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16/09/2019

Argentina subcampeona: no me hablen de milagros

Leyenda y promesa. Luis Scola y Facundo Caffaro se abrazan con la medalla de plata conseguida en el Mundial de China. / AP

La histórica actuación en el Mundial tiene explicaciones. Trabajo y sacrificio para un grupo que comenzó a gestarse hace dos años.

Una vez consumado el pase a semifinales del Mundial de China tras el triunfo sobre Serbia, el gran candidato al título por ese entonces, Luis Scola le dejó un mensaje a quienes creían que los éxitos de la selección argentina de básquet eran obra de algo divino, excepcional y que no podían explicarse. “Me molesta que la gente siga hablando de milagros, siga hablando de sorpresas, siga hablando de que nadie cree. Les diré, hubo 22 personas que creyeron durante los últimos dos meses que íbamos a estar acá. Esto está lejos de ser un milagro”, expresó el capitán de 39 años, aún con la transpiración del juego en su rostro y el pecho agitado.

La medalla de plata ganada, tal como explicó perfectamente Sergio Hernández tras caer 95-75 con España en la final, tiene un valor enorme en la historia de nuestro deporte y no fue obra de la casualidad, ni de una racha de siete triunfos consecutivos o de una mala noche del rival de turno. Para llegar a esa impensada definición, hubo un sinfín de esfuerzos colectivos y sacrificios individuales que acompañaron al talento natural de cada integrante del plantel.

Este grupo de aventureros que terminó con el subcampeonato en China comenzó a madurar mucho antes. Argentina inició su ciclo mundialista en septiembre de 2017, en la AmeriCup, donde se logró el segundo puesto tras perder la final contra Estados Unidos. Aquel equipo lo integraron 11 de los 12 que jugaron el Mundial. Solo faltó Agustín Caffaro. El pivote Javier Saiz ocupó su lugar.

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Luego llegaron las eliminatorias en noviembre de 2017, la holgada clasificación al Mundial con tres fechas de anticipación y la medalla de oro en los Juegos Panamericanos de Lima 2019 con el mismo equipo que viajó a la Copa del Mundo. El grupo permaneció concentrado más de dos meses. ¿Qué otro seleccionado de primera línea habrá pasado por un proceso similar?

Pero podemos ir más atrás o ahondar en ejemplos puntuales para explicar el llamado “milagro”. Scola, por caso, no se tomó vacaciones. En silencio, se construyó una cancha de básquet en su campo, en la localidad de Castelli, Buenos Aires. Lejos de los ruidos de la ciudad, comenzó su pretemporada entrenando solo o con sparrings, supervisado por su preparador físico, Marcelo López, y llevando adelante una dieta específica para “volar” en la cancha como si fuera un pibe. Los resultados quedaron a la vista de todos: Luifa se convirtió en el segundo máximo anotador de la historia en mundiales, el jugador con más presencias en dicho torneo e integró el quinteto ideal. No hubo milagros, sí trabajo y dedicación para potenciar ese talento.

Facundo Campazzo entendió que para ser un base de élite en Europa y superar el estigma de la talla (1.80 metros) debía cambiar su alimentación y tomó los consejos de Ginóbili y Scola para dar ese salto. Hoy no tiene techo, brilla con la selección y es intocable en el Real Madrid. Qué decir de Patricio Garino, Nicolás Brussino y Nicolás Laprovíttola, quienes no tuvieron el paso deseado por la NBA, pero se reinventaron para ser figuras a nivel FIBA. Lapro tuvo que volver a encontrar su lugar en el mundo luego de pasos cortos por equipos de Lituania, España y Rusia. Llegó al Joventut de Badalona, fue MVP de la liga ACB y lo contrató el Real Madrid… ¿se trató de un milagro?

O Gabriel Deck, el chico de Colonia Dora, un pueblo de 2500 habitantes del interior de Santiago del Estero, quien jugaba al básquet en el campo, con 40 grados, en una precaria cancha que le armó su padre. Esa pasión lo llevó al club Quimsa, donde fue campeón y más tarde no pararía hasta coronarse en el fabuloso San Lorenzo. Hoy está en Real Madrid y muchos se preguntan cuánto tiempo le queda allí antes de pasar a la NBA… ¿Otro milagro?

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El último de los “milagros” quizá tenga que ver con el director técnico: Sergio Santos Hernández. Su ciclo en la selección mayor arranca en 2005 tras el paso de Rubén Magnano con la Generación Dorada. Dirigió tres mundiales (2006, 2010 y 2019), dos Juegos Olímpicos (2008 -bronce- y 2016), es el técnico más ganador de la historia de la Liga Nacional y fue campeón con Estudiantes de Olavarría, Boca y Peñarol. Pero hay un dato más impactante. Es el de una transición perfecta que puede ser la explicación de este fenómeno: Cuando Magnano fue técnico en Atenas 2004, Julio Lamas era uno de sus asistentes. Cuando a Lamas le tocó volver a asumir como DT principal, Hernández acompañó. Y cuando Hernández condujo en 2008, Lamas le brindó su apoyo. No se dio este año porque Lamas dirigió al seleccionado de Japón.

La continuidad de un proyecto y la coherencia para mantenerlo, aún si no se obtienen los resultados esperados, también forma parte del éxito de este Mundial y de la clasificación a los Juegos Olímpicos de Tokio 2020. La comunión de todo un grupo de trabajo -entrenadores, preparadores físicos, nutricionistas, kinesiólogos, médicos, prensa y jugadores- es otro argumento. La conformación de un buen grupo humano también hace más fácil alcanzar objetivos.

Esa medalla de plata, que ningún jugador argentino se quiso sacar del cuello ni bien se la colgaron, es el fruto de todo un proceso de trabajo, planeamiento y sacrificio. De algo estoy seguro, no hubo milagros.

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