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12/08/2017

Recuerdos: el día que la Generación fue Dorada

La imagen inmortal de los festejos en Atenas 2004. / Cedoc

Por Pablo Pokorski y Matías Baldo | Los héroes de los Juegos de Atenas 2004 cuentan cómo festejaron la medalla de oro. Boliche, cerveza y la desaparición de la pelota.

“Filmame que voy a fumar y me voy a poner en pedo!”, grita enajenado ante una cámara de televisión el joven Luis Scola, todavía con la red del aro colgada del cuello, algo impensado hoy para el tan mesurado capitán de la Selección. Al instante, Rubén Magnano recibe en su cabeza el contenido de dos botellas de agua helada y revive el cantito: “Dale campeón, dale campeón”. El vestuario es una fiesta. Salen y van camino a la premiación, cantando la misma canción que sonó hace algunos minutos en el estadio, “Cómo me voy a olvidar”, pero con más énfasis que los propios Decadentes. Llevan una bandera argentina gigante extendida entre varios jugadores, pero el track de la playlist cambia cuando Nocioni arranca con el ya clásico “Esta es la banda de la Argentina”, y se arma un gran pogo en el pasillo que lleva al podio, hasta que Pepe Sánchez, oficiando de conductor también fuera de la cancha, pega un par de gritos y los ordena para que avancen en fila. Pero hay otra parada en el camino, y es justo al lado de los estadounidenses, que también tienen que ir al podio, aunque tal vez desearían estar en otro lugar. Y para colmo tienen que ver cómo a su lado, mientras esperan para ingresar, los argentinos siguen su carnaval. Pasan varios minutos así, hasta que llegan al podio. “Fue algo que con palabras no se puede describir, muy emocionante. Estar en la tarima y ver las tres banderas ahí, pero la nuestra más arriba. La corona, la medalla, los abrazos”.

“Fue impresionante, yo sentí que ahí se había terminado mi historia con la Selección y que era una despedida inigualable. Me pasaron por delante millones de momentos con la camiseta”, se emociona Hugo Sconochini a la distancia, al igual que Alejandro Montecchia, el otro que terminó allí su capítulo con la celeste y blanca: “El podio en Atenas no tiene comparación con ninguna otra sensación. Realmente sentí que tocaba el cielo con las manos cuando estaba ahí arriba”. Las voces siguen: “Toda mi vida soñé con jugar un Juego Olímpico, así que imaginate, estar arriba de un podio, ver la bandera argentina ahí en lo alto, escuchar el Himno Nacional… se te pone la piel de gallina y realmente se te hiela la sangre, es algo increíble”, se emociona Nocioni. Y su inseparable amigo Leo Gutiérrez, con quien en 2002 habían festejado con un beso en la boca la eliminación de Brasil, también tiene grabados esos momentos: “Cancha repleta, Estados Unidos a un costado mirándonos, estar en el podio, escuchar tu himno… fue todo muy emocionante. Todo lo previo, camino a la entrega de medallas, fue muy especial. Ese oro fue un premio al sacrificio que hemos hecho durante mucho tiempo”.

Gaby Fernández elige centrarse en las razones de la conquista: “Si uno hace un gran trabajo de equipo como el que hicimos nosotros, donde cada uno encuentra su lugar, tenés el éxito casi asegurado”. “Cuando salís campeón olímpico te olvidás de todo. Estaba lleno de argentinos, se te vienen mil cosas a la cabeza. Estás en la cima de todo pero no sabés cómo disfrutarlo porque no terminás de caer”, reflexiona Walter Herrmann. “La imagen número uno es cuando estaba arriba del aro, que veo a toda la gente y no lo podía creer. Estaba sentado arriba de un aro, siendo campeón olímpico… me tendría que haber retirado ahí”, grafica entre risas el alero.

Luis Scola, figura de aquella noche, no duda: “Obviamente, subirme a lo más alto del podio en un Juego Olímpico fue el punto más alto de mi carrera”. Postura con la que coincide la otra luminaria argentina de los últimos 15 años, Manu Ginóbili, quien entre otras cosas, podría contarle a sus nietos sobre sus títulos de la NBA, pero elige el oro: “Voy a tener 70 años y voy a hablar de esto”.

Siga el baile. Ya están en el estacionamiento, pero los festejos siguen. Casi todos los jugadores tienen una botella de cerveza en la mano, algunos también fuman habanos. “Tenemos que ser estiletes, no timoratos. ¡Estiletes!”, vocifera Montecchia, una frase que según cuentan repetía mucho Magnano y que el Puma imita ahora hasta en el tono de voz, provocando las risas de los presentes. El Chapu, Luifa, Gabi, Leo y Pepe se suman a la gastada y empiezan a alentar al grito de “Es-ti-le-tes, es-ti-le-tes”, mientras agitan sus brazos mirando en dirección al entrenador. Y cuando terminan el cantito, Scola y Sánchez salen corriendo.

Al rato aparecen de vuelta, traídos por alguien que tira de una especie de plataforma sobre la que están parados: ahora son dos las botellas de cerveza en la mano de Pepe. Vacías, por supuesto. Y suben al micro y los gritos siguen, y hasta Magnano entona el dale campeón mientras dos Heineken vacías reposan justo delante de él. De nuevo abajo del colectivo, Nocioni está dando una nota, pero llega Oberto al rescate: con su mano sana, le vierte cerveza en la boca, que el Chapu abre para recibir gustoso. Ya no saben cómo festejar. “El momento en el que te ponen la medalla… es como que no lo podés creer. Festejamos tranquilos para lo que habíamos conseguido”, considera Herrmann, aunque no coincide con la versión de los hechos de Delfino: “Fuimos a un bar y nos encontramos con los italianos. Manu le había regalado la camiseta al barman, así que hacíamos lo que queríamos en la barra. En un momento pasa Pozzecco, que era mi compañero de habitación en Bologna (y quien durante el partido había participado en varias fricciones con los argentinos), y había una jarra de cerveza en la barra, así que se la vacié en la cabeza. Ahí se descontroló el enano y se descontroló la fiesta, pero todo en el buen sentido, con buena onda. Terminamos todos saliendo del boliche a las corridas. Fue un descontrol de esos lindos, de festejo, de algarabía”.

Continúa con la reconstrucción de los hechos: “Salimos corriendo para el mismo lado Chapu, Leo y yo, paramos un taxi y en el camino nos detuvimos a comprar sandía. Llegamos a las 5 o 6 de la mañana a la Villa Olímpica comiendo sandía, de jean y remera, ya sin ropa de Argentina. En el control de entrada, que es como el de los aeropuertos, donde te tenés que sacar los relojes y eso, directamente nos tiramos por el escáner donde van los bolsos grandes y pasamos por ahí. En el colectivo de la Villa seguíamos cantando y la gente nos felicitaba, hasta que llegamos al departamento y estaba Sconochini esperándome, porque viajábamos juntos, y ahí se produjo el famoso episodio de la pelota”, en referencia al balón con el que jugaron la final, que Ginóbili había conseguido a cambio de una camiseta y cuya “desaparición” sigue siendo un misterio. El incidente todavía le duele a Ginóbili: “Hugo dormía con Manu, y cuando llegamos con Leo y Chapu, la pelota estaba arriba de la cama. Por eso nosotros cuatro éramos los sospechosos para Manu. Yo no la toqué, no tenía motivos porque había jugado muy poco, así que no me correspondía. Pero fui testigo presencial, fui una de las últimas personas que vieron la pelota arriba de la cama de Emanuel Ginóbili”. ¿Qué pasó? Si bien nunca nadie confesó públicamente, la historia aceptada cuenta que Nocioni llegó quizás con alguna copita de más, y decidió probar sus habilidades como futbolista con la pelota de Manu, que salió por la ventana de la habitación. “Yo no me acuerdo si lo hice o no. Es verdad que hay un mito, pero seguirá ahí, pidiendo confirmación”, se niega a confesar 12 años después el alero santafesino. Pero Ginóbili no solamente se quedó sin pelota, también tuvo que volver solo en un auto de la organización porque en el medio de los festejos se lo olvidaron y partieron sin él. “La calentura que tenía ese día no te la puedo explicar”, admite la leyenda de los Spurs.

“El estaba haciendo una nota y había tanto ruido que se alejó, y nos lo olvidamos. Llegó justo cuando volvíamos de comer en el restaurante y le pregunto de dónde venía, a lo que me responde: ‘Hijos de puta, me dejaron’. Ni nos dimos cuenta. Hasta ese lujo nos dimos, de dejar tirado a nuestro as de espadas”, recuerda Oberto, riendo a carcajadas y lo ratifica Delfino, que después de las 12 había comenzado “uno de los mejores cumpleaños de mi vida”. Esa noche hubo mucha cerveza, descontrol y cosas no habituales en este equipo que se había ganado sobradamente semejante festejo, junto con el nombre que inmortalizaría como un sello distintivo: Generación Dorada.

(*) Extraído del libro “Dorados y Eternos”, de Pablo Pokorski y Matías Baldo.

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