lunes 14 de junio de 2021
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OPINIóN | 13-05-2021 01:40

Junior-River: el delirio de jugar entre la represión y los gases

Se jugó en Barranquilla mientras afuera del estadio había corridas, represión y estruendos de gases lacrimógenos. Más que un partido, fue una puesta en escena. Para Conmebol, el negocio no cierra ni en pandemia.

Las imágenes son aterradoras. Hay manifestantes que corren, hay uniformados que también corren, hay gases lacrimógenos que estallan sobre el asfalto y hay fogonazos que iluminan la noche. Barranquilla arde. Y ahí nomás, a unos metros, Junior juega contra River por la Copa Libertadores.

Es inadmisible el contraste entre un lugar donde pasa de todo y otro donde se pretende hacer creer que no pasa nada. La hipocresía llegó a niveles obscenos. Es otro daño colateral de la pandemia.

Las escenas del absurdo se amontonan. El micro se abre paso entre calles donde reprimen a manifestantes. Dentro del estadio Marcelo Gallardo cierra los ojos con fuerza y presiona con los dedos sobre los párpados para que no hagan efecto los gases que llegan de afuera. Los jugadores, en pleno precalentamiento, tienen que abandonar el campo de juego y volver a los vestuarios. Este es el escenario una hora antes del partido. El gas pimienta, ahora, tiene sello policial.

Pero el caos no termina ahí. Durante el minuto de silencio, con los jugadores y el árbitro en respetuosa formación, el estruendo de las bombas retumba sobre el césped. Parece la banda de sonido de una película bélica. Pero ni la guerra detiene al fútbol.

La pelota rueda, pero afuera la represión, las corridas y los gases siguen. El humo envenenado flota, se filtra entre las tribunas y alcanza a los jugadores. El partido se detiene unos minutos, los necesarios para que se recuperen y todo siga como si nada.

Debe ser complicado jugar al fútbol en medio de semejante desconcierto. Junior y River tuvieron que hacerlo. Fue el partido del como si nada hubiera sucedido. Una puesta en escena dispuesta a disimular lo indisimulable. 

Así es la nueva normalidad que propone la Conmebol. Se juega pese a todo. Hay show pese a todo. Se factura pese a todo. ¿Estallido social en Colombia? Allá vamos. ¿Disturbios y represión? No es nuestro problema. ¿Indisciplinados que pretenden suspender el partido? Que empiece la función.

Colombia es, junto con Argentina, una de las sedes de la Copa América que arranca en un mes. No es un dato menor. El absurdo Junior-River que se jugó en esta noche de miércoles en Barranquilla se puede interpretar como una señal de lo que vendrá. 

¿Qué se viene? El mayor torneo continental, el Mundial de la Conmebol. El gran negocio que la corporación sudamericana abre cada dos años. Y a este negocio no hay pandemia ni protesta que lo haga cerrar.

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Claudio Gómez

Claudio Gómez

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