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RUGBY | hace 4 años

La legitimidad de las emociones

¿Quién tendría derecho a poner en duda todo eso que sienten Los Pumas? ¿Tenemos derecho a insultar el corazón del otro desde el desprecio por el deporte?

Esta crónica no fue escrita después del partido entre Los Pumas y Sudáfrica. Saber si la Argentina fue capaz de neutralizar la mezcla de angustia y furia rival con un equipo diezmado respecto de su formación ideal, debería haber sido imprescindible para hacer el balance del gran torneo que jugó el seleccionado conducido por Hourcade. Sumar las sensaciones de ese séptimo partido tan deseado por cualquier equipo que disputa un Mundial –de rugby o de fútbol da igual; si jugás siete, llegás al último fin de semana–, y meter ochenta minutos más en una enorme licuadora de sentimientos, emociones, certezas, orgullo y futuro.

Los últimos días de Los Pumas en Inglaterra tuvieron sensación de desbande. Muchos jugadores lesionados, otros que quedaron al margen de la elección final del cuerpo técnico y el bajón después de un partido ante Australia que quedó lejos en el desarrollo de la primera media hora, pero que, por lo que sucedió luego, detonó en la angustia de haber sentido cerca algo que parecía muy lejano. Imposible saber a esta altura –repito, a horas del partido por el tercer puesto–, si los huesos y el alma se habrán reacomodado a tiempo para hacer frente a un rival inexpugnable –la única victoria ante los Springboks en la historia fue la última vez que se los enfrentó de visitante–, herido y que, para colmo, instala el portento físico como dogma.

Este era el momento para hablar de lo que provocó Argentina en el contexto del mundo rugbístico. Ya no se trata de lo que nos parezca a mí o a usted, que queremos más o menos a la celeste y blanca en todas sus formas atléticas. Ni siquiera de la elocuencia de los números: la Argentina llegó al último día del Mundial siendo uno de los tres equipos con más puntos y más tries anotados, con más pases realizados en el contacto físico –rubro clave en estos tiempos del juego de manos–, con el goleador del torneo... Los de afuera, ésos que saben y que representan a naciones que nos ganan mucho más seguido de lo que pierden, decidieron que Los Pumas figuren entre los cuatro candidatos a mejor equipo del año. Y a su entrenador entre los cuatro más destacados del rubro. Seguramente, la decisión que se anunciará mañana favorecerá a quien haya ganado la final de ayer y se impondrán los dúos All Blacks-Hansen o Australia-Cheika. Pero los nuestros han dado ese salto de calidad que, sentimos, escribimos y dijimos, ya estaba instalado antes de la tarde histórica de Cardiff.

Tampoco se trata, necesariamente, de lo que dijo Paul Ackford, legendario segunda línea inglés: “Los Lions –combinado de las islas británicas– deberían ir de gira por América del Sur, a ver qué es eso que está pasando allá que tanto los hace brillar”. Ni lo que dijo Fabien Galthié, gran medio scrum y actual entrenador nacido en Francia: “Argentina jugó el mejor rugby de este torneo”. La elección de lo que se cuenta y se opina es parte de la subjetividad –¿parcialidad?– del periodista. Todo es manipulable si de elegir palabras se trata. Y sin siquiera mentir, lo que hace todo más riesgoso y maniqueo. Entonces, se me cruzaron los sentimientos.

Fue en la noche del jueves. En el O2 y durante un recital de U2. Sentado un instante entre una multitud de gente parada sentí la imperiosa necesidad de preguntarme públicamente si tengo derecho a dudar de los sentimientos. De los de Bono, cuando dedica un tramo importante a su tragedia irlandesa, esa del Domingo Sangriento sin culpables. De los de los tres amigos de Leicester que, en la fila de adelante, se abrazaban y desafinaban juntos Where The Streets Have No Name. Era evidente que ese momento los transportaba a su vida de treinta años atrás, con pelo, sin panza y tratando de enamorar a esas esposas que hoy los dejaron ir solos al show. O los míos, que no pude parar de estremecerme cuando durante With or Without You sentí que no me entraban en el pecho las ausencias de Carmela, Cata, Martu y Valu. Al fin y al cabo, U2 fue un puente entre mi mayoría de edad y la adolescencia de mis tres hijas mayores. ¿Qué derecho tendría yo –o quién demonios sea– para poner en duda lo que siento; eso que me quema las tripas de amor?

¿Quién tendría derecho a poner en duda todo eso que sienten Los Pumas? ¿A quién, desde una mediocridad de miseria, podría parecerle una acción de marketing la emoción por un Himno que los acerca a una infinidad de momentos de su propia vida? ¿Estamos seguros de que, tal vez, ese instante no los esté acercando a un papá que se cagó de frío veinte inviernos al borde de una cancha sin vestuarios y que ya no está? ¿O de una mamá que mira desde arriba a ese nene grande que tantas veces le detuvo el corazón por ser el último en levantarse de un scrum derrumbado?

¿Tenemos derecho a insultar el corazón del otro desde el desprecio por el deporte mientras legitimamos –nos bancamos, justificamos y hasta votamos– el profundo daño popular que genera la política del marketing?

Para muchos de estos muchachos basta encontrar un rostro familiar en la tribuna para transportarse a esos momentos entrañables que cualquiera de ustedes que haya jugado más o menos ordenadamente a algo puede encontrar en la memoria. Los desafío a que lo hagan y verán que tengo razón. Y no importa el deporte que hayan practicado.

Personalmente, ver a un equipo argentino jugar con frescura y ambición me emociona. Más me emociona que los dueños del rugby –los cinco históricos del Seis Naciones y los tres históricos del Rugby Championship– hablen de cierta revolución conceptual del rugby argentino. O que el sitio oficial del Mundial hable directamente de los “Cuatro Grandes del Sur”. Concepto desmesurado desde los números que se aferra, fundamentalmente, al rugby ambicioso y fresco que Los Pumas propusieron aun perdiendo.

¿Cómo me negaría a semejante derecho, si el Abuelo Diego jura haberme tenido en su falda cuando yo tenía dos años y Los Pumas se golpeaban duro con los franceses de Section Paloise en Gimnasia y Esgrima? Es como que vos te niegues la emoción por un gol de Boca, de River, de Laferrere o de Centro Español.

De pronto, los argentinos descubrimos que hay gente que juzga la legitimidad de nuestras emociones como quien mide el nivel de aceite del auto en una estación de servicio.

No sé qué habrá pasado contra Sudáfrica. Tal vez estemos hablando de la lógica de las apuestas que no nos consideran favoritos. Y hasta sugieren un triunfo contundente de los Springboks. No necesito esa información. No la necesito para analizar el Mundial Puma, que fue excepcional.

Menos la necesito si ando con los sentimientos a flor de piel.

Sentimientos de alguien que jugó al rugby poco y mal. Y encima se daba el lujo de ser vago y entrenarse poco. Así que, en medio de la ciénaga de mis defectos, no cuenten conmigo como un rugbier frustrado. Estuve lejísimos de serlo.

Simplemente, estoy harto de que nos pasemos la vida dudando de lo que sienten los demás.

Dudemos de las palabras de los políticos que prometen cosas hoy que, con años de poder, jamás intentaron hacer. Dudemos de los que nos dicen que se terminó el hambre mientras llenaríamos aulas enteras con los pibes que amanecen revolviendo tachos de basura. Dudemos de quienes dicen o dejan de decir según lo que lean como resultado de un Focus Group. Dudemos, ¿por qué no?, de mis opiniones, de mis berrinches o de mis sentencias.

Pero dejémonos vivir y morir en paz con nuestros sentimientos.

Esta nota fue publicada en la Edición Impresa del Diario Perfil

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