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18/11/2018

Trastorno de ansiedad

Finalísima. Guillermo y Gallardo: los protagonistas también se tensionan. //NA-Fotobaires

Lejana quedó la Bombonera. Todas las miradas apuntan al Monumental. Las distintas variantes las imaginamos en el estadio de River. Los desenlaces que soñamos cuando podemos conciliar el sueño y tratamos de acercarnos al partido que estamos anhelando hace varias semanas. El calendario marca una espera de menos de siete días. Y así estamos: esperando.

Tensión, estrés, furia, esperanza, miedo, inseguridad, euforia, alegría. Todo eso, todo el tiempo. De 0 a 100. Cuesta dormir, cuesta comer. Solo podés pensar en los distintos escenarios de lo que será y de lo que podría haber sido. “¿Cómo se va a desgarrar Pavón?”, “¿qué pasaba si entraba el cabezazo de Santos Borré?”, “¡justo Izquierdoz, que venía tan bien!”, “¡gracias a Dios por las atajadas de Armani!”. Y la pregunta que no distingue clubes: “¿Qué va a pasar en el Monumental?”.

La ansiedad se agiganta. Trepa, nos abraza. Algunos festejan, otros se preocupan y esos mismos sentimientos se intercambian.

Como cuando, en la primera entrevista de laburo, te avisaron que te llamaban, si quedabas o no quedabas, pero pocas veces ocurría. O como cuando éramos adolescentes sin celulares y pasábamos días sin saber de esa persona. O la vuelta a tu casa después de un examen con la duda, la certeza y otra vez la duda sobre si respondiste bien todas las preguntas. O cocinar para alguien y esperar que le guste (lo hice pocas veces pero recuerdo perfectamente esa sensación entre la cocción y el primer bocado). O aguardar el resultado de un estudio médico, o ese bondi que no viene más o el famoso “tenemos que hablar”. La primera cita con alguien que te gusta un montón. Agarrar la pelota para patear un penal. Las últimas páginas de un libro que te atrapó. Ir a un torneo y esperar la calificación cuando competía en gimnasia rítmica. Tener un planazo y pensar cómo convencés a tus papás para que te den el mejor “sí” del mundo. Estar embarazada de mellizos y tener la panza gigante y una acidez tremenda.

La ansiedad se hace carne. No podemos hablar de otra cosa. En cualquier lugar, todo se vuelve una charla de café. Todo el tiempo recibo mensajes de amigas y amigos que me consultan si Boca va a jugar con los dos 9 o si River va apostar de vuelta a la línea de cinco defensores y analizan las diversas opciones sobre quién salió más favorecido con el empate.

El comentario sobre el clima que nos hacemos entre vecinos en el ascensor ahora se transformó en un debate sobre cuál de los dos equipos se fortaleció más esta semana. Y por supuesto ya estamos mirando el pronóstico para comprobar si eso que escuchamos de que también se jugará con lluvia está confirmado en algún pronóstico superpoderoso. La cena familiar es una fuente de datos inagotables que condicionan las variantes de este resultado: los últimos partidos de Boca en Núñez, el poderío de Gallardo en los cruces mano a mano, la conducción de los mellizos Barros Schelotto, el gran presente de Benedetto o la efectividad del Pity contra el Xeneize. Y nada tranquiliza, todo genera más y más ansiedad. Te mordés las uñas, te levantás en mitad de la noche a comer algo, tomás agua todo el día, salís a caminar, escuchás música. Pero siempre, de alguna forma, te cruzás con esta final histórica.

“Mano a mano hemos quedado, no me importa lo que has hecho, lo que hacés ni lo que harás”, dice un tango que me encanta. Y así están parados ambos equipos. Rivales, no enemigos. Pero con las ganas de ganar, de matar la ansiedad, desterrar la tensión e ir por la gloria. Hacerse fuerte de local o ir por la heroica de visitante. Dejar la vida en cada pelota y soportar la presión de las tribunas y la cabeza. Ignorar a los de afuera y solo escuchar los latidos del corazón. Ya no importa lo que hicieron en la Bombonera, hoy está todo abierto y cada uno se juega la chance a su manera. Nada se definió. El factor psicológico juega y les suma pesadez a las piernas. La presión es neutral. No hay ventajas a la vista.

¿Quién ganará? Seguiré analizando posibles formaciones de River, repasando antecedentes, trazando líneas de ataque en la versatilidad que presenta el equipo de Gallardo. Seguiré evaluando cómo hará Boca para poder recuperar el balón lo más rápido posible y atacar velozmente. Y también seguiré respondiendo mensajes con la información que voy recabando poquito a poquito.

Mientras tanto, cruzamos los dedos. Analizamos, cuestionamos y suponemos. Falta menos para el final. Y no se habla de otra cosa. Hasta mis hijos, de 4 años, me preguntan con ligereza e inocencia algo que no puedo responder: ¿mamá, quién va a ganar?

Esta nota fue publicada en la Edición Impresa del Diario Perfil.

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