Redactor de 442
Franco Colapinto sigue rompiendo todos los moldes en la Fórmula 1 moderna. Con actuaciones descollantes como el P7 en Miami o el P6 en Canadá, el chico argentino demostró que tiene la velocidad y la capacidad mental para codearse con la élite. Sin embargo, a pesar de su rendimiento y del furor que genera en las redes sociales, la "casta" del Gran Circo lo mira de reojo. Su irrupción pateó el tablero de un negocio millonario.
Para entender el presente del pilarense, en el libro "F1, una pasión argentina", editado por Editorial Planeta y escrito por el periodista Adrián Puente, se desmenuza este fenómeno y se deja entrever que, en gran parte de la parrilla, el origen, el apellido y la billetera pesan igual o más que la velocidad y el rendimiento puro a la hora de ser aceptado en el "club exclusivo" de la Máxima.
El libro describe con total crudeza que la grilla actual no refleja precisamente una meritocracia global, sino un ecosistema dominado por una “sólida base de jóvenes de clase media alta, apoyados en su desarrollo por familias dotadas de recursos”. En ese universo de jóvenes acomodados aparecen Oscar Piastri, respaldado por su padre Chris, fundador y propietario de HP Tuners, una empresa de software para vehículos y gran impulsora de su carrera deportiva; Lando Norris, hijo del empresario Adam Norris, cuya fortuna supera los 250 millones de dólares; Oliver Bearman, proveniente de una familia dueña de una firma de seguros; y Gabriel Bortoleto, criado en un entorno ligado al sector de las telecomunicaciones. Otros, como Max Verstappen, Carlos Sainz y Charles Leclerc, son herederos directos de un linaje deportivo y financiero plenamente consolidado, como ocurre también con muchos de los demás pilotos. Ni hablar de Lance Stroll: “papá Lawrence”, como se lo describe en el libro… Prácticamente compró Aston Martin para que su hijo pudiera correr…
Si no tenés apellido o millones heredados, sos un “intruso”
Franco Colapinto rompe el molde y representa todo lo contrario. El piloto argentino no proviene de un holding multimillonario ni de una dinastía del automovilismo. Sus padres, Aníbal y Andrea, hicieron todo lo posible para que su hijo pudiera iniciarse en las principales categorías, incluso llegando a vender una casa para sostener su carrera deportiva cuando Franco tenía apenas 14 años. Tras consagrarse campeón en distintas categorías europeas, el joven dio el gran salto gracias a la visibilidad mediática que fue ganando, acompañado además por el respaldo económico de diversas marcas argentinas. Su llegada obligó al sistema a aceptar una ingeniería financiera artesanal y vertiginosa, sostenida por el furor de un país entero que volvía a escuchar rugir un motor argentino después de más de 20 años, desde los tiempos de Gastón Mazzacane. Un piloto que depende del mercado latinoamericano siempre será visto con desconfianza. La casta prefiere un piloto con presupuesto garantizado por la comunidad europea.
Sin embargo, la barrera económica no es lo único que incómoda. La Fórmula 1 es una escuela de rigidez. Los pilotos modernos son entrenados por expertos en relaciones públicas para declarar en el famoso “cassette”, ser correctos y no salirse ni un milímetro de la pista, algo en lo que un típico argentino suele fallar. Colapinto quiebra con ese muro cultural a menudo. Es claro que no puede decir ni expresar todo lo que siente, pero el chico es espontáneo y genuino, una actitud que descoloca en el paddock. Esa misma personalidad que destaca al argento les fascina a los fanáticos. La casta le teme a lo que no puede emparejar.
Manejar rápido y seguir sumando puntos demuestra que Colapinto tiene toda la capacidad para estar en la élite. Ahora, su mayor desafío no está en las curvas ni en las frenadas bruscas, sino en enfrentarse a un sistema eurocéntrico y elitista al que todavía le cuesta aceptar que un simple chico de Pilar se haya sentado en la mesa de los dueños del deporte.
En el automovilismo del siglo pasado, el talento puro y la audacia eran los pasaportes definitivos para subirse a un monoplaza. Juan Manuel Fangio y José Froilán González llegaron a la máxima categoría impulsados por el apoyo estatal del gobierno de Juan Domingo Perón; Carlos Reutemann desembarcó también gracias al empuje del Automóvil Club Argentino. Todos contaban con una amplia experiencia previa y compartían un objetivo en mente: crear una “escudería” que nos dibujara en el mapa mundial y compitiera bajo nuestra bandera. Eran otros tiempos.
FMZ
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