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13/02/2019

Cortázar y Centurión en un mundo puritano

Ricardo Centurión y un nuevo acto de indisciplina que le costó su lugar entre los titulares de Racing. / NA

Un nuevo acto de indisciplina del talentoso jugador de Racing. Analogías con el personaje de «El perseguidor», del escritor argentino.

En el mismo día que se cumplió el trigésimo quinto aniversario de la muerte del Julio Cortázar, se inició el período de reclusión y castigo para Ricardo Centurión en la Reserva de Racing. Uno podría pensar que son dos mundos que no se cruzan, el del escritor y poeta que marcó a millones con sus textos, y el del futbolista que despierta también entre millones amores y odios encontrados. Pero rápidamente aparece en el recuerdo la historia de Johnny Carter y todo comienza a cuajar.

A base de firuletes y lujos, de enganches y desbordes en partes iguales, Adrián Ricardo Wachiturro Centurión asoma en la primera de Racing Club y enamora a los hinchas. El Cilindro entero se ponía de pie para aplaudir al mejor de su generación, una joven promesa promovida al primer equipo por Luis Zubeldía, allá por 2012/13, y así como crecía su popularidad, comenzaban a exponerse, casi en una relación directamente proporcional, sus problemas de conducta. En un fútbol cada vez más complejo y mediatizado, que se haya consolidado en Primera es fruto pura y exclusivamente de que demostró con creces sus condiciones de fuera de serie. Sin esas cualidades, le hubiese costado mucho asentarse en la élite del fútbol argentino.

Si hasta el mismísimo Roberto Baggio lo elogió y eligió en una entrevista publicada hace unos años, a comienzos del 2017, en el Corriere della Sera: “¿A quién veo como mi heredero? Yo sigo mucho el fútbol sudamericano y digo que Centurión puede ser, pero debe mejorar mucho su conducta fuera del campo”. Todos veían su capacidad de desequilibrio en el juego, todos soñaban con su “encarrilamiento” afuera, pero él dejó pasar oportunidad tras oportunidad hasta llegar al entuerto del domingo con el Chacho Coudet.

«Mi único enemigo soy yo. Lo estoy trabajando en terapia» declaró hace un año, en diálogo con Fox Sports, cuando sus sucesivos problemas de conducta fuera de la cancha ya condicionaban claramente su carrera. Un breve repaso que va desde los autorretratos al estilo Tony Montana en Scarface, los múltiples accidentes de tránsito, los vergonzantes y agresivos audios que acompañaron la denuncia sufrida por violencia de género y los variados actos de indisciplina, lo pusieron en las marquesinas para su estigmatización, condenado a un rol del que lamentablemente no puede escapar.

Aun así, nada puede justificar su actitud en el Monumental, la autoridad del entrenador no se discute y menos en público. Aunque lo haya puesto faltando veinte minutos para que todo el estadio se burle, él es un profesional y debe entrar cuando el entrenador lo decide y jugar lo mejor que puede para que su equipo gane. Para eso jugamos, para eso nos pagan. ¿O acaso no había posibilidades de remontar el resultado? Por más que se lo idolatre o que se le tenga pena, no hay justificativo para exonerarlo porque el fútbol no es un deporte individual y el entrenador debe conducir un grupo, con sus egos y sus mezquindades. Quien no comprenda que la gestión de un plantel no permite una gran brecha entre los deberes y los derechos de cada uno de los jugadores, está reduciendo enormemente su análisis.

Johnny Carter, el protagonista de «El perseguidor» de Julio Cortázar, no jugó al fútbol pero también fue un talentoso incomprendido, autodestructivo, y apegado a ciertos vicios. En lugar de la pelota, lo suyo fue el saxo. Al cual le sacaba sonidos como nadie podía sacarle, como Ricky ha hecho con la pelota, haciendo amagues que muy pocos pueden replicar sin descaderarse.

«Desde mi mundo puritano -no necesito confesarlo, cualquiera que me conozca sabe de mi horror al desorden moral- los veo como a ángeles enfermos, irritantes a fuerza de irresponsabilidad. Y no digo todo, y quisiera forzarme a decirlo: los envidio, envidio a Johnny, a ese Johnny del otro lado, sin que nadie sepa qué es exactamente ese otro lado. Envidio todo menos su dolor, cosa que nadie dejará de comprender, pero aún en su dolor tiene que haber atisbos de algo que me es negado. Envidio a Johnny y al mismo tiempo me da rabia que se esté destruyendo por el mal empleo de sus dones, por la estúpida acumulación de insensatez que requiere su presión de vida…. Y todo eso lo sostengo desde mi cobardía personal, y quizá en el fondo quisiera que Johnny acabara de una vez, como una estrella que se rompe en mil pedazos y deja idiotas a los astrónomos durante una semana, y después uno se va a dormir y mañana es otro día», dice el crítico de Jazz Charlie Parker sobre Johnny Carter en «El Perseguidor» de Julio Cortázar.

Lo mismo podrá escucharse en estos días en la voz de críticos horrorizados sobre la decisión de su entrenador, Eduardo Coudet, ante un nuevo desacierto de Ricky Centurión: un futbolista de excepción que pudo llegar a Primera porque demostró tener un descomunal talento y desparpajo en el juego, tanto o más que los gestos de inmadurez y despropósitos que realizó fuera de la cancha.

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