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BáSQUET | 14-01-2021 14:00

La última función de Manu Ginóbili con la Selección

En su flamante libro “El legado”, el periodista Germán Beder reconstruye desde adentro el clima nostálgico que se vivió en el último partido que Ginóbili jugó para Argentina, en los Juegos Olímpicos de Río 2016.

La sensación ahora mismo es de duelo. Nos echan del estadio pero no nos queremos ir. Necesitamos procesar que esta historia ha llegado a su fin. Necesitamos atravesar el momento. La verdad es que el partido no presentó ningún tipo de equivalencias. Estados Unidos, que más tarde se adjudicaría la medalla de oro, nos pasó por arriba. Desde el segundo cuarto, en adelante, ya no hubo paridad y el trámite inevitablemente se quebró decretando la eliminación del equipo. Recuerdo con exactitud la desesperación de Facundo Campazzo por competir. Sin las herramientas de los años posteriores, pero con el talento y el corazón a disposición de su Selección, el base cordobés se robó las miradas de todos con dos acciones puntuales: la primera al dejar pintado a Kyrie Irving con un crossover y la segunda al encarar a DeAndre Jordan (30 centímetros más alto) para pelear, luego de un cruce. Esa imagen daría vueltas por el mundo. 

Desde el comienzo de ese proceso sentí como que era el final de algo, el cierre definitivo de una etapa. Ya en los entrenamientos y en los amistosos se podía percibir una sensación de despedida.  Ellos (por los veteranos) parecía como que estaban en sus primeros Juegos Olímpicos: disfrutaban cada minuto juntos. Es más, si vos te ponés a revisar el partido contra Estados Unidos parece como si estuviéramos contentos. Y eso es absurdo, porque en la derrota uno suele estar re caliente. Era un ciclo que culminaba”, describe Campazzo. Y agrega: “Yo quería salir a matar, estaba cebado desde el día anterior. Y ellos lo tomaban de manera distinta, más cerebral. Uno con los años también va entendiendo mejor las cosas”. 

“Creo que la Generación Dorada fue un milagro. Una coincidencia de talento y voluntades muy inusual. Inusual a nivel mundial, incluso. Tal vez España haya sido lo más cercano”, intenta definir Ginóbili.

Repaso los videos que filmé y son increíbles: los 12 jugadores estadounidenses hicieron fila para saludar a Manu y un oficial de la organización le regaló la pelota del partido. El resto del homenaje se lo dieron los hinchas, que cantaron por él hasta hace minutos, en una atmósfera decididamente viciada por la emoción, la nostalgia y el agradecimiento. “Creo que, de no haber sido por la mala fortuna que tuvimos en el cruce, podría haber pasado cualquier cosa. No estuvimos tan lejos de la medalla como parece. Nos mató la derrota con Lituania. Pero eso ya no importa, fue una experiencia inolvidable para mi vida y mi carrera. No podía pedirle más nada a esos Juegos Olímpicos”, revela Ginóbili con su exactitud habitual para los recuerdos.

Los hinchas empiezan a abandonar el estadio, la mayoría con un rastro de llanto en sus rostros. Susbielles, al lado mío, está quebrado. Pero su manera de escaparle a la nostalgia es yendo para adelante. Así que, a pesar de que todavía no pasó una hora de la eliminación, ya está hablando de que va a proponer la renovación de Hernández y de que habría que retirar las camisetas de Manu y de Chapu, quien ese día también se despidió de la Selección. No puedo darle atención total. Estoy en un limbo de melancolía.

La única certeza que disponemos en este instante en el que se apagan las luces del Arena Carioca y la policía nos exige que nos vayamos, es que con la salida de estos dos emblemas de la Generación Dorada, se ha terminado de cortar el cordón umbilical. Para siempre. Solo queda el faro de Scola. Pero del resto, nada. Es el quiebre. Durante 18 años (pongamos como referencia el Mundial de Grecia 1998), varias de las camadas más talentosas de la historia del básquet argentino, alimentaron a la Selección con una base de jugadores que elevaron de manera irrefutable la jerarquía del país a nivel mundial. Ellos, y por supuesto los tres entrenadores que los condujeron (Magnano, Hernández y Lamas), fueron responsables de que, por muchísimo tiempo, se haya identificado al equipo por los valores, el altruismo, el respeto y una competitividad feroz. “Creo que la Generación Dorada fue un milagro. Una coincidencia de talento y voluntades muy inusual. Inusual a nivel mundial, incluso. Tal vez España haya sido lo más cercano”, intenta definir Ginóbili. Y amplía: “Siento, en líneas generales, que fuimos un grupo de cerca de 30 jugadores que disfrutamos del camino. Que nos llevábamos bien, que jugábamos en equipo, que fuimos unidos y que pudimos representar al país como correspondía. Me siento orgulloso de haber sido parte”.  

Es tiempo de abandonar para siempre el Parque Olímpico.

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