se retiró del club cuando la gerenciadora entró en quiebra. Otro caso que terminó mal fue el de Ferro: su gerenciador, Gustavo Mascardi, fraguó el precio de venta de jugadores y debió irse de la institución en medio de acusaciones. Ahora deberá afrontar un juicio oral en el que los socios fueron reconocidos como querellantes.

Los clubes cordobeses tuvieron experiencias contrarias en ese sentido: mientras que Belgrano fue gerenciado por el que hoy es su presidente, Armando Pérez, en un camino de saneamiento que incluyó el ascenso a Primera, Talleres padeció la gestión de Carlos Ahumada Kurtz, el empresario que en 2008 fue detenido por Interpol en el marco de una causa por irregularidades en la compraventa de un club mexicano.

Lo mejor es el actual caso de UAI Urquiza: la universidad privada quería desembarcar en un torneo de AFA y aprovechó la crisis de Ferrocarril Urquiza para cumplir su objetivo. En cinco años, el impulso de la universidad hizo que ascendiera dos categorías.

(*) Esta nota fue publicada en la Edición Impresa del Diario Perfil.

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