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20/02/2011

Básquet

Cuando a “Manu” no le iba tan bien

Ginóbili en Bahiense del Norte, su permir equipo, en un partido de Infantiles contra Liniers.

No crecía tantos centímetros como quería, no ganaba títulos, no se lucía y, para peor, sufría un descenso con el equipo de su vida. Galería de fotos.

Detrás de todo gran hombre, además de una gran mujer, siempre hay una gran historia. Y Emanuel Ginóbili tiene la suya. Porque de chico no le iba tan bien como ahora. Para empezar, tenía un trauma: la estatura. Mientras sus dos hermanos, Leandro y Sebastián, pegaban sus respectivos estirones y crecían dentro de la escena local del básquet bahiense, el niño Manu, además de flaquito, era muy petiso. Y eso lo acomplejaba. Todos los días de su vida, agarraba una lapicera y se medía en la pared de la cocina. Pero nada. Su hermano mayor cuenta que hacía cualquier cosa para estirarse: desde colgarse de los pasamanos hasta tomar pastillas de hígado y levadura de cerveza. Pero nada. En un momento, incluso, recurrió a un pediatra (Carlos Fernández Campaña) para que le realizara un estudio de proyección de estatura. El resultado dio que mediría alrededor de 1,85. No estaba mal, aunque tampoco era gran cosa. El karma se terminó de agudizar una tarde de 1993, cuando los entrenadores del seleccionado bahiense de cadetes, Guillermo López y Néstor Ortiz, lo separaron y le comunicaron que no iba a estar en el plantel definitivo por pequeño. Ginóbili lloró desconsoladamente. Tenía 15 pirulos y ya vivía el básquet con locura.

A los tres años, el entrenador Oscar Huevo Sánchez, actual DT de Boca y amigo de la familia, le había enseñado a picar la pelota y, al tiempo, a hacer zigzag entre las sillas de la casa a pesar de la justificada indignación de Raquél Maccari, madre de Manu, porque le rompían las plantas. El niño estaba enceguecido por la disciplina. Tenía un póster gigante de Michael Jordan en la pieza y miraba cada partido de la NBA que se trasmitía (hinchaba por los Bulls y por los Warrios, luego). Una anécdota lo pinta: “Yo todos los años, desde hace mucho tiempo, organizo campus para chicos. Emanuel fue el único en participar de dos ediciones consecutivas (diciembre y enero del 88)”, cuenta Sánchez. Su tozudez ya lo distinguía: pasaba horas enteras en Bahiense del Norte, el club de su infancia, que quedaba a apenas dos cuadras de la casa.

Quería copiar a sus hermanos y, competitivo como siempre fue, hasta se comparaba con ellos en los boletines escolares. En la escuela le sobraba, pero con la naranja todavía le faltaba mucho. La llegada de los 90 trajo una nueva complicación. Tras que a Ginóbili le costaba destacarse en su equipo, arribó a Bahiense del Norte un jovencito que no se la pasaba nunca: Juan Ignacio Sánchez, quien luego fuera el base de Argentina en Atenas 2004. “Pepe ya era distinto. Creo no haber visto nunca un chico de diez años picar la pelota como él. Tuvimos millones de peleas, no la largaba jamás”, reconoció Manu en la revista El Gráfico, tiempo después. Esa camada era espectacular, aunque nunca pudo ganar un título. Y cada fracaso indignaba más al menor de los Ginóbili.

En el ámbito local sólo se hablaba de él por ser el hermano de Leandro y Sebastián, que ya se encaminaban al profesionalismo. Si bien insinuaba, no concretaba. Le faltaba desarrollo físico y, por lo bajo, comentaban que jugaba siempre porque era hijo de Yuyo, que era (y es) dirigente del club.

Explosión. El click se dio en 1994, luego de otra gran frustración. Manu, bastante más asentado en Primera, debió jugar con Bahiense una suerte de Promoción ante Comercial (Ingeniero White) para ver cuál de los dos clubes descendía a la segunda local. Y perdió Bahiense. Entonces Ginóbili, todavía con la ropa de jugador puesta, corrió desesperado y llamó a su padre, que estaba en Mar del Plata. Le pidió perdón, luego se encerró en la habitación y lloró por un día completo, sin aceptar visitas. El golpe lo hizo madurar. Y allí comenzó el despegue. Llegó el esperado estirón físico y ya no fue sencillo frenarlo. Entonces Huevo Sánchez, que había llegado a considerar a Emanuel como un caso perdido, decidió llevárselo a La Rioja (junto a Hernán Jasen), para hacer experiencia en la Liga Nacional, con Andino. Todavía no había terminado la secundaria y el sueño de vivir del básquet comenzaba a hacerse realidad: tenía un sueldo de mil pesos (finalmente, le terminaron debiendo siete meses).

El 29 de noviembre de 1995, Andino perdía feo con Peñarol, en Mar del Plata, y no le encontraba la vuelta al partido. Huevo miró al banco y gritó: “Sebastián, a la cancha”. Y Manu, que se percató que lo habían confundido con su hermano del medio, se levantó, pidió el cambio y debutó en la Liga. Fue en ese exacto momento en que el niño de los fracasos dio paso al mito.

Esta nota fue publicada en la Edición Impresa del Diario Perfil


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