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05/03/2016

El último adiós, custodiado por barras

El estadio de Colegiales, el de Independiente (con Bebote Alvarez) y el de Quilmes. Velorios particulares. // Cedoc

Toman los estadios para organizar sepelios en las tribunas. De la cuna hasta el cajón, dice una melodía futbolera. Los casos de Quilmes y el Rojo.

La lealtad del hincha por la camiseta de su club excede todo tipo de límites, incluso hasta la propia vida. Tanto es así que cada vez aparecen más casos de simpatizantes que deciden arrojar las cenizas de familiares y amigos en las canchas.

“Desde el cielo te voy a alentar”, “De la cuna hasta el cajón” y “Yo quiero que se me vele, envuelto en una bandera” son algunas melodías futboleras que caracterizan la pasión con la que se vive el fútbol. Las barras no sólo se adueñan de esos homenajes, sino que hasta toman los clubes por asalto para convertirlos en casas velatorias.

El domingo pasado, la interna de la hinchada de Quilmes se cobró la vida de Fabián Guzmán, uno de los viejos líderes, y la de su hija de tres años. Dos días después, mientras la Justicia imputaba a Mauricio Rodríguez, jefe de la facción disidente, el núcleo violento cervecero le daba el último adiós al capo barra en una de las tribunas del Estadio Centenario.

Cincuenta violentos ingresaron junto con el féretro por el portón de la calle Vicente López, a la vista del plantel profesional, que se entrenaba en el anexo. Una vez finalizado el ritual, que tuvo el visto bueno de la dirigencia, el funeral continuó su marcha hacia el cementerio.

Juan Manuel Lugones, titular de Aprevide, en diálogo con Deportes en FM Sur, responsabilizó a la comisión directiva: “Nosotros defendemos a aquellos dirigentes que son rehenes de los barras, pero no aceptamos a los que son cómplices. Lo del velorio no puede pasar”.

El ex secretario de Deportes de la provincia de Buenos Aires Alejandro Rodríguez, autor de un proyecto de ley contra la violencia en el fútbol, agregó: “Los funerales en las canchas son moneda corriente. Cuando uno denuncia connivencia, los dirigentes se enojan y piden pruebas. Ahí las tienen”.

Cochería Quilmes. No es la primera vez que la barra del Cervecero decide velar a uno de los suyos en el estadio. En octubre de 2012 la vieja guardia interrumpió un partido de reserva ante Unión para velar al hijo de un barra que había fallecido en un accidente automovilístico al escaparse de la policía tras un robo. El grupo de Los Alamos lo despidió a los tiros, razón por la cual el encuentro debió suspenderse durante unos minutos.

Lejos de ser Quilmes el único club capaz de transformarse en una cochería, hace poco más de un año la dirigencia de Independiente prestó el Libertadores de América para que pasara el cortejo fúnebre del Gallego Popey, ex jefe asesinado por barras de Lanús.

Aquel responso estuvo a cargo de Bebote Alvarez, quien días antes había pedido las llaves del estadio para jugar un partido con sus laderos y compartir un asado.

El Porvenir también vivió una situación similar en su cancha durante el velatorio del Ronquito Suldini, uno de los jefes de La Banda de Gerli. En aquella ocasión, no sólo cuarenta barras ingresaron al club, sino que además dieron la vuelta olímpica con el cajón a cuestas en plena práctica.

Ante la negativa del plantel a sumarse al homenaje y acompañar la caravana hasta el Cementerio de Avellaneda, los barras los golpearon y les robaron las pertenencias.

La hinchada de Colegiales despidió en el estadio de Munro a Pocho Morales, líder de la barra y puntero kirchnerista, asesinado de seis disparos delante de su hijo.

Tras la ceremonia, los violentos tomaron el cuerpo y recorrieron las principales avenidas de Vicente López destrozando comercios y patrulleros, y agrediendo a vecinos y periodistas.

“Nosotros acompañamos la caravana. Era una persona muy querida en toda la zona”, explicó Rodrigo González, máximo responsable de la entidad tricolor y amigo del jefe violento.

Mientras la vida de muchos hinchas parece girar alrededor del fútbol, los barras organizan funerales en las tribunas y tiran las cenizas en el campo de juego. Todo por el mismo precio.

(*) Esta nota fue publicada en la Edición Impresa del Diario Perfil.

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