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OPINIóN | hace 4 años

Strauss-Khan, Blatter y los viejitos chorros

Sobornos, coimas, lavado de dinero, fuga, corruptos y... ¡reelección! La figura de los principales involucrados en la causa que inició Estados Unidos.

“Aun en el banquillo de los acusados es siempre interesante oír hablar de uno mismo”

Albert Camus (1913-1960); de “El extranjero” (1942). Segunda parte, IV.

Blatter, tan tenso, sonriente e impune; sus leales en la plana mayor de FIFA, los que zafaron, los que cayeron, los que quieren ese sillón. Los veo a todos y –no hay caso– por alguna razón vuelvo a Welcome to New York, la despiadada película de Abel Ferrara donde Gérard Depardieu recrea con desmesura y genialidad el ominoso caso de Dominique Strauss-Khan, aquel director del FMI y aspirante a la presidencia de Francia que terminó preso por abusar de una mucama en su suite del Hotel Sofitel.

“Vous savez qui je suis?”, le decía Deveraux-Depardieu a Miad, la aterrada inmigrante de Guinea, mientras se le tiraba encima. El escándalo terminó con su carrera y su matrimonio. Sufrió la humillación de pasar unos días en una celda común, toleró meses de prisión domiciliaria y, antes de los dos años, la causa quedó en la nada y él, libre. La demanda civil se arregló con tres o cuatro millones, y ya. Si esta clase de gente se pudre, seguro no será en la cárcel.

La enferma obsesión de Strauss-Khan, rico y con poder, era el sexo sucio, sin límites. Estos satélites voraces de FIFA son como el reflejo en un espejo: idénticos, pero al revés. Ellos se excitan rapiñando cada billete, sin culpa y a cualquier costo, y después ven. Otro estilo, sin conflictos internos ni espesura trágica. Más berretas.

Joao Havelange, 99 años, nadador y waterpolista olímpico, doctor en leyes, tal vez el hombre más acusado por corrupción del planeta, presidió la FIFA desde 1974 hasta 1998 y la convirtió en lo que es hoy. Una multinacional imponente que mueve miles de millones, conquista mercados globales y desafía a países y gobernantes. La FIFA es el poder real, y en esa elite viscosa se movía con soltura nuestro autodidacta de Sarandí. “¡Es el vicepresidente del mundo!”, se jactaban los suyos, sin reparar mucho en las formas.

Hacia esa meca viajaba Alejandro Burzaco, CEO de Torneos cuando explotó todo. Lo anunció en su último tuit: “26 de mayo. En Londres, camino a Zurich, el Mundo FIFA”. Horas más tarde se refugiaría en otro mundo más discreto, para evitar ser detenido. El mismo camino siguieron los Jinkins, Hugo y su hijo Mariano, directores de Full Play, compatriotas y colegas en el arte de imponer su know how para quedarse con los derechos televisivos más rentables. Esto para mí, esto para vos, y todos contentos. Millones, para un mundo feliz.

Hasta que apareció ella.

Loretta Lynch, nacida hace 57 años en Greensboro, Carolina del Norte, la hija de un pastor y una cosechadora de algodón que, oh milagro, hizo realidad el viejo mito del american dream. De la humilde cuna sureña a Harvard y de allí, con el aval de Obama, al cargo de fiscal general de los Estados Unidos. Los que conocen su carácter la llaman Magnolia de Acero. Yo prefiero verla como una Sarah Vaughan, o la joven Alberta Hunter. Blues, por fin para el lamento de otros. Los que en lugar de aplaudir pueden agitar sus joyas, como dijo Lennon, en pleno Royal Albert Hall.

Asumió hace un mes y pateó el tablero. Puso en fila a los bancos UBS, Citi,  Barclays, J.P. Morgan, Royal Bank of Scotia y Bank of America; los acusó de intervenir en el mercado para manejar a su antojo la tasa de cambio dólar/euro y les impuso una multa de 5 mil millones. Después, apuntó contra los dueños de la pelota. Sobornos, lavado, evasión, dinero sucio depositado en el país. Un informe demoledor.

Blatter huye hacia adelante y acusa –sin nombrarlos– a ingleses y americanos, a quienes imagina resentidos por haber perdido los mundiales de 2018 y 2022 a manos de Rusia y Qatar. Tiene el apoyo de Asia, Africa y Putin; pero el inglés David Cameron y la alemana Merkel ya lo tienen en la mira. Con Platini y la UEFA mantiene un tenso conflicto con final incierto. Curioso mundialito geopolítico.

Caído su pollo, el tenue príncipe jordano Alí bin al-Hussein, Maradona evocó la sombra terrible de Don Julio. “Grondona le llevaba la valija a Blatter, como antes Blatter lo hacía con Havelange: ¡era él quien le compraba cada voto!”,  dijo, filoso como bisturí. La AFA, alineada a cascotazos, fue coherente con su momento histórico y votó al noble perdedor. La Conmebol, con tanto ángel caído, también.

Catorce imputados; la mitad detenidos y cuatro que se declararon culpables. Dirigentes, intermediarios, ejecutivos de medios; tipos bizarros como Gordon Blazer, hábil coimero de la Concacaf al que apodaban Míster 10% y que terminó como topo del FBI. También, caras conocidas.

La del oriental Eugenio Figueredo, 83 años, vice de FIFA y presidente de la AUF cuando Tenfield, la empresa de Paco Casal, se quedó con los derechos de todo el fútbol uruguayo. O el paraguayo Nicolás Leoz, 86, que alguna vez, harto de tanta moneda sin gloria, pidió –revela el colega Andrew Jennings– el título de Caballero del Imperio Británico para darle su voto a Inglaterra, en plena disputa con Rusia por el Mundial 2018. Un tierno.

Ni siquiera se salvó el espíritu de Don Julio, que se percibe sin ser nombrado en el punto 249 de la denuncia, de 116 páginas. Allí se detalla cómo, en 2013, la empresa Datisa –vinculada a Torneos, Full Play y Traffic– decidió pagar 110 millones en coimas para quedarse con los derechos de cuatro copas América: las de 2015, 2019 y 2023, más la Centenario 2016 en Estados Unidos. Parece que el presidente de la Conmebol –¡teléfono, Sir Leoz!–, el de la federación de Brasil –¡saravá, senhor Marin!– y el de Argentina –¡oh, no!– se habrían asegurado 15 palitos per cápita. El resto, para los funcionarios de los demás países de la región.

Es inútil. Parece que hay buenos en esta novela negra, muchachos. Pero antes que exploten de ira les recuerdo algo importante. Atenti: los viejos corruptos no existen.

Existen jóvenes corruptos, que envejecen.

(*) Esta nota fue publicada en la edición impresa del Diario PERFIL.

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