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28/01/2018

Disneylandia queda lejos

Otra vez en Boca, Carlos Tevez quiere demostrar que volvió por la gloria. //Fotobaires

La liga de los poderosos tiene superhéroes ajados, misterios, y otros que volvieron sin gloria y con pena. Los hinchas son implacables: lo perdonan todo sólo si se gana.

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“Cuesta creer que la mentira tenga una historia. ¿Quién 
se atrevería a contar la historia de la mentira? ¿Y quién la propondría como una historia verdadera?”

Jacques Derrida (1930-2004); de su conferencia ‘Historia de la mentira’, Buenos Aires, 1995.

Los domingos no me perdía ningún programa. Lo único que quería en la vida era ir a Disneylandia, así que le pedí a mi hermana que me llevara. Cuando me dijo que no podía porque estaban en otro país, Estados Unidos, me enfurecí. No entendía cómo, si yo los veía en mi casa, podían estar tan lejos. A mis 4 o 5 años, tuve la primera noción de lo lejos que estábamos del mundo.

Mi lógica infantil era rigurosamente mágica. Estaba enamorado de Rita Pavone, una cantante italiana que hacía covers en castellano: “¡Que ricas son las papas, con un poco de tomate!”. Cuando vino a la Argentina y la oí hablar italiano, entré en estado de shock. “¡Mamááá, es joven y habla italianooo…!”, grité. Yo creía que la gente envejecía, se arrugaba, se encorvaba y hablaba italiano como mis nonos, o tenían acento raro como don Duschan, mi vecino polaco, o la gallega doña Elvira. Me desesperaba que mi amor imposible fuese joven ¡y hablara italiano!

Éramos Europa, sin saberlo, pero el que mejor jugaba en la cuadra, un crack con la Pulpo bajo la suela, se llamaba Mamaní y nosotros, claro, le decíamos El Indio; que además tenía otro amigo con cara de cacique, El Negro, que cuando venía, no se la podíamos sacar. Toda esa mezcla nos hacía mejores, pero aún no lo sabíamos

Aprendiendo los primeros palotes en la escuela, sabíamos lo que éramos, y con quién éramos. Un poco más que el presidente Macri, que debe tener 300.000 horas de vuelo y 20 minutos de vereda, y por eso le dice al mundo, tan educado y seguro, que acá somos todos descendientes de europeos. Y bueh. Para saber de algunas cosas, hay que estar ahí.

Volvió la pomposa Súper Liga, que invirtió más de 40 millones de dólares en refuerzos. Una cifra espeluznante para nuestra escuálida economía, pero que es la quinta parte de lo que el Liverpool recibió del Barça por el pase del brasileño Phillippe Coutinho: apenas una pierna, a elección. La liga de los poderosos tiene superhéroes ajados, misterios, y otros que volvieron sin gloria y con pena.

Carlos Tevez, muy delgado, parece más liviano en todo sentido. Jugó un rato de 9 y prefirió que el vacío ocupe el lugar, hasta que entró su amigo Wanchope. Ya no está para el roce. Tiene ganas, se le nota, después de la cuasi estafa que les hizo a los pobres chinos, que no fueron los únicos desengañados, por cierto. Pero jugará como pueda, arrancando de atrás. Imaginar a un Tevez sin potencia es pensar a Justin Bieber cantando el Nessun dorma. Lindo tema para Guillermo.

River trajo a Armani, un arquero del ascenso nativo que se hizo ídolo en el Nacional de Medellín, igual que su predecesor, Gastón Pezutti, nacido en Racing, campeón en 2001 como suplente, de breves pasos por Chile y España, hasta que ganó varios títulos en el club favorito de Pablo Escobar. Es una incógnita.

También llegó Lucas Pratto. Un 9 raro por el que pagaron la cuarta parte de la torta invertida: unos 11 millones de dólares. Tiene 29, rachas goleadoras apabullantes y sequías que equilibra con su buen manejo. Parece gordo y torpe, pero no lo es. Puede conectarse bien con Scocco, su espejo futbolero por cómo se mueve, y su perfecto opuesto físico. A Pratto le dicen el Oso, porque eso parece. A Bauza lo tenía fascinado, pero Sampaoli no lo tiene en su whatsapp. Son gustos.

Racing repatrió a Centurión, un muchacho de vida algo desordenada que todos minimizan con el mismo argumento: “Es un distinto”. Lo que resulta inexplicable es que nadie, fronteras afuera, lo haya advertido. Curioso. Es veloz, tiene gambeta, freno, y suele hacer goles clave. Pero en el Genoa no sabían que hacer con él hasta que llegó Diego Milito, prócer del club genovés, para traerlo a casa antes que le dieran salida rumbo al Málaga. Veremos.

Por suerte para Nery Domínguez –que llegó del club vecino a Racing sin escalas y dijo, ay: “Jamás le gritaría un gol a Independiente”–, los hinchas están todavía pendientes de lo que pueda armar Coudet, que al menos ya sacó los dos micros que solía estacionar Cocca en su propio campo. Se lo recordarán, y de la peor manera, si juega mal, eso sí. Como a Centurión que, como en el teatro griego, dijo, trágico: “Si no voy a Boca, me retiro”. Sí, claro.

Esta clase de estupideces se repiten todo el tiempo en un mundo que debería ser más profesional. Por ejemplo, esa absurda costumbre de quitarse la camiseta cuando hacen un gol, encima para recibir una amarilla. Los hinchas son implacables: lo perdonan todo sólo si se gana. En general son déspotas, brutales, y disfrutan exigiendo despidos, como alguna gente seria que recorre los medios para contar lo lindo que va a estar el clima el semestre que viene, o el otro, quién sabe.

El respeto, cada vez que se convierte un gol, caballeros futbolistas, se le debe a la gente que ama los colores del club que los contrató. Por ellos hay que celebrarlo, aún sobreactuando. Por obligación. Si el cariño al ex club es tan grande, no jueguen. O vuelvan.

Por el mismo motivo, no deberían quitarse la camiseta y arrojarla al aire, como un trapo. Ella es lo que le da sentido a todo. Ustedes trabajan para ella, y por ella. A tenerla puesta entonces, porque el gol es de la gente que la ama, no de tu novia, tu abuelita, tus papis, el perro, o los nenes. Espero haber sido claro.

Se nota mucho. Hay demasiado marketing y make up para tapar lo berreta, lo disparatado, lo injusto de este sistema, pensado para que sólo ganen los que más tienen, compatriotas. Es lo que hay.

El mejor equipo de los últimos 50 años, para mí, sigue siendo el Equipo de José; tipos honestos que no se guardaban nada, que volaban y hacían volar a los suyos, sin trampas ni perverso piripipí.

Esta nota fue publicada en la Edición Impresa del Diario Perfil.

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