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12/06/2016

Líderes, Panamá pepas y abajo los pantalones

Cuando Messi y Maradona estuvieron juntos en la Selección. / AFP archivo.

La panquequeada de Maradona, que criticó a su Capitán en Sudáfrica 2010, se abrazó con Pelé y con el “traidor” Gianni Infantino.

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“No comprendo para qué es necesario calumniar. Si se quiere perjudicar a alguien lo único que hace falta es decir de él alguna verdad.” Friedrich Nietzsche (1844-1900), en “Fragmentos póstumos” (1883).

En el ambientillo del fútbol hay manías recurrentes, una más estúpida que la otra. El esfuerzo que hacen los cronistas para que un jugador del ocasional puntero pise el palito y confiese que se siente campeón es algo titánico, conmovedor. Tanto como la resistencia de los protagonistas, entrenados en el arte de eludir la palabra prohibida y no cantar victoria antes de tiempo. Si lo hacen y después no “cumplen el objetivo” serán fusilados al amanecer. Por los hinchas y, claro, por la prensa que durante semanas los cebó.

Cábala, terror infantil o código instalado, el gag se repite en cada torneo, vacío, abrumador. Más gracia tenía La Prensa cuando llamaba “tirano prófugo” a Perón. Lo nombraban sin nombrarlo y así, victimizándolo, alimentaban el mito, lo hacían omnipresente, fortalecían la fantasía popular del que vuelve y soluciona todo. Como Messi el viernes. Un milagro cotidiano que agiganta la cruel ilusión: “No ganar la copa será un fracaso”.

Analizar qué merece ser llamado fracaso y qué no –una discusión circu-lar, torpe, maniquea– es el nuevo hit. ¿De qué hablamos cuando hablamos de fracaso? Del terror a perder. Por eso la estética naif de los festejos y la sobreactuada tragedia de los que arañaron la gloria y se ahogaron en la orilla. Quienes ubican la verdad del lado de la estadística y los números creen que dos más dos siempre suman cuatro, dudoso resultado en cualquier actividad que involucre a seres humanos.

Esta gente rústica, sin espacio para la magia, el misterio o la paradoja, se hubiese ensañado con Van Gogh, un perdedor que no pudo vender un cuadro en toda su vida. ¡No existís, Vicentito, amargo!

Diego Simeone, preso de su propio personaje, dolido por su segunda derrota en una final de Champions –desgracia en espejo, dos veces contra el mismo rival, con méritos como para haber ganado–, eligió el camino del autoflagelo: “Perder dos finales es un fracaso”, apuntó a su propia sien y disparó una polémica estéril.

¿Qué es realmente un fracaso? “El segundo es el primero de los perdedores”, derrapó en algún mal día Ayrton Senna, el genial piloto de Fórmula 1. ¿Y los terceros? ¿Y los octavos? ¿Y los que la pelean para sobrevivir? Si Caruso Lombardi es un héroe circunstancial, ¿qué son, entonces, los que resisten en la mitad de la tabla? ¿Cómo llamar a nuestra clase media, tan pendular, tan amante de la protesta con el bolsillo vacío, tan conservadora y distante cuando el sol la entibia?

Maradona, en uno de esos ataques de contradicción suprema que tiene de tanto en tanto, abrazó a su odiado Pelé en París durante un evento organizado por Hublot, la marca de relojes que patrocina a ambos. En 2005 había hecho lo mismo en su programa La noche del 10, un éxito de rating y recaudación publicitaria que no convenía manchar, como a la pelota. El se equivocó y pagó. Ahora, factura.

Para hacerla completa, posó sonriente junto a Gianni Infantino, presidente de la FIFA, ex rival de su amigo el príncipe Ali bin al Hussein. Hasta ayer, “un traidor que le llevaba la valija a Blatter y en cuanto lo vio caer pasó de revolver las pelotitas en los sorteos a pretender su sillón”. Desde el viernes, “un hincha de los jugadores asqueado de tanta corrupción”. Entró para hacer lobby en contra del torneo ideado por los grandes y salió casi funcionario, con la promesa de ser nombrado veedor de la entidad en la AFA para controlar las elecciones y la Superliga. ¡Only in Carlitos, muchachos!

Entre saludo y saludo definió un partido “por la paz” entre sus amigos y los de Pelé, clavándola en su propio arco para que el resultado final fuera un amable 8 a 8. ¡Bravo! Hay que ser inteligente y asegurar el resultado, aconsejan ciertos estrategas. Dos reconciliaciones sospechosas, un gol en contra, los pantalones bajos hasta el tobillo… Todo sea por ganar.

La culpa la tuvo un micrófono abierto entre foto y foto. Pelé, algo incómodo, le preguntó por Messi. Maradona, a treinta años de su cumbre en México, fue honesto pese a que cuando fue su técnico lo impuso como capitán. “Es buena persona, pero no tiene personalidad para ser líder”. Nada que no sepa el fútbol planet, deslumbrado por su genio, algo perdonavidas con el Messi que dice lo que puede y como puede.

No hubo escándalo sólo porque a nadie le conviene echar nafta a ese fuego. Maradona, mentalidad binaria, necesita de un enemigo para funcionar. Messi se refugia en la pelota, su cómplice. Compararlo con el intensísimo personaje de ópera que fue y sigue siendo el inalcanzable Maradona da vergüenza ajena. Basta con eso.

No se puede tener todo, todo el tiempo, y menos en estos tiempos de cinturones ajustados. Heidi Vidal nos evangeliza, con su tono de teatro para niños. “Era mentira que podían tener luz y calefacción sin tarifas reales…”, se acongojó en la semana mientras mandaba corregir “errores de redacción” en un decreto que primero prometía cárcel a periodistas o terceros que hicieran públicos los patrimonios de ministros, directores, policías y agentes del servicio penitenciario, y después ya no. Nadie es perfecto. Una pena que no ahondara en la ilustrativa figura del túnel negro-todo-negro desarrollada por la simpática Gaby Michetti. ¡Aleluya!

La AFA sin Grondona, fundador del socialismo mafioso distributivo, continúa con su zigzagueante periplo en busca de El Dorado, infinita en su capacidad autodestructiva. Aburren.

La Selección también aburre hasta que entra Messi, su líder mudo. Uno, dos, tres. Cinco para liquidar cash a la amable Panamá pepas; tierra generosa, hermosas playas, casinos, hoteles deluxe, bancos todo-servicio, capitales on holiday, firmas fantasmas, discreción total. O casi. Mm… lugar siniestro este mundo, caballeros.

(*) Esta nota fue publicada en la edición impresa del Diario PERFIL.

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