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04/02/2014

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Un fútbol demencial

El fútbol americano, un deporte en el que el jugador se expone a serias consecuencias cerebrales. / AFP

Los riesgos por daño cerebral que corren los jugadores de fútbol americano. Cómo actúa la NFL y el caso de David Duerson. Escribe el doctor Herbella.

David Duerson estudió en la Universidad de Notre Dame y se graduó con honores en Economía. Se destacaba en el fútbol americano por su capacidad para leer el juego, deducir con eficiencia la dirección del balón y la carrera de los atacantes rivales.

En los últimos años de su vida, ese hombre que era capaz de recordar miles de jugadas de ataque de los rivales, no era siquiera capaz de moverse solo en la ciudad donde había vivido su infancia (Muncie, Indiana). De estar vivo, no se hubiese perdido el SuperBowl XLVIII del domingo pasado, donde los Seahawks (de Seattle) apabullaron a los Broncos (de Denver). Sabía perfectamente lo que era, lo había ganado en dos oportunidades.

Percy Harvin (receptor estrella de los Seahawks Seattle) fue la figura del partido del domingo: consiguió 137 yardas en sus primeros cuatro contactos con el balón (45 yardas por tierra, 5 por aire y 87 en un espectacular regreso de la patada de salida de la segunda mitad). En total disputó dos partidos en toda la temporada: se perdió el inicio por una cirugía de cadera y cuando reapareció, en el 17° frente a New Orleans Saints, sufrió un traumatismo craneoencefálico. Convaleciente del golpe, se perdió la final de Conferencia (frente a San Francisco 49ers), al no aprobar el nuevo protocolo de la NFL sobre conmociones cerebrales.

El libro “La Liga de negación” de Mark Fainaru- Wada revela cómo anteriormente la National Football League (NFL) no sólo negaba la conexión entre el fútbol americano y el daño cerebral, sino que también obstruía la investigación de todos los que querían evidenciar lo contrario. Lo que la NFL sabía y los futbolistas no, era que ninguna cantidad de relleno (en el casco) podría proteger completamente al cerebro de las fuerzas contrapuestas que se aplicaban durante el juego. Era habitual ver a los jugadores traumatizados (con mareos, vómitos, náuseas, pérdida de la memoria y de la conciencia) continuar en el campo de juego.

Las consecuencias de esos impactos, en el largo plazo, han sido más difíciles de estudiar y clasificar. La encefalopatía crónica traumática (CTE), cuadro generado por la acumulación de traumatismos, sólo se diagnostica definitivamente a través de la disección cadavérica del cerebro. Se presenta de forma variada con depresión, cambios bruscos en los estados de ánimo, aumento de la agresividad, problemas de memoria, falta de control de los impulsos, tendencias suicidas y enfermedades neurodegenerativas (como esclerosis lateral amiotrófica -enfermedad de Lou Gehrig-, Parkinson, Alzheimer y otras demencias).

Cuando David Duerson se retiró, a comienzo de los años 90, incursionó de manera exitosa en el mundo de los negocios y era reconocido en los ámbitos académicos. Incluso llegaron a ofrecerle la candidatura a senador por el Partido Republicano de Illinois, enfrentando a un jovencito llamado Barack Obama. Su caso era exhibido por la NFL como un ejemplo de que no existía relación alguna entre el fútbol y los problemas mentales, todo tenía que ver con la educación y el nivel cultural de los futbolistas. Él también defendía esa postura, apoyando a las autoridades y dificultando los reclamos de sus colegas de campo. El tiempo le terminaría demostrando lo contrario. Su ordenada vida se derrumbó en cuestión de años: quebró el negocio, lo expulsaron de su cargo en la Universidad de Notre Dame (donde era un emblema), se peleó con sus amigos, se separó de su mujer y sus cuatro hijos. Sentía que algo le pasaba y no lo podía explicar.

Recién en 2009, la NFL reconoció lo que por años había negado: la relación entre fútbol y daños cerebrales. A partir de allí, le llovieron demandas de ex futbolistas o de sus familiares, reclamando daños y perjuicios. En agosto del año pasado, antes del inicio de esta temporada, anunció una propuesta de acuerdo comprometiéndose a destinar 765 millones de dólares (apenas el 10% de los ingresos de la NFL de un año) a exámenes médicos para evaluar daños, compensar económicamente a los atletas e incentivar la investigación científica con el fin de mejorar la situación a futuro. A su vez, en el arreglo se indicaba que con el pago millonario la NFL no admitía culpabilidad alguna, ni sería obligada a revelar si poseía (en el pasado) evidencia sobre las consecuencias de las conmociones cerebrales en la vida de los futbolistas.

Era la tarde del 17 de febrero de 2011, cuando David Duerson, ex defensa campeón con los Chicago Bears, se encerró en su dormitorio. Allí, escribió una carta donde describía su calvario y su donación. Sabía que sufría “de tanto golpearse la cabeza”, algo que en su momento él había negado que existiese y que vivo no podía probar. Cerró las cortinas de la habitación, frente a la playa de Sunny Isles Beach en Florida. Se sentó en la cama. Se rodeó de un santuario de medallas propias y de la bandera norteamericana de su padre, veterano de la Segunda Guerra Mundial. Agarró la 38 Special que tenía guardada y se disparó. A diferencia de lo que hubiese hecho la mayoría de la gente, se disparó en el pecho, dejando su cerebro intacto para ser estudiado.

Los investigadores probaron lo que él sospechaba: sufría de Encefalopatía Crónica Traumática. Su familia ahora es una de las 4500 que demandan a la NFL. El arreglo está pendiente de aprobación. ¿Quién garantiza que 765 millones sean suficientes para tantos aporreados?

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