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21/10/2018

El sueño de los héroes

Emociones. Delfina Pignatiello (foto), David Almendra, las Kamikazes del beach handball. //AFP

Los Juegos Olímpicos de la Juventud que acaban de finalizar en Buenos Aires dejaron imágenes que quedarán eternizadas. Ellos son el futuro.

Los Juegos Olímpicos de la Juventud que acaban de finalizar en Buenos Aires dejaron imágenes que quedarán eternizadas. Incontables palabras de jóvenes, muy jóvenes, que seguirán soñando con la medalla en el podio o con estar y pertenecer, lo que ya representa mucho.

Hoy, con la competencia terminada, Argentina consiguió 32 preseas (11 de oro, 10 de plata y 11 de bronce). Cuadruplicaron la cantidad que obtuvieron en la participación anterior en este certamen.

De todos modos, es difícil imaginar un futuro prometedor a nivel global para los deportistas argentinos. Tristemente el ajuste alcanzó a los atletas que representan al país. Sin inversión ni una decisión política, solo queda soñar. Entonces, no me animo a hablar de los próximos Juegos y me detengo a emocionarme con lo que ocurrió, con estas historias heroicas, de esfuerzo y pelea. Esas historias con las que siempre empaticé. Quizás porque todos alguna vez soñamos formar parte del mundo de los héroes.

Hay tres historias que me estremecieron y me llevaron más allá de ese tan ansiado logro deportivo.

Una postal fue la imagen de Delfina Pignatiello, una de las promesas de la natación que ganó la medalla de plata en los 800 metros libres con un tiempo de 8 minutos, 32 segundos y 43 milésimas. Su emoción desbordada se vio en coherentes lágrimas de felicidad. Aunque lo que más conmovió fue ver su mano izquierda levantada con una inscripción tan sencilla como potente: en su palma, la palabra “abuela” junto a un corazón. Todo recién dibujado, apenas después de conseguir el segundo puesto. Ella se desgarbaba arriba del podio y la emoción no cabía en su cuerpo delgado. Su brazo permanecía en lo más alto, estoico y triunfal. En ese instante todos fuimos Calu, como le dicen. Todos extrañamos a una abuela o a un ser muy querido que ya no está. Las abuelas, las buenas, las de los cuentos, las que alguna vez tuve, son imborrables.

Otra imagen de estos Juegos que seguirá girando hasta después de apagada la llama olímpica será la de las chicas del beach handball. Competidoras en un deporte moderno que se juega sobre arena. Una obviedad, claro. Pero lo penoso y curioso es que durante mucho tiempo se entrenaron en una cancha sin líneas establecidas ¡ni arena! Practicaban sobre tierra y piedras. Y hoy son mujeres de oro. Ese gigantesco detalle es una síntesis de las adversidades y contratiempos que lograron superar. A veces me pregunto cómo es posible que puedan ser las mejores jóvenes del planeta en su disciplina, teniendo becas menores a las de un salario mínimo, vital y móvil y sin sponsors. Su entrenadora, Leticia Brunati, muchas veces tuvo que poner plata de su bolsillo para comprar los tops de la vestimenta de las jugadoras y las redes para los arcos. Algunos lo llaman pasión, amor, esfuerzo o voluntad. Yo creo que está más cerca de ser un milagro. Lograron la conquista más importante en la historia del handball argentino y será muy difícil que las puedan igualar. Ellas son las kamikazes. Y ahora en la Confederación Argentina de Handball no paran de caer mensajes y mails de chicas que quieren convertirse en una de ellas.

La tercera emoción le pertenece a David Almendra. El pibe de 16 años que rompió en llanto cuando fue derrotado por el estadounidense Robert Howard en la final de lucha libre. A los 14 se mudó de su pueblo natal, Corcovado, en Chubut, a Buenos Aires. De esa localidad de 2 mil habitantes a la gran ciudad. Apenas iniciada su adolescencia, lejos de su sangre y de ese amor que sólo un abrazo de madre o padre contienen, Almendra no aguantó y volvió junto a su familia. Para este año se propuso obtener una medalla, así que volvió a viajar a Buenos Aires y se instaló definitivamente en el Cenard, donde continuó su preparación. Lo destacado de la historia del chubutense es que su especialidad en lucha es la grecorromana, categoría que no estuvo establecida en estos Juegos Olímpicos de la Juventud. Adaptó su técnica para la lucha libre y así pudo conseguir esa valiosa medalla plateada, que festejó corriendo por todo el tapiz, con la bandera argentina sobre sus hombros.

Son instantes infinitos. Esos segundos que costaron años de prácticas, innumerable cantidad de “no puedo, tengo que entrenar” que algunos entienden y otros no. Es esa gloria que no se explica con palabras, que se siente en la piel. En los pelos del brazo erizados y el grito contenido en la garganta. Es emocionar a familia y amigos. Es hacer festejar a compatriotas que no te conocen pero te sienten parte, porque saben que hiciste historia por los colores de este país. Ahora son eso. Con un puñado de años de vida entraron en la historia deportiva de un país.

Ellos son el futuro. Un futuro que necesita encontrar políticas direccionadas a apoyar el deporte argentino. El deporte como instrumento educativo. Esa sería la medalla más dorada.

Esta nota fue publicada en la Edición Impresa del Diario Perfil.

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