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12/06/2018

Bienvenido a Rusia el club de amigos de Messi

Buena variedad en el menú de la delegación Argentina que está en Rusia. //AFP

Para muchos fracasados, para otros los mejores, esta generación de futbolistas tendrá una nueva posibilidad de sacarse la espina en un Mundial.

Es curioso leer y escuchar como tildan de fracasados a esta generación de jugadores de la Selección Argentina por haber perdido tres finales consecutivas entre 2014 y 2016. Para perder una final, primero hay que llegar y para llegar, antes hay que hacer las cosas bien, desde la planificación de los dirigentes hasta el trabajo en cancha en los entrenamientos, pasos que el fútbol argentino acostumbró a saltearse enceguecido por la búsqueda de resultados a como dé lugar.

Los que ponen a Alemania como ejemplo a seguir se olvidan que los vigentes campeones del mundo se quedaron varias veces en las puertas de la gloria antes de levantar la copa en Brasil. En el Mundial 2006 que organizaron cayeron con Italia en semifinales, en la Eurocopa 2008 perdieron la final con España, en Sudáfrica 2010 volvieron a mancarse en semis contra el mismo rival y en la Euro 2012 otra vez la Azzurra les marcó el límite en semifinales. Y ya como campeones del mundo, en 2016, el local Francia volvió a mandarlo a casa en semifinales.

Es decir que Alemania no perdió tres finales porque ni siquiera llegó a esas instancias y sin embargo, Joachim Löw, que era el ayudante de Jürgen Klinsmann en 2006, dirige a su selección hace doce años y nadie lo pone en duda porque es parte de un proyecto que lo ampara y lo protege, y desde su lugar él ha sido parte fundamental de la transformación del fútbol alemán, que viró de la potencia física como su principal arma a un juego asociado y con pelota al piso que practican gran parte de los equipos de la Bundesliga.

En cambio, si Argentina fue protagonista de los torneos que disputó se lo debe exclusivamente a los jugadores. Sin un proyecto serio y con constantes cambios de entrenadores sin ninguna lógica o continuidad entre uno y otro, fueron ellos los que provocaron esa ilusión en los hinchas. Y claro, el sinsabor de las finales perdidas provoca que la angustia y la decepción sean directamente proporcionales con la expectativa generada. Sí se puede analizar y criticar cómo jugó Argentina cada una de las finales desde el plano futbolístico y seguramente hay cuestiones para reprochar pero llamarlo fracaso parece exagerado, incluso en la Copa América 2016 donde no tuvo rivales fuertes en su camino a la definición y el único partido comprometido lo perdió por penales con Chile el día que Messi destrozado anímicamente renunció a la Selección.

Hoy, en vez de disfrutar de la posibilidad de disputar un Mundial, estos jugadores tienen sobre sus hombros la presión de tener la obligación de ganar porque otra cosa no sirve. Con Messi a la cabeza, pero también Mascherano, Higuaín, Agüero, Di María, Biglia, Banega, Rojo y Otamendi merecen esta nueva (y muy probablemente la última) oportunidad de quedar en la historia de la Selección Argentina. Porque méritos ya hicieron pero nunca acompañó esa cuota de suerte necesaria que tiene todo equipo campeón, bienvenido el club de amigos a Rusia. 

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