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13/08/2019

El Tata Brown, un buen tipo que se fue muy rápido

El Tata Brown, con el buzo de DT de Ferro Carril Oeste. / Twitter FCO

El recuerdo a uno de los emblemas del fútbol argentino, campeón del mundo y exigente como pocos en su etapa de entrenador.

Con el Tata  Brown hice la pretemporada más dura de mi carrera como futbolista. Nunca antes había corrido tanto y durante tanto tiempo. Nunca lo repetí después. Con su cuerpo técnico, conformado por Héctor Enrique y el profesor Pollola, nos tuvieron entrenando durante veinticinco días corridos en Mar del Plata. Toda la primer semana el entrenamiento matutino consistía en dar tres vueltas al Parque Camet. Cada vuelta tenía 3500 metros. La primera sesión fue toda de corrido y sin tiempo, las siguientes, por tramos y cronometrados. Eran más de 10 kilómetros por turno y no terminaba ahí. A la tarde íbamos a los médanos para seguir corriendo. Subidas y bajadas. Visto con los ojos de hoy, esas pretemporadas de comienzo de siglo, eran una barbaridad. En aquel momento, quien más quien menos, todos hacían algo similar pero esta sí que fue exorbitante.

La historia de José Luis Brown y sus palmares se remonta muchos años atrás. El 10 de noviembre de 1956 nació en el pequeño pueblo de Ranchos, en la provincia de Buenos Aires. En 1975 debutó como profesional en Estudiantes de la Plata, donde salió campeón. Jugó en Atlético Nacional (Colombia), Boca Juniors, Deportivo Español, Brest (Francia), Murcia (España) y Racing Club. Pese a su distendida carrera, todos nosotros lo recordamos por ese salto bestial que terminó con cabezazo y gol en la final de la Copa del Mundo de México ’86, cuando Argentina se coronó campeón.

Al Tata lo conocí de chico en City Bell. Era un conocimiento a distancia e indirecto porque su hijo Juan Ignacio jugaba divisiones inferiores en la categoría 78 de Estudiantes de La Plata y como él trataba de no perderse ningún partido, cada vez que con Vélez íbamos a jugar de visitante se lo veía camuflado en un costado de la cancha. Él no intentaba llamar la atención pero era inevitable: era un campeón del mundo.

Ya como futbolista profesional, lo traté personalmente. Llegó a dirigir Nueva Chicago cuando el equipo estaba en Primera durante la temporada 2001/02, en reemplazo de la dupla Vega y Traverso. José era un hombre duro, al cual le gustaba el trabajo y que todo se hiciera según sus formas. De tanto en tanto, se le escapaba algún chiste para aflojar el clima. En el fondo, se notaba que no era tan serio como parecía, pero esa cualidad se la guardaba para la intimidad.

La escuela bilardiana y los éxitos obtenidos en aquellos años lo habían marcado a fuego. En ese entonces, la modalidad de marcar hombre a hombre, con persecuciones individuales, había quedado en desuso pero él seguía convencido de sus bondades. Para mí, cada vez que me pedía seguir a alguien era una solicitud absurda pero terminé convenciéndome que si quería jugar tenía que acomodarme. Me acuerdo patente un Argentinos Juniors – Nueva Chicago, en cancha de Ferro, donde me hizo correr, todo el partido y por toda la cancha, a Daniel Tilger. Terminé amonestado. De casualidad no me echaron. Por momentos, me sentía un robot irreflexivo que corría atrás de mi marca. Lo curioso era que al Bicho lo dirigía su compadre Sergio Batista: ambos se conocían como nadie. El partido salió trabado y el resultado no podía ser otro que un empate.

El fútbol nos llevó a cruzarnos varias veces después de aquel semestre compartido en Mataderos. Siempre cordial y educado nos saludábamos y charlábamos un rato: sobre la familia, sobre la vida o sobre fútbol. Por eso me llamó tanto la atención cuando unos tres años atrás nos cruzamos en un bar cerca de River Plate, previo a un partido por las eliminatorias a Rusia 2018. Llevábamos más de seis años sin vernos y me saludó dándome la mano. En un primer momento me molestó. Me quedé asombrado. Algo estaba mal. Terminó de pasar caminando y se me acercó un amigo que lo acompañaba detrás. Se me presentó, no recuerdo su nombre, y me dijo que lo disculpe, que “el Tata estaba con problemas de memoria”.

En seguida, como una lluvia de ideas, se me vinieron a la cabeza una secuencia de hechos concatenados. La historia de Hilderaldo, el capitán de Brasil 54. Imágenes del Tata jugando con la cabeza vendada. Los casos de suicidos en el fútbol americano. El impactante documental de la BBC con Alan Shearer: “Football, Dementia and me”. La final de la Copa del Mundo Brasil 2014. Y me quedé pensando. ¿Cuánto hemos condicionado de nuestro cuerpo, y también de nuestra mente, por cumplir el sueño de jugar profesionalmente al fútbol? Es una pregunta que no tiene respuesta y tampoco tiene sentido ponerse paranoico buscándola pero es indudable que no ha sido gratis.

En el verano, a comienzo de este año, su enfermedad mental se hizo pública por un cuadro de deshidratación que había puesto en peligro su vida. El deterioro cognitivo era veloz y palpable para su familia desde hacía un tiempo. Finalmente, el Tata lo dejó todo y se fue, en la tarde noche de ayer, después de un largo sufrimiento para él y para sus seres queridos. “Una tristeza enorme, un buen tipo que se fue muy rápido”. Coincido totalmente.

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