jueves 18 de abril del 2024
Opinión

Boca se despertó de un sueño que no le pertenecía del todo

El “Xeneize” cayó en la final de la Copa Libertadores, instancia que llegó por méritos, pero que en el fondo sabía que era un premio demasiado grande para un equipo sin argumentos.

Se terminó. Boca tuvo un golpe de realidad inmenso que lo despertó de un sueño que realmente no le pertenecía que dejó en evidencia de que se trata de un equipo que hoy trata de codearse con la gloriosa historia del club pero que en realidad está lejos de ello futbolísticamente.

Fue un torneo atípico del equipo de Jorge Almirón, porque sin encontrar una versión estable desde lo futbolístico, se topó de manera impensada con una oportunidad única de conquistar la tan ansiada séptima Copa Libertadores.

De hecho, su renuncia como entrenador post derrota con Fluminense deja en evidencia que se trataba de un equipo que dependía de alguna individualidad y del azar de los penales. 

Que llegó a la final porque hizo bien las cosas de alguna manera, sí. Pero también tuvo una cuota de suerte sumamente importante y que el destino este de tu lado tiene un saldo y Boca lo gastó en semifinales porque en la cita en el Maracaná tener suerte no era suficiente, había que tener argumentos ante un equipo que sí los tuvo.

La primera ronda la sufrió más de la cuenta con equipos, tales como Monagas y Deportivo Pereira que, sin desmerecer al rival, desde el vamos tenían que ser puntos asegurados, cuando no los fueron. Así pasó Boca a octavos de final, sufriendo, jugando mal y dependiendo de los goles de Luis Advíncula, este defensor mutado en volante/extremo que fue de los pocos que jugó el torneo a la altura de las circunstancias.

Es más, hablando de goleadores, un equipo no debería aspirar a ser el mejor de América haciendo 13 goles en todo el torneo, de los cuales cuatro fueron en la única victoria holgada con Monagas en fase de grupos y que en total tuvo como goleadores a tus defensores (cuatro de Advíncula y dos de Weigandt) y que tus delanteros hagan solo cuatro, dos de Vásquez que ya no está, uno de Merentiel y uno de Cavani, la gran cuenta pendiente.

Ahora bien, el primer paso estaba dado y se avecinaban los octavos de final. Parecía que encontrando algunos nombres y su lugar en la cancha Boca podía y debía dar un salto de calidad en cuanto al juego, como lo hizo River, en 2015, certamen en el que entró por la ventana a la siguiente ronda y se dio cuenta a tiempo que había que cambiar, sino el resultado no sería el esperado.

¿Boca cambió? No. Es más, generó más dependencia sobre algunos nombres. Específicamente en el de Valentín Barco y Sergio Romero que en los penales hizo algo inhumano de atajar dos remates de cinco en cada una de las tandas que afrontó en octavos, cuartos y semifinales.

Es cierto que estirar un partido a los penales es porque, dentro de todo, algunas cosas las hiciste bien, pero para un equipo como Boca llegar a esa instancia en todos los partidos es alarmante. Los penales han estado del lado del Xeneize en su historia, pero siempre y cuando se acompañe con ideas.

Remontando a la última final que jugó Boca en 2018, el equipo de Guillermo Barros Schelotto que no tuvo el final deseado, pero no ganó ningún choque de eliminación por penales, cuando insistimos es válido ganar así, porque tenía un equipo que sabía a qué jugaba.

Volviendo a la última copa: en octavos se ganó por penales ante un Nacional que el empate en Uruguay fue válido por lo duro que se presentó el partido en el país vecino, pero de local se tentó al diablo llevando la definición a penales cuando era un partido que se podía ganar sin demasiados sobresaltos.

Romero figura y Boca inflaba el pecho, cuando en el fondo los argumentos seguían sin aparecer. Con Racing fue lo mismo, en La Bombonera era un partido para bajarle la persiana a la serie y si queres, aguantar el resultado en Avellaneda, pero no fue así.

Ni con la presencia de Edinson Cavani fue suficiente que, dicho sea de paso, el delantero despertó ilusión por su enorme figura, pero que hasta ahora sigue siendo una cuenta pendiente.

Otra vez el Chiquito agigantaba aún más las esperanzas de Boca que no solo seguía sin jugar a nada, sino que también descuidó su realidad en la Copa LPF y en la Copa Argentina estuvo al límite, ganando también por penales y seguir con vida en dicho certamen, torneos que ahora con la caída con Fluminense cobran importancia de nuevo.

Aparecía Palmeiras, el primer gran rival que tenía Boca en la copa. No porque los otros equipos no lo hayan sido, sino en el sentido de que el equipo brasileño en la previa tenía más argumentos y favoritismo para ganar el pasaje a la final.

En el paso previo a la final, Boca hizo más de lo mismo. Jugó bien a cuentagotas, empatando, de manera riesgosa en Buenos Aires demostrando que fue un equipo poco efectivo en los últimos metros, para definir la llave en el hervidero que fue Brasil.

Esos primeros 20 minutos en la revancha con Palmeiras deben haber sido los mejores en el torneo. Presionó y llegó al gol acercándose a una gran versión, pero que con el 1-0 se conformó y bajó la guardia.

Dicho y hecho, si le cedes la pelota a un equipo brasileño y le otorgas el protagonismo va a ser difícil de aguantar. A pesar de una excelsa actuación de Romero, otra vez, bajo los tres palos, el Palmeiras encontró el empate y no lo ganó porque se despertó tarde, como le pasaría más tarde a Boca en la final.

Otra vez en esta aura que generó Romero, los penales jugaron a favor de Boca, que pateó bien, en todas las tandas y que sabía que uno o dos su arquero atajaba. Así, el paso impensado, por cómo empezó todo, se dio y Boca jugaba una nueva final de Copa Libertadores agarrado de una ilusión con pocas ideas, que de haber sido un resultado positivo se convertía en una hazaña única.

Resguardándose en los penales que atajó Romero, en algunos chispazos de Barco, también por momentos de Cristian Medina con Equi Fernández y en la mística de las coincidencias con la última conquista de Boca en América, el Xeneize llegó a la final donde en frente aparecía Fluminense que jugó como se juega este tipo de torneos.

Metiéndonos de lleno en la final, los primeros 45 minutos Boca los regaló. Un equipo dubitativo, que no presionó, cuando pudo hacerlo, que no quería la pelota y que al igual que con Palmeiras, le regaló el protagonismo.

Jugando a dos toques y con paciencia Fluminense se encontró con el gol y por cómo se daba el partido parecía que la hazaña de Boca se escurría de los dedos.

Sorpresivamente el equipo de Almirón cambió su imagen y dio una muestra de carácter digna de un equipo que realmente quería ganar. El gol llegó no solo por una brillante y corajuda acción de Advíncula, sino porque el equipo adelantó sus líneas y se adueñó de la pelota, como tuvo que hacer desde un principio.

Pero es eso, Boca se acordó tarde de cómo jugar esta final. Lo demostró, si tenía ganas y se animaba a plantear el partido de otra manera el resultado habría sido otro, porque el rato que jugó como se tiene jugar este tipo de encuentros, superó al rival.

Así el Xeneize estiró la definición al tiempo extra de manera “meritoria” demostrando que tiene jugadores capaces, pero que nunca tuvieron en claro del todo cómo jugar esta copa. Jugar bien de a ratos no es suficiente para ser el mejor de América.

Sumado a eso, las piernas ya pesaban, los entrenadores movieron piezas, Diniz bien, Almirón mal, sobre todo con la salida de Figal que empujaba el equipo para adelante, y el que pegó fue Fluminense en otra jugada a dos toques ante una marca pasiva de Boca.

De esta manera, el Xeneize en la final hizo lo mismo que en octavos, cuartos y semis: jugó un rato, buscó el empate, se conformó e intentó llegar a los penales para depositarle toda la responsabilidad a Romero que, con las estadísticas a su favor y la confianza por las nubes, seguramente el ganador era el equipo de La Ribera.

Pero a pesar de planearlo no fue así. Boca especuló, regaló un tiempo y el que aprovechó los momentos justos y jugó o demostró que salió a jugar como una final desde el vamos fue Fluminense.

A fin de cuentas, el Xeneize llegó por méritos a la final y nadie le quita eso. Jugando bien o mal, dependiendo de uno o dos nombres llegó. Pero el fútbol es muy tirano, la suerte tiene un saldo y Boca lo gastó con anticipación y en la final se despertó de un sueño que realmente no le pertenecía.

Los pibes siguen siendo pibes

Cómo último argumento de esta atípica Copa Libertadores que jugó Boca que parecía que se la llevaba más por cosas del destino que por argumentos, otro de los grandes errores que se le hizo oídos sordos fue cargar con semejante responsabilidad los hombros de chicos de 19, 20 y 21 años.

El hecho de que los Barco, Medina, Fernández y Valentini estén asentados en la primera del club que los vio nacer, jugando una Copa Libertadores es prometedor, lo que todo equipo quiere. Pero a ese joven talento, que de manera lógica estuvo más apagado por los nervios de una final tan grande, debe ser acompañada de experiencia.

A Boca le faltó una voz de mando en el equipo, que pudo ser Marcos Rojo, que también deja su figura en tela de juicio haciéndose expulsar de manera infantil en la semifinal. A Barco y Medina, en mayor medida, porque Equi si entendió más cómo jugar con Fluminense les faltaron dos gritos para acomodarlos y calmarlos.

Sumado a eso, más allá de que alguien te pueda guiar dentro de la cancha, un jugador tan joven que indiscutiblemente es talentoso, los nervios y la ansiedad le pueden jugar una mala pasada. Allí es donde tienen que aparecer los Cavani, los Benedetto, poniéndose al hombro el equipo por experiencia y por definir los momentos clave.

Por eso, a Boca le faltó eso: argumentos consolidados para jugar, no solo por momentos y nombres que estén a la altura de la historia del club acompañado a los jóvenes talentos que hicieron todo lo posible pero que dejaron en evidencia que todavía les falta madurar futbolísticamente.

JP

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