martes 31 de marzo de 2020
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FúTBOL | hace 1 mes

Nueva Chicago y De Paoli, entre violentos y "cristianos"

En el mundo del fútbol hay mucho “fingimiento de calidades o sentimientos contrarios a los que verdaderamente se tienen o se experimentan” y cuando el tema es la violencia y las barras bravas, ni hablar.

Filósofos y semiólogos discuten, en academias y universidades, sobre las bondades y perjuicios de la hipocresía. Algunos sostienen que es una forma eficaz de evitar conflictos. Otros argumentan que es una limitación para la evolución de la sociedad. En el mundo del fútbol hay mucho “fingimiento de calidades o sentimientos contrarios a los que verdaderamente se tienen o se experimentan” y cuando el tema es la violencia y las barras bravas, ni hablar.

Nueva Chicago es un club emblemático en cuanto al fervor popular. Así lo fue en sus orígenes barriales, continuó siéndolo en el siglo XX y nada cambió hasta la actualidad. Hace cuarenta años, en la recordada batalla campal por la quema del quincho, en un Vélez y Chicago, mi padre me sacó del estadio a la carrera sujetándome de un enterito. Tenía 3 años. El único recuerdo que me queda y se lo debo al susto, es ver sus zapatos marrones chapoteando en los charcos que quedaban de la lluvia del día anterior. El piso de la tribuna era de tierra y mi cuerpo pendulaba de su brazo, al ritmo de galope.

Veinte años después, volví al club y viví los extremos como protagonista: fui amenazado de manera intimidante, con el conocimiento de la dirigencia del momento, en la previa de un clásico con All Boys y un par de meses después, fui llevado en andas por los mismos sujetos dando la vuelta olímpica al estadio. Si me hubiesen sacado una foto en ese día de junio de 2001, dirían que ellos y yo éramos íntimos amigos, brotaba alegría de nuestras caras, pero en lo fáctico nos vimos durante el siguiente año en Primera División y no nos volvimos a ver nunca más.

Lamentablemente, eso era trabajar en Chicago y lo sigue siendo hoy: convivir con una dualidad obligada porque el habitus profesional, como diría Pierre Bourdieu, te lo impone. Salvo honrosas excepciones, pocos dirigentes han aportado para cortar con este flagelo, pero todos tenían conocimiento sobre quiénes eran los violentos y lo que entraba en juego.

Tampoco para ellos es sencillo involucrarse porque el poder político muchas veces no los acompaña: los barras bravas del sábado son los punteros barriales en la semana. Allá por el 2001, uno de los del grupo que me apretó, incluso trabajaba en la Legislatura porteña.

El primer partido del 2020 de Nueva Chicago como local fue ante Temperley y pasó lo que todos saben, y lo que varios suponían que podía pasar pero nunca imaginaron que lo iban a hacer delante de las cámaras. La pelea entre grupos antagónicos lleva años. Piñas, puntadas y facazos en plena tribuna, descontrol entre los simpatizantes cercanos, enojo de los hinchas genuinos y morbo en las pantallas y los diarios. Hubo de todo en el estadio República de Mataderos, lo que faltó fue el decoro: una adecuación de los sujetos entre el asunto que tenían entre manos y el estilo para resolverlo.

Y se dice que faltó el decoro porque lo mismo ha ocurrido otras veces, en las inmediaciones y no en un día de partido, y nadie se horrorizó. Sin ir más lejos, es un mal que afecta a todos los clubes grandes de la Argentina y en distintos sectores de la institución desde natatorios y sedes sociales hasta las cercanías del estadio. Así podemos rememorar infinidad de historias en casi todos los clubes.

Puntualmente, en el caso de Nueva Chicago y con las cámaras de televisión enfrente, las noticias generaron revuelo y, curiosamente, el foco se puso en que algunos de los agresores tenían un programa de radio y supuestamente tenían vínculo con el entrenador. ​Ese era el foco de la noticia, puesto en contexto con una foto donde aparecía el DT y el jefe de una de las facciones de la barra. Actualmente detenido.

Nada decía la noticia que ese mismo individuo, en la foto oficial de la presentación del anterior entrenador a mediados de 2019, había estado incluso posando al lado de Gastón Esmerado y sosteniendo sonriente la camiseta. Afortunadamente, nadie culpó al Gato de estar involucrado. Entonces, ¿por qué a Rodolfo De Paoli?

En menos de un mes, lo que llevan de iniciadas las competencias en el fútbol argentino, ya tenemos un muerto en la previa del clásico bahiense entre Olimpo y Villa Mitre, cuchillos y armas de fuego en Mendoza durante Independiente Rivadavia y Atlanta, sumado al mencionado hecho en Mataderos.

Pensar que hace casi quince años el fútbol argentino se quedó sin público visitante porque con esa medida supuestamente se reduciría la violencia evitando el cruce de los barras, disminuiría el gasto en operativos policiales, se ahorrarían los costos del transporte de los micros con hinchas y las familias volverían a los estadios. Lamentablemente, nada de eso pasó. Todo fue para peor. Hoy, el espectáculo es más pobre en las tribunas e igual de violento.

Según la ONG Salvemos al fútbol, desde la prohibición hasta la actualidad, más de 50 personas perdieron la vida en episodios vinculados a violencia deportiva. Pavorosa es la complicidad general para que hechos como los de Nueva Chicago se sigan presentando pero, en este caso, el estigmatizado en los medios no fue una autoridad, sino el eslabón más débil de la cadena, el entrenador de fútbol y por sacarse una foto.

Como individuos, encontramos en la contradicción una condición a la que no podemos renunciar. ¿Nuestro raciocinio puede ser ecuánime y distinguir las condiciones de verdad en un juicio de valor sin considerar al sujeto involucrado? A veces es más complaciente y habitual ser hipócrita, negar la realidad del hecho, desnaturalizarlo, y acomodar la contradicción a nuestra conveniencia.

Eso pasó hace unas horas, en el siguiente partido de Nueva Chicago. El equipo le ganó a Platense de visitante, continuando en su comprometida lucha por salir de la zona del descenso, y el entrenador eufórico después del triunfo, respondió públicamente a las acusaciones en el mismo espacio de donde surgieron y en donde, justamente, también trabaja.

Aquí es importante detenerse a pensar sobre De Paoli. Te puede parecer inaceptable que el relator principal de la Selección dirija en simultáneo a un equipo de fútbol profesional y abandone temporalmente su actividad para seguir narrando los partidos de Argentina. Te puede irritar también que bastardee la profesión de entrenador enorgulleciéndose de trabajar ad honorem en el equipo profesional del que es hincha. Incluso te puede molestar que cuando relata le reclama a los entrenadores para sus equipos algo que después él no lo puede llevar a la práctica en el propio y, pese a no lograrlo, siga opinando. En el fondo, se te pueden cruzar varios aspectos diferentes y no viene al caso seguir enunciando ejemplos. Hechos que seguramente pueden condicionar tu juicio.

Lo que nunca podés negar es que este hombre podría estar en la comodidad de la pantalla, pero se está jugando el pellejo por lo que siente. Para colmo, la tiene muy jodida pero, aún así, en ese contexto de vulnerabilidad, se plantó ante el poder que lo difamó y lo expuso. Si no lo querés aprobar, por todo lo anterior, allá vos pero al menos deberías hacer un respetuoso silencio. Porque la violencia en el fútbol tiene muchos cómplices y convertir al entrenador en chivo expiatorio, no es de buen “cristiano”.

Juan Manuel Herbella

Juan Manuel Herbella

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