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11/05/2019

Amo a Poch: un alquimista que tiene la receta perfecta

Primera vez. James, con su hermana Angela, en White Hart Lane. / Cedoc

(*) Por James Grangier | Soy un inglés que vive en Argentina y me llevaron a la cancha del Tottenham ni bien dejé los pañales. Nada se compara al héroe de Murphy.

Soy un inglés que vive en Argentina. Mi esposa nació en Argentina, mis hijos nacieron en Argentina y también mi director técnico. Mi papá me llevó a White Hart Lane, el estadio del Tottenham Hotspur Football Club, apenas dejé los pañales. Eran los años 80 y el fútbol en Inglaterra era famoso por los hooligans –nuestros “barrabravas”–. Los estadios eran peligrosos y los hinchas violentos, aunque –por supuesto– yo no me acuerdo de nada de eso. Dicen que yo simplemente jugaba con mis autitos.

El club, la cancha, esa zona de Londres, se iban a convertir en una parte muy importante de mi vida. Ya estaba predestinado: al fin y al cabo, mi papá me puso James por el goleador del Tottenham Jimmy Greaves.

Aún recuerdo el olor de los kioscos de hamburguesas del estadio. Todavía siento lo pegajoso que eran los pisos del pub al que íbamos antes del partido. Puedo escuchar las canciones, los chistes y las puteadas en mi cabeza. La sensación de entrar al estadio, subir y ver el césped de la cancha aparecer frente a mis ojos. La emoción de trepar esos escalones que conducían a nuestras butacas y ver la cancha, con toda su intensidad.

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Durante mi adolescencia no me perdí un solo partido junto a mi papá y sus amigos. Era menor de edad pero siempre lograba conseguir alguna pinta de cerveza, me sentía un grande terminando mi trago antes de ir para White Hart Lane, “the world famous home of the Spurs”, como decían los parlantes del estadio.

La verdad es que los hinchas de “los (e)Spurs” –como dicen los argentinos– tomábamos bastante alcohol antes de entrar al partido. Y tengo que confesar que no nos iba muy bien en la cancha en los 90. Ganábamos algunos partidos, una copa de liga cada diez años, y siempre teníamos alguno que otro jugador que hacía magia con la pelota (Paul Gascoigne, Teddy Sheringham, David Ginola, Jürgen Klinsmann) y que le daba sentido a nuestro fin de semana. Pero generalmente éramos los últimos de la liga, o con suerte llegábamos a la mitad de la tabla.

A algunos directores técnicos les fue bien, fueron muy queridos por diferentes motivos. Pero nada –NADA– se compara con el héroe nacido en Murphy, nuestro querido Mauricio Pochettino. Este glorioso entrenador argentino logró algo con nuestro club que parecía imposible: convertir a jugadores “normales” en guerreros. Encontró diamantes en bruto en las inferiores del club y los convirtió en estrellas que hoy valen decenas de millones de libras en el mercado mundial. Dirigió –y no compró– nuestro camino al éxito. Y, lo más importante, nos dio fe, nos enseñó a creer en nosotros mismos. Nos convirtió en un equipo: un equipo sin barreras, que conoce su historia, unidos.

Y logró todo esto prácticamente sin presupuesto (cuando lo comparás con nuestros rivales de la Premier League, por supuesto), y jugando dos años sin localía, con jugadores que reciben menos de la mitad de dinero que sus pares en otros clubes. Ellos igual se quedaron en el club. ¿Por qué? Por Pochettino.

Amo a Poch (como le decimos en Inglaterra). Estoy tan orgulloso de que sea nuestro DT. Estando acá en Buenos Aires, me encanta ver cómo se ganó a los hinchas, cómo trata a los jugadores y a su cuerpo técnico. La emoción que transmite, su mate, sus abrazos, veo cómo representa a la Argentina que yo amo. Y eso se lo transmite a sus jugadores, hasta a los que están sentados en el banco de suplentes.

Contra el Ajax el miércoles los jugadores que definieron el partido fueron Fernando Llorente (de 34 años, un jugador al que no se conoce por su capacidad física y difícilmente pueda jugar 90 minutos) y el “hat-trick hero” Lucas Moura (un jugador que pasó la mitad de la temporada en el banco).

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Nada de esto fue suerte. Todo lo planificó Poch. Y simplemente pasó más rápido de lo esperado. El cree que todo es posible, pero que primero tenés que ser humilde, respetar a tus compañeros, trabajar duro y luego la vida te lo va a recompensar. El les enseñó esto a los jugadores y ellos se convirtieron no solo en mejores jugadores de fútbol, sino también en mejores personas. Se nota cuando les preguntan sobre él, la manera en que hablan, como si fuese un padre para ellos.

Pochettino es un alquimista y tiene la receta perfecta, y ahora estamos viviendo un sueño, algo que nunca pasó en la historia de nuestro club. La canción que los fans le cantamos dice: “He’s magic you know, Mauricio Pochettino, he’s magic you know…”. El es mágico, sabés, es Mauricio Pochettino, él es mágico, sabés…”. Gracias, Poch.

*Periodista. Editor de Buenos Aires Times, que se publica todos los sábados con PERFIL.

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