domingo 18 de abril de 2021
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OPINIóN | 21-03-2016 16:22

Ingenuos, dólar Godot y clubes a dos pesos

Macri espera el ingreso de capitales privados pero la lluvia verde no cayó. Las Sociedades Anónimas Deportivas y el caso Elizondo, divorcio y penales.

Estragón: Pregunto si estamos atados.

Vladimiro: ¿Atados?

Estragón: Atados.

Vladimiro: ¿Cómo atados?

Estragón: De pies y manos.

Vladimiro: Pero, ¿a quién? ¿Por quién?

Estragón: A tu buen hombre.

Vladimiro: ¿A Godot?¿Atados a Godot? Vaya idea…En absoluto! (pausa) Todavía no.

Del primer acto de “Esperando a Godot”, (1952); Samuel Beckett (1906-1989).

Fuimos demasiado ingenuos. Eso acaba de confesar uno de los colaboradores más cercanos al presidente Macri. “Nos reuníamos con empresarios, inversores locales y del exterior. Todos nos prometían inversiones por doquier, millones de dólares. Nosotros los veíamos convencidos y nos convencían. Fuimos demasiado ingenuos”.

Es así. La anunciada lluvia de dólares que iba a nutrir los campos de la patria y las billeteras clase media que hoy ahorran para la próxima factura de luz nunca llegó. Como Godot. ¿Puede haber tanta falta de compromiso entre caballeros, gente que se ve cada año en Davos o en el country? Por favor. Duele tanta ingratitud.

¿Habrá que ser tan ingenuos como ellos y creerles todo? ¿O será que gracias a esta sequía y en pleno arreglo friendly con los buitres ya estamos listos para volver al mundo, es decir: tomar deuda hasta un neoorgasmo liberal? Quién sabe, ¿no?

Por cierto, el presi Mauri volvió a la carga con un viejo proyecto: permitir que los socios de los clubes de fútbol elijan si siguen como asociación civil sin fines de lucro –mal o bien, conducidas por ellos mismos– o pasan a ser una SAD (Sociedades Anónimas Deportivas), empresa privada con un dueño, directorio, acciones, planes de negocio, oficinas y capitales de aquí o de allá, esas cosas. Coherente, en 2001 Macri propuso con fervor juvenil el ingreso de capitales privados para los clubes en la AFA ultragrondonista. Perdió 38 a 1. El uno fue su voto, claro.

Las experiencias de empresas al mando de clubes en Argentina no han sido un jardín de rosas. Más bien, lo contrario. Racing, por ejemplo, fue gerenciado por Blanquiceleste, del empresario Fernando Marín –el mismo que hoy maneja el fútbol para la televisión– y en situación terminal –ya con Marín afuera–, por Fernando Di Tomaso, que irá a juicio oral “por administración fraudulenta”. ¿Es Di Tomaso un hombre sin virtud, un cabeza de turco, diez dedos pegajosos, u otro ingenuo que esperaba a Godot, un rocío verde que le escamotearon? Un poco de todo, quizá.

Mi profunda desconfianza a las SAD de ninguna manera debe leerse como un elogio a los dirigentes nativos que, salvo una minoría admirable, son de terror. Pero reemplazar Guatemala con Guatepeor y sus toneladas de dólares genuinos o wash and wear ya es demasiado, aun para este país.

Todavía no hay proyectos para reemplazar a los árbitros por nubes de drones, robots, microcámaras. ¡Aleluya! Este año la UEFA –lo que quedaba de ella– aprobó el uso del Ojo de Halcón, método exitoso en el tenis y que en el fútbol resolverá –a quien pague 150 mil dólares–, el misterio del pique en la línea del arco.

Apoyo a que la tecnología nos resuelva esa clase de dudas. El resto, insisto, que siga siendo el juego. Dialéctica y negatividad que comparten veintidós futbolistas y tres árbitros. Un fútbol tecnologizado por completo sería otra cosa. Un juego perfecto, justo, prolijo, racional, lógico, impoluto. Una porquería.

A los árbitros se lo juzga de manera inhumana. La tecnología los tortura con mil repeticiones y los hinchas los creen infalibles: ven intencionalidad en cada fallo, a favor o en contra. Horacio Elizondo, inmortalizado por la roja a Zidane después del cabezazo a Materazzi en Alemania 2006, fue un árbitro serio, equilibrado hasta para opinar sobre sus colegas. Pero alguna vez atravesó una racha fatal.

De pronto, no cobró más penales. Toda acción en el área era “siga, siga...”. Como los errores se repetían, Juan Carlos Loustau, director de la Escuela de Arbitros, lo convocó para revisar videos editados con su trabajo. “¿Qué ves?”, preguntó el profesor. Elizondo respondió: “Esa es una falta dudosa, pero aquellas dos eran penal, y la mano también…”.

Loustau lo sorprendió: “Mirá. Acá hay un patrón común a todas las jugadas. Estás corriendo en el área. Error. Allí hay que pararse, firme, porque es el lugar donde hay que tomar decisiones importantes. Desacelerá. Mirá lo que pasa, bien afirmado, con perspectiva”.

Click. Eso sintió Elizondo en la cabeza. En lugar de seguir pensando en los benditos penales, sintió que estaba frente a un tema mucho más trascendente para su vida: “Cuando habló de ‘firmeza’ y de ‘decisiones importantes’, pensé en cosas que venía trabajando en terapia y no podía resolver. Me di cuenta de que los penales de verdad no estaban en la cancha sino afuera. Ahí tenía que tomar la decisión más importante, me equivocara o no”.

Horacio Elizondo descubrió, gracias a una falla técnica no común en él, el motivo de su angustia. Su crisis de pareja. Cuando por fin enfrentó el tema de su divorcio, todo volvió a encausarse, aun con dolor. Penales incluidos, por cierto.

Heideggeriano módico, me enfurece que el ente domine cada vez más al sujeto. Me quedo con Elizondo y su valor para enfrentar su error, su angustia. Prefiero a un hombre falible que arbitre a equipos de futbolistas falibles, dirigidos por técnicos falibles, criticados por periodistas falibles y vistos por millones de falibles. Prefiero un presidente falible al que podamos remover por el voto a un dueño sonriente que nos robe los colores.

Racing ganó un título en 2001 mientras el país agonizaba, juraban cinco presidentes en una semana y yo tenía un pasaje de ida a Madrid a ver si zafaba o me tiraba del Viaducto. Más allá de Merlo y su táctica, ay, no podía sacarme de la cabeza que ése, mi club, había pasado a ser una empresa de Marín. Gritar sus goles era como... celebrarle un balance. Uf.

¿Y ahora suena de nuevo el mismo blues?

Oh, no. Gracias muchachos. Ya contribuí.

Esta nota fue publicada en la Edición Impresa del Diario Perfil.

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