Redactor de 442
El almanaque de Boca marca un aniversario que no es una simple fecha, sino la columna vertebral de su mística internacional. Un 1° de agosto como hoy, pero de 1978, el Xeneize lograba el primer de sus tres campeonatos mundiales tras vencer categóricamente por 3-0 al Borussia Mönchengladbach en el Wildparkstadion de Alemania, en la revancha de la Copa Intercontinental. Un hito en la historia que cumple 48 años.
Luego de la mítica victoria por penales ante Cruzeiro en la Copa Libertadores, Boca clasificó a este torneo mundial por primera vez en su historia. Su rival no sería cualquier equipo: ante la negativa del Liverpool de jugar la final, ingresó el temible subcampeón alemán, que era una potencia de la Bundesliga. El Mönchengladbach, que había perdido 3-1 la Copa de Europa frente a los Reds, hizo todas las tratativas que debían hacerse y llegó a un acuerdo para disputar la gran final, la cual se disputaba a ida y vuelta.
Tras un electrizante 2-2 en la ida disputada en La Bombonera, con los recordados goles de Ernesto Mastrángelo y Jorge Ruso Ribolzi, la sensación generalizada en la prensa argentina de la época era de vulnerabilidad. La vuelta en Alemania pintaba ser trágica para los oriundos de La Ribera.
Fue allí donde emergió la figura de Juan Carlos Lorenzo. Siendo un director técnico totalmente adelantado a su época, el Toto planificó la revancha con una precisión quirúrgica. Decidió viajar a Europa con semanas de anticipación para diseñar un plan perfecto. Y así lo logró.
En apenas 35 minutos de un primer tiempo inolvidable, Darío Felman, Ernesto Mastrángelo y Carlos Salinas anotaron los tres goles que enmudecieron a los cronistas europeos.
Con figuras como Hugo Orlando Gatti en el arco, la seguridad en el medio del Chapa Suñé y el despliegue de los marcadores centrales José Luis Tesare y Miguel Bordón, Boca anuló por completo la máquina germana y demostró de qué estaba hecha su mística azul y oro.
Aquella conquista inició una época dorada implacable, la base de un éxito rotundo que se iba a manifestar en los próximos años: entre tantos títulos domésticos, llegaron cinco Copa Libertadores (1978, 2000, 2001, 2003 y 2007) y dos Intercontinentales más (2000 y 2003).
Boca empezó a sellar su nombre en los libros sagrados del fútbol argentino e internacional. No obstante, en los últimos tiempos, el club no prolongó esa leyenda que había construido por más de 30 años.
El contraste brutal con el presente
A 48 años de semejante travesía épica, la realidad del club devuelve un reflejo bastante incómodo. La efeméride no encuentra al mundo Boca festejando, sino masticando la preocupación y la bronca por un presente que podría ser glorioso, pero que arrastra una pesada mochila histórica.
Para encontrar la última copa internacional hay que viajar en el tiempo hasta la Recopa Sudamericana 2008. Desde aquel festejo han pasado casi 18 años. Si bien el club mantuvo la presencia competitiva llegando a varias finales de Copa Libertadores, la caída en 2012 ante Corinthians, la dolorosa derrota de 2018 frente a River y la más reciente en 2023 contra Fluminense, el impacto de no poder dar ese estocazo final está desgastando la histórica chapa del club.
Además, la sequía no se limita solo a las fronteras continentales: la última consagración a nivel nacional fue la Supercopa Argentina 2022, cuando venció 3-0 a Patronato. Un contraste brutal para una institución que estaba acostumbrada a dar vueltas olímpicas.
Para colmo, el pálido paso a los octavos de final de la Copa Sudamericana este último miércoles ante O'Higgins de Chile no hizo más que exponer de manera categórica esta grieta identitaria. Avanzar sufriendo hasta la tanda de penales, pidiendo la hora en Chile y mostrando severas falencias de funcionamiento deja al descubierto la realidad del club: un equipo al que le cuesta horrores imponer jerarquía ante rivales de menor calidad, sin volumen de juego y expuesto a constantes papelones internacionales.
Boca pasó de tener un plantel disciplinado, consciente de sus virtudes y despiadado, como el de 1978, a otro dubitativo que ha perdido el respeto que imponía por ser uno de los clubes más grandes de América.
La mística no es un amuleto que gana partidos por sí solo. La mística se alimenta con hambre, trabajo, temple en los momentos precisos y líderes, tanto dentro como fuera de la cancha, que entiendan la exigencia que demanda portar la camiseta azul y oro. Para volver a ser ese Boca que domina el continente, primero hay que volver a sentar las bases con la inteligencia, el orgullo y el corazón con los que aquellos héroes del 78´ plantaron bandera en Europa.
FMZ
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