miércoles 29 de mayo del 2024
No a las SAD

El capital simbólico de los clubes como barrera a las SAD

Ante una nueva arremetida en favor de las sociedades anónimas deportivas, la misma defensa de siempre: los clubes son de los socios, representan a las comunidades y nunca podrán ser vendidos.

Recorrer las dos cuadras que separaban la casa de mis abuelos del “Club social y deportivo El Luchador” son uno de los primeros recuerdos de la infancia que tengo vividos con Tito y Sarita. En realidad, Sarita no iba al club. En aquel momento, era una cosa más de hombres. Mi abuelo, cuando decidía llevarme al club por un lado compartía tiempo conmigo, mientras que por el otro aprovechaba para rajarse un rato de la casa. 

Así, en esas tardes compartidas con mi abuelo, y después, porque vivíamos en Caballito, en las “vacaciones alegres” de Ferro, donde mis padres me dejaban para pasar el día, entendí que los clubes son el lugar donde se respira deporte en una comunidad y así nació un amor apasionado.

Son los clubes los que desempeñan un papel crucial en el desarrollo de una sociedad saludable, porque son el primer punto de acceso a la actividad física y al deporte.  Herramientas fundamentales para la salud. En clubes de barrio y pueblo una gran cantidad de jóvenes acceden a la posibilidad de moverse y divertirse cuando, por dificultades socioeconómicas u otros inconvenientes, podrían llegar a no tenerla.

Los clubes de barrio también son el terreno fértil para despertar talentos en edades tempranas. Lugares que se transforman en semilleros de deportistas, donde aprenden y perfeccionan sus primeras habilidades esenciales. Pero no solo de actividad física vive el club, en el Luchador, mi abuelo se juntaba a jugar a las cartas con los amigos de su edad, mientras yo me movía en la canchita de atrás.

Clubes de Barrio

El tema era que el lugar era bastante chiquito. Ya en aquel momento, me parecía pequeño porque no tenía muchas actividades ni espacio, y a mí me gustaba correr.  Cuando se dio cuenta, mi abuelo desarrolló una táctica. De arranque me llevaba primero a Vélez, donde me la pasaba corriendo, y después decantábamos en El Luchador a la vuelta, cuando ya no podía mover las piernas. 

Así fue como, de tanto ir a Velez a correr, mientras mi abuelo miraba el entrenamiento de la Primera División (en la vieja cancha auxiliar de Liniers que hoy es pileta) empecé a soñar con ser futbolista. Porque aquel entonces, no existía la Villa olímpica y los futbolistas profesionales eran seres mortales que pasaban caminando por el medio del polideportivo, como un socio más, rumbo al vestuario que estaba debajo de la platea en el Amalfitani. 

Los niños esperábamos que salieran, al término del entrenamiento, para pedirle un autógrafo. Era una espera ansiosa, que hoy es imposible de imaginar. Ahora ya nadie pide un autógrafo, salvo quizás en una camiseta. Pero así fue como conseguí ese papelito que guardé como reliquia con la firma del Búfalo Funes, el Tigre Gareca y el Coco Basile, que era el DT en aquel momento. 

Además del valor del deporte, los clubes también son una escuela de vida. Un reciento donde se aprenden valores. Donde se descubre que no dependemos solo de nosotros, que hay otro al lado nuestro y si no corre o llega tarde, el que pierde es el grupo. También se aprende que el sacrificio da resultado y que la constancia en el esfuerzo es innegociable para poder obtenerlo, como también por sobre todas las cosas, aprendemos que nadie nace sabiendo sino que las cosas se aprenden con empeño y entrenamiento.

A su vez, los clubes también son constructores de identidad. Armadores de comunidad. Son los socios, son el barrio, son ciudades enteras y hasta podría decirse que son representantes del país.

Es cierto, aprovechándose de esas cualidades, hay dirigentes de clubes que han deshonrado su responsabilidad, aprovechándose del capital de los socios y llevándolos a la ruina, pero eso no habilita que los justos paguen por algunos pecadores. Ya lo decía la Biblia: “Si encontrara cincuenta justos, perdonaría a todos los demás, por amor a los justos.” Y en cuanto a labor social de los clubes, los justos son mayoría.

Para bien y para mal, un modelo de clubes como tiene la Argentina, no se replica por el mundo. Es una rareza hermosa, que no puede ser vendida, no son empresas con dueño. 

Fútbol

Ni los Verein en Alemania, ni los Sports Club del Reino Unido, ni las Associations Sportives en Francia pueden afirmar que tienen un modelo como el argentino donde los clubes no son de los municipios ni del estado, sino que son locaciones propias de la comunidad que se defienden y construyen, además de con aportes estatales, con el aporte de sus socios, tanto sea dinerario como de dedicación, constituyendo una entrega genuina de la comunidad, sin fin de lucro y sin caducidad. Porque somos millones, como la centena de periodistas de esta proclaman los que defenderemos su valor y no claudicaremos en combatir a los que quieran por la fuerza y por el billete convertirlos en sociedades anónimas. 

A los diez años, después de haber conseguido el autógrafo del Búfalo y el Tigre, los roles se invirtieron y finalmente era yo quien caminaba entre medio de la gente junto con Chilavert, el Turco Asad y tantos otros jugadores de aquel recordado equipo campeón del Mundo del 94, volviendo al vestuario.

De tanto en tanto, me pasaba que algún niño pequeño se equivocaba y venía a pedirme un autógrafo. Muchos ni siquiera sabían quién era, porque no existía futbolísticamente en comparación con todos los fenómenos que me rodeaban pero, al fin de cuentas, estaba vestido igual que ellos con ropa de futbolista. Cuando me pasaba, firmaba gustoso. Ellos no lo sabían pero, para cuando me tocó llegar a primera, mi abuelo ya no estaba vivo. Era en cada firma, recorriendo ese largo camino desde el polideportivo al estadio, donde mi memoria aquel recuerdo de vida. 

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