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30/07/2015

Nadie aprende de Vélez

Un Vélez repleto de juveniles busca hacer pie en el torneo local mientras la dirigencia, con Raúl Gámez a la cabeza, intenta bajar el pasivo. //FOTOBAIRES

El club de Liniers afronta el Torneo de 30 equipos con un plantel plagado de juveniles mientras la dirigencia intenta acomodar las finanzas. Una fórmula que ya le dio resultado pero el resto no se anima a imitar.

Volvió Raúl Gámez a conducir dirigencialmente a su querido Vélez Sarsfield. Anoticiado de los elevados contratos que la gestión anterior había firmado con los integrantes del plantel profesional, el veterano hombre de Liniers repitió el mismo camino que había producido cuando se hizo cargo de las deudas y tomó la decisión que debería ser imitada por muchos colegas.

Gámez había sido el mandamás velezano entre 1996 y 1999, cuando el club fundado en una estación ferroviaria el primer día de 1910 había ganado ya todo lo que se había propuesto, torneos locales, Libertadores y Copa Intercontinental, nada menos que ante el poderoso Milan de Arrigo Sacchi. Encima, con el lujo de haber tenido a Marcelo Bielsa durante una temporada y dar nuevamente la vuelta olímpica.

Cuando regresó para hacerse cargo en 2002, se encontró con un pasivo que rondaba los 40 millones de pesos y ahí lanzó la frase famosa: “Ahora hay que ganar el campeonato económico”. Cumplió, bajó el pasivo y el plantel se pobló de chicos de divisiones inferiores que apuntaban alto, como Mauro Zárate, Somoza, Emanuel Centurión, Maxi Pellegrino, Uglessich, Sena, Pellerano, Jonás Gutiérrez, Marcelo Bravo y el Burrito Martínez, para citar algunos juveniles que en algunos casos habían debutado antes, pero tuvieron luego su continuidad.

Su amado club ganó cuatro torneos cortos más en los años siguientes, pero la deuda con futbolistas costosos seguía creciendo, a pesar de las transferencias. Por eso lo volvieron a elegir y por consiguiente, llegó la pelea repetida contra la deuda y la decisión de achicar costos apelando a la fábrica de buenos jugadores que tiene el club de LIniers.

Arrancó el actual torneo sin ruido, pero mantuvo el alejamiento por goteo de sus hombres más caros (Papa, Lucas Pratto, Seba Domínguez, Pavone, Pellerano, el arquero uruguayo Sosa y Cabral entre los más conocidos). Subieron los pibes y claro, las expectativas de muchos hinchas se fueron desvaneciendo. El equipo todavía no alcanza a madurar, más allá del esfuerzo del entrenador Miguel Ángel Russo. Finalizado el ciclo de Gareca-Bassedas, la historia es muy distinta.

Del equipo titular actual, apenas Leandro Somoza, Milton Caraglio, el recuperado Iván Bella y Leandro Desábato superan los 38 partidos oficiales (una temporada) y tomando en cuenta a Fabián Cubero, no quedan más “veteranos”, aunque llegó el lateral izquierdo Damián Pérez, con buena trayectoria en Arsenal.

Es obvio que todos buscan terminar lo más arriba posible en el torneo, pero hoy el sueño de Gámez y su gente es confiar en estos chicos, darles rodaje y esperar los resultados para dentro de seis meses o un año. Algo que ni por asomo se le ocurriría a la dirigencia de otros clubes con pasivos enormes (River e Independiente entre los más destacados) y varios han esquivado por la presencia de magnates combinados con una buena ingeniería dirigencial, como Racing y San Lorenzo.

Es difícil ser fanático de Vélez en estos días, porque el hincha se había acostumbrado a ganar o pelear torneos hasta el final y jugar, casi anualmente, algún torneo internacional. Hoy las pantallas gigantes sobre las tribunas muestran al Vélez de hace veinte o diez años antes, con Chilavert y Carlos Bianchi encabezando la fila. Hoy, su gente celebra la historia, pero no tiene armas para festejar el presente.

Lo que sí debería entender es que aguantando este trabajo ingrato, como se haría en cualquier empresa o negocio o institución con o sin fines de lucro, el futuro está asegurado y Vélez podrá volver al primer plano argentino, si las inferiores siguen formando jugadores con cierto nivel y las incorporaciones son cuidadosamente seleccionadas por expertos.

Deberían aprenderlo muchos clubes que siguen gastando a cuenta. La historia recuerda que en 1951, un grupo de presidentes de clubes de primera división fue a visitar al entonces presidente Juan Domingo Perón, con la idea de pedirle dinero para el fútbol. El hombre fuerte argentino les transmitió que consultaran al presidente de Vélez, que acababa de inaugurar un estadio íntegramente de cemento sin pedir nada. Ese hombre se llamaba José Amalfitani.

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