Juan Román Riquelme en La Bombonera Foto: AFP
MUNDO BOCA

Juan Román Riquelme, el amor de Boca y una estrella que puede cambiar el clima político

El Xeneize volvió a festejar y Juan Román Riquelme consiguió algo más que una nueva estrella para el club: un respaldo deportivo que necesitaba para atravesar un clima político cada vez más hostil. La llegada del Vasco, el regreso de Leandro Paredes y la necesidad de dejar los egos de lado fueron parte de un camino que terminó con Boca en lo más alto.

domingo 08 de noviembre de 2026 | 05:30

En Boca, a Juan Román Riquelme se lo puede discutir por sus decisiones, por sus formas, por sus elecciones futbolísticas y hasta por su manera de conducir. Lo que difícilmente pueda discutirse es el amor que le tiene el hincha. Román es una figura que atraviesa generaciones, una parte fundamental de la identidad xeneize y, probablemente, el futbolista más importante de su historia. Pero hay una verdad que ni siquiera su idolatría puede modificar: con el amor no se ganan campeonatos.

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Durante demasiado tiempo, esa diferencia fue el principal problema de su gestión. El respaldo popular que lo llevó a la conducción convivió con un clima político cada vez más hostil, con una oposición que encontró argumentos para cuestionarlo. La gente puede perdonar muchas cosas, pero necesita ganar. Y Riquelme, que conoce mejor que nadie lo que significa ponerse esa camiseta, también tuvo que aprenderlo desde el otro lado del mostrador.

La consagración en la Tabla Anual, que le permitió a Boca alcanzar los 75 títulos oficiales, no resuelve todos los problemas institucionales ni convierte automáticamente en buenas las decisiones que fueron cuestionadas. Pero sí cambia el escenario. Los títulos tienen una capacidad que ningún discurso político puede reemplazar: ordenan el clima, fortalecen liderazgos y les devuelven argumentos a quienes conducen. La oposición seguirá existiendo, aunque ahora tendrá que discutir desde otro lugar.

En ese recorrido hubo dos incorporaciones que merecen una lectura particular: la llegada del Vasco Arruabarrena y la de Leandro Paredes. Porque, a veces, para que un proyecto florezca no alcanza con rodearse de quienes piensan igual o con sostener las propias convicciones. También hay que reconocer errores, escuchar otras voces y abrirle la puerta a personas con las que no necesariamente existe una relación intima. El objetivo tiene que estar por encima de cualquier diferencia personal.

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La llegada del Vasco representó una decisión que obligó a mirar más allá de los nombres propios y de las relaciones personales. Algo parecido ocurrió con Paredes. Su regreso no significó solamente sumar a un futbolista de jerarquía internacional, también fue una señal de que Boca necesitaba recuperar referentes, experiencia y sentido de pertenencia dentro de la cancha.

En ese sentido, la presencia de Paredes y la llegada del Vasco pueden leerse como parte de una misma búsqueda: entender que Boca necesitaba algo más que la figura de Riquelme para volver a ganar. El presidente no tenía que ser el protagonista de todas las decisiones ni tener siempre la última palabra futbolística. Su responsabilidad era construir las condiciones para que el equipo funcionara. Y eso también implica saber correrse, confiar y aceptar que otros pueden aportar soluciones.

Perderse es humano. Incluso para alguien que fue capaz de hacer cosas extraordinarias con una pelota en los pies. A Riquelme le tocó agachar la cabeza, revisar algunas decisiones y entender que la conducción de Boca exige una generosidad distinta a la que se necesita dentro de una cancha. Ya no alcanza con ser el mejor, con tener razón o con recordar todo lo que uno hizo por el club. Hay que conseguir que las cosas funcionen.

Y vaya si funcionaron. A menos de 6 meses de la llegada del para muchos, el primer DT serio de su gestión,
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La nueva estrella no borra las discusiones, pero sí modifica las condiciones en las que se producen. Riquelme recupera aire, Boca vuelve a celebrar y el oficialismo encuentra un argumento concreto para defender su gestión. En un club donde cada derrota puede convertirse en una discusión institucional, ganar representa mucho más que sumar una línea al palmarés.

Román, que nunca dejó de ser bandera, volvió a ser ovacionado por La Bombonera. Pensar que no pasó tanto tiempo de aquellas trágicas eliminaciones que marcaron el comiendo de su carrera política. Los jugadores siguen comiendo asado, el sigue tomando mate y sus amigos trabajando en el club, pero hubo que pasar la escoba. Borrar lo viejo, aceptar las perdidas y traer gente con nuevos aires. Por ahí fue un manotazo de ahogado, pero que le importa al hincha de Boca, que estuvo más de tres años sin ver a su equipo campeón.